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Invitado de honor

Lección inaugural (Segunda parte)
Fecha de Publicacin: 16/02/2016
Tema: Valores
 
 
El discurso que pronuncia el rey al dirigirse a sus súbditos, el Presidente a los ciudadanos o el Papa a los feligreses, son piezas de oratoria muy elaboradas. Tan cuidadosamente redactadas, como grande sea el respeto del orador por su auditorio. Dentro de la amplia gama de discursos, hay uno especial, que se se pronuncia dentro del honor de dictar la lección inaugural en una Universidad. Este suele llevar muchas horas de trabajo, cada palabra es seleccionada cuidadosamente. Esta es la segunda parte (de tres) del discurso de “Lección Inaugural” pronunciado por Pedro Trujillo Álvarez, al inaugurar el ciclo lectivo 2016 de la Universidad de Occidente.
 
Estamos en un mundo cambiante. Nada es hoy, lo que fue ayer. Cuando los de mi generación nacíamos, el hombre no había pisado la luna. Incluso algunos pensaban que era ciencia ficción llegar al espacio y lo más que aceptamos fue la gesta de aquel simio que pusieron los rusos en una nave espacial.
 
Fuimos educados en un sistema donde la manualidad, lo artesanal, lo procedimental estaba de moda y eso estructuró nuestra mente más científica y racional, que intuitiva y emotiva ¡Así crecimos! Por tanto, a lo más que llegamos es a emplear los medios técnicos que aparecen cada día, pero necesitamos leer las instrucciones o que alguien nos explique el funcionamiento.
 
A ustedes, la nueva generación, no es necesario explicarles nada, ya nacieron con una mente intuitiva y acostumbrada a ver las cosas de otra forma. Sin instrucciones, sin reglas, sin grandes libros que ofrezcan explicaciones.
 
Tampoco vivieron, afortunadamente, guerras civiles o la Guerra Fría. No saben mucho de ellas, pero creo que tampoco les importa. Más bien desean vivir su vida, y sobre todo mirar hacia adelante como forma propositiva de ver el mundo, más que hacia atrás donde se suele anclar el rencor, el odio, el resentimiento y la venganza, cuando no la ira y el crimen.
 
Para muchos de ustedes, treinta minutos puede llegar a ser una eternidad y por supuesto escribir o leer más de dos líneas, todo un inútil esfuerzo. Se comunican con símbolos desconocidos para muchos de nosotros, utilizan imágenes, fotos, sonidos o muñequitos para expresar afecto, dolor, sonrisa o cualquier otra sensación, y nos miran como si fuésemos fósiles vivientes.
 
El mundo ha evolucionado de tal manera que en los últimos años disponemos de más información que en el resto de mil y tantos de la moderna humanidad. No estamos en crisis ¡no!, estamos ante un cambio de tal magnitud que apenas nos da tiempo a entender lo suficiente para sobrevivir cada día.
 
En el ámbito de los negocios, ocurre algo similar. Encontramos más rápidas las cosas en Australia a través de la web que en la zona 1 utilizando el bus y, además, sin peligro de que nos asalten o roben. Nos entendemos en inglés mejor que en el idioma nativo de cada cual y si hay alguna duda, se lo preguntamos a Google que nos soluciona instantáneamente el problema.
 
Algunos de mi generación, que no pueden entender todo esto, se quedaron en el Jurassic Park, en el que seguro y con mucha razón, ustedes nos ven, como dinosaurios fósiles de la tercera parte de Una Noche en el Museo. No podemos esperar que los viejos esquemas sobrevivan eternamente. Si algo tiene el espíritu joven que nos reemplaza -el de todos ustedes- es la capacidad de cuestionarse la validez de lo que hay y de revolucionar con su actitud y conducta cuanto de obsoleto le presenta el entorno.
 
Recuerden que hay que entender de política, de económica, de derecho, conocer la historia y las finanzas. Saber que se cuece en cada rincón del planeta es importante porque el mundo es el tablero donde la globalización nos ha situado para competir. La competencia puede que esté en Singapur, sea un australiano del desierto o un neozelandés que fabrica mantequilla ¡Por cierto!, la que solemos desayunar cada día.
 
Si todos ustedes aspiran a ser líderes con capacidad de promover ideas y llevarlas a la práctica, la cosa se pone más difícil. En muchos lugares, y vivimos en uno de ellos, hay principios elementales que todavía no están plenamente extendidos. La honradez, la transparencia, la lealtad, la preocupación, la prudencia, la verdad, la racionalidad, la ética, los valores tradicionales universales, la excelencia, y otros más, deben conducir su vida pública y privada.
 
No es fácil seguir un camino recto pero, ¿quién dijo que lo era? La ruta está llena de tentaciones, donde esperan pacientemente grupos que son capaces de comprar tu alma de por vida. Si se comprometen con sus principios, recuerden que es un paquete que viene con libertad, valores, virtudes y responsabilidades ¡No olviden eso!, especialmente lo último: la responsabilidad.
 
Es difícil, desde la perspectiva de alguien como yo que casi se olvidó de cuando tenía dieciocho años, o peor aún que no me acuerdo, dar consejos u ofrecer soluciones sin caer en el dogmatismo o parecer no estar al día.
 
Pero…
 
Si yo fuera joven, no cambiaría por nada mi espíritu revolucionario, incluso irreflexivo en ocasiones, emotivo siempre y a veces alocado.
 
Si yo fuera joven, estaría orgulloso de tener poca edad, de desconocer muchas cosas y hasta de que me señalaran ciertos dinosaurios con el dedo. Sería consciente de que tengo la oportunidad de aprender lo que quiera, porque mi mente no está contaminada de prejuicios y mi espíritu nunca se ha vendido ni ha sido corrompido.
 
Vería hacía adelante y apenas de reojo, miraría hacia atrás, para aprender lo suficiente de la historia que no quiero que se repita. Desecharía y excluiría de mi vida el odio, el rencor, la maldad y la desconfianza.
 
Si fuera joven, procuraría implicarme en la vida política, empresarial, social…. Buscaría ese lugar donde me gustaría estar más tiempo de lo habitual y daría parte de mi energía para alcanzar objetivos nobles.
 
No me fiaría de los políticos de siempre, de los abusones, de quienes han engañado por más tiempo del debido, de los huidos de la justicia y de los que fueron capaces de robar, destruir ilusiones, condenar a la pobreza a muchos de nuestros compatriotas o pretenden llegar a ocupar esos puestos para hacer todo eso, y mucho más.
 
Si fuera joven, dejaría el machismo a un lado. Valoraría a la mujer por sus capacidades y no por su apariencia. Contribuiría a cambiar esa forma de ser que por años ha despreciado al 50% del potencial de un país. Buscaría la complementariedad, no la confrontación. Buscaría la razón en el discurso y evitaría los extremos que no conducen a ninguna parte, y siempre dañan.
 
Aceptaría al diferente, porque también yo soy distinto para él y no sabemos cuál de los dos es el raro para un tercer observador. Buscaría lo que nos une, en lugar de prestar atención a aquello que nos separa.
 
Si fuera joven prohibiría prohibir. Me manifestaría para abolir inútiles prohibiciones. Promovería la responsabilidad frente a la supresión de libertad de elección. No permitiría que nadie manejase mi voluntad ni con afecto pueril, ni con coacción autoritaria. Querría ser yo mismo, con mis virtudes y defectos, para aprender de mis errores y alegrarme con mis éxitos.
 
Escucharía consejos, porque la necedad no debe ser virtud de los que cuentan con poca edad. Valoraría la experiencia de otros, para no situar muy atrás mi punto de arranque, y buscaría cómo encajar todo ello en este nuevo mundo al que aspiro.
 
Procuraría sonreír, o reírme de casi todo, porque además de tener que emplear menos músculos faciales que para enfadarme, estiraría la piel continuamente y me conservaría joven por más tiempo. Haría ver que la eficacia, la confianza y el sentido del humor, no están reñidos con la cortesía y el trabajo bien hecho.