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Lectura Recomendada

La Vuelta al Mundo del Clan Sperisen
Fecha de Publicación: 16/11/2015
Tema: Justicia
 
Por Alex Baur. Parte 2. El original de este artículo fue publicado en Die Weltwoche, este mes. Tomado de http://www.weltwoche.ch/ausgaben/2015-44/la-vuelta-al-mundo-del-clan-sperisen-die-weltwoche-ausgabe-442015.html.También puede consultar laversión original (en alemán) que se encuentra enhttp://www.weltwoche.ch/weiche/hinweisgesperrt.html?hidID=555358
 
Erwin Sperisen, el ex Jefe de Policía guatemalteco, luego de su renuncia regresó a la tierra de sus antepasados para proteger a su familia. Pero en Suiza termina en la cárcel, como consecuencia de una campaña política en su contra. Su familia cayó en una suerte de cuarentena social.
 
 
Ya desde niño fue un intrépido idealista: Erwin Sperisen con su hermano pequeño, 1986.Bild: zVg
 
Desde hace tres años y dos meses, el mundo de Erwin Sperisen es rectangular. Se compone de un catre, una silla, una mesa y mide exactamente 10.18 metros cuadrados. Esa es el área de una celda en la cárcel preventiva de Champ– Dollon en la ciudad de Ginebra. Una vez al día, el gigante de casi dos metros, puede salir de la celda para estirar las piernas en una jaula enrejada más grande. No tiene contacto con otros detenidos, ya que Sperisen, si se quiere confiar en la justicia ginebrina, es un hombre peligroso.
 
Erwin Sperisen puede ver a su esposa Elizabeth y a sus hijos, bajo estricta vigilancia, dos veces por semana. Ella, quién fuera una vez una exitosa economista vive, entre tanto, de la ayuda social y compartiendo una vivienda de dos habitaciones con sus tres hijos. Pero hasta eso les pareció demasiado a las autoridades ginebrinas. El año pasado quisieron expulsar a Elisabeth Sperisen del país. A diferencia de su esposo y sus hijos, ella no tiene pasaporte suizo. Finalmente no encontraron camino para deshacerse de esta familia.
 
Es el amargo final de una saga de emigrantes que salieron de Niderwil, un pueblito en el cantón de Solothurn. Empezó hace 90 años. En 1925, al terminar la Escuela de Reclutas, Franz Sperisen buscó suerte primeramente como oficinista en Bélgica. Tres años después cruzó el Atlántico en el “SS Orion”, acompañado de un amigo que murió de tifoidea poco después de su arribo a Guatemala. Franz Sperisen encontró trabajo como administrador de diferentes plantaciones de café. Doce años después, cuando ya había ahorrado suficiente dinero, mandó a traer a su futura esposa, Babette Jurt.
 
La historia de los Sperisen representa a los diez mil suizos que, a principios del siglo pasado buscaron una mejor vida en el nuevo mundo. Los suizos gozan en toda Latinoamérica de una excelente reputación como relojeros, panaderos, hoteleros, empresarios y finqueros. Algunos incluso se hicieron famosos. Por ejemplo, Jacobo Árbenz, hijo del farmacéutico Jakob Árbenz originario de Andelfingen y amigo de Franz Sperisen, fue electo Presidente de la República de Guatemala en 1950. Sin embargo la mayoría de los suizos registrados actualmente en Guatemala pertenecen a la clase media. Los Sperisen incluidos.
 
En 1958 Franz y Babette Sperisen fundaron en Guatemala una vidriería. Después de que Franz enfermara de cáncer, la pareja y sus tres hijos retornaron a Suiza. La empresa se perdió. En aquel entonces Eddy tenía 10 años. Mientras sus dos hermanos permanecieron en Suiza, él regresó a Guatemala inmediatamente después de terminar la Escuela de Reclutas. Allí conoció a su esposa, Linda, una guatemalteca apasionada con raíces americanas, quien le regaló cuatro hijos. Erwin, nacido en 1970 y actualmente estancado en Chap-Dollon, es el hijo mayor.
 
También Eddy y Linda Sperisen empezaron de muy abajo, primero con una vidriería, después una carpintería que con el transcurso de los años creció hasta convertirse en una pequeña fábrica. En sus mejores días, 350 empleados producían muebles de jardín para exportar a Estados Unidos. Para luchar contra trabas burocráticas que eran una verdadera plaga para empresas pequeñas y medianas, Sperisen fundó con otros exportadores una gremial, que dirigía exitosamente. Así entró en la política.
 
En 1996, Álvaro Arzú llamó a Eddy Sperisen como Viceministro en su gobierno de centro derecha. Arzú, quien también ha sido electo varias veces como Alcalde de la Ciudad de Guatemala, disfruta del respeto, al margen de la política partidaria, por su compromiso con la democracia y la firma de la paz con la guerrilla. Arzú fue también quien envió más tarde a Eddy Sperisen a Ginebra como Embajador ante la Organización Mundial del Comercio (OMC), en donde hasta el día de hoy tiene una función directiva.
 
1996 fue un año de esperanza pero también de desencanto. La firma de la Paz con la guerrilla apenas había sido firmada cuando un vástago del clan Sperisen fue secuestrado por ésta. El joven trabajaba como agrónomo en una finca. Erwin Sperisen, de 26 años en aquel entonces, fue quien entregó a los matones, en medio de la selva, el dinero del rescate. Según expresa su madre, Linda, el hecho de que haya sido justamente Erwin quien se hizo cargo de esta peligrosa misión, era algo típico de él. Su primogénito fue ya desde niño un intrépido idealista que sargenteaba a sus tres pequeños hermanos, en lugar del padre que frecuentemente estaba ausente, pero quien también los protegía.
 
El entusiasmo de Sperisen por servir en los Bomberos Voluntarios de Guatemala, a quienes se unió a los dieciséis años, encaja con esta imagen. Aparte de su afición por las motos pesadas que heredó de su madre, se encuentran pocas extravagancias en su biografía. Mientras sus coetáneos jugaban al fútbol o cortejaban chicas, el bien desarrollado y pelirrojo Erwin, se comprometía ya en su adolescencia con el movimiento del partido centro-derecha PAN de los futuros presidentes Álvaro Arzú y Oscar Berger. Animado por su hijo, también el padre Eddy de pronto simpatiza con la política del partido.
 
Consecuentemente Erwin Sperisen estudió política en la Universidad Francisco Marroquín. Allí conoce a Elizabeth, una salvadoreña con antepasados suizos. Fue amor a primera vista, dice ella. Aparte de sus raíces helvéticas y el interés por temas políticos, económicos y sociales, compartían una característica práctica: la altura de Erwin (194cm) y Elisabet (184 cm) es gigantesca para los estándares guatemaltecos.
 
Al margen y con moral de hierro
 
Ambos financiaron por sí mismos sus estudios. Mientras que Elisabeth trabajaba para un “Think tank” liberal, el alcalde de la Ciudad de Guatemala de aquel entonces y futuro presidente, Oscar Berger, llamó al joven y ambicioso Sperisen a su administración. En 1997 se casaron y tres años después vino al mundo el primero de sus tres hijos. Así se explica que la joven pareja se haya podido permitir una casa modesta en un barrio de clase media y el relativamente caro Colegio Alemán para sus hijos.
 
En julio de 2004 Erwin Sperisen recibe una sorpresiva llamada del Palacio de Gobierno que pondría la vida de toda la familia de cabeza: el Ministro del Interior, Carlos Vielman, que había llegado pocos meses antes al poder con Oscar Berger, quiere nombrar a Sperisen como jefe político de la Policía Nacional Civil (PNC). Parece una locura. ¿Podría el académico Sperisen que no tenía idea del trabajo policial y para quien su experiencia de mando se limitaba a los Bomberos Voluntarios, manejar una institución con 22,000 policías?
 
La policía guatemalteca tiene una reputación miserable, es considerada corrupta y frecuentemente actúa en conjunto con las bandas de matones. Fue precisamente su falta de vínculos, que Vielman y Berger hizo apostar por Sperisen: sólo alguien que estaba al margen, que tenía una moral de hierro y una buena porción de idealismo podía traer orden a esta compleja cuadrilla en la que nadie confiaba en nadie. Si es que esto era siquiera posible.
 
Sus hermanos, sus padres, sus amigos trataron de disuadir a Erwin Sperisen de esta misión imposible. Normalmente la vida media de un Jefe de Policía en Guatemala es de unas semanas a máximo unos cuantos meses; luego, en el mejor de los casos, debe renunciar por algún escándalo o, en el peor de los casos, será simplemente acribillado. El alcalde Fritz García Gallont, hasta ese entonces su gran promotor, invitó a Erwin Sperisen a un desayuno específicamente para quitarle de la mente esta operación suicida. Pero estas objeciones parecían motivarlo más. “Si Erwin está convencido de algo” dice su esposa Elizabeth “de nada sirven las súplicas y amenazas, él lo hace”.
 
A principio de agosto de 2004, Erwin Sperisen tomó posesión de su cargo. El primer escándalo no se dejó esperar, surgió menos de cuatro semanas después. Por orden de la Corte Suprema de Justicia, la Policía Nacional tuvo que desalojar a finales de agosto la Finca Nueva Linda, una propiedad en Retalhuleu. Como consecuencia de un complicado conflicto la finca había sido ocupada bajo el mando de una organización campesina de unos dos mil rebeldes, algunos de los cuales estaban armados. En el enfrentamiento murieron seis campesinos y tres policías. 22 policías fueron heridos de bala y si no hubieran llevado chalecos antibalas, no cabe duda habrían muerto más agentes.
 
¿Debería Sperisen haber ignorado la orden de desalojo? ¿Deberían sus tropas haberse negado a un enfrentamiento armado? En un país donde se estaba más que harto del terror de las bandas armadas, éstas eran preguntas retóricas. A pesar de que el Jefe de Policía Sperisen poco tuvo que ver de forma directa con la operación armada, se ganó con esto el odio eterno de la red de movimientos tercermundistas conectada a nivel internacional. Las ONG’s de corte izquierdista realzaron inmerecidamente el asunto “Finca Nueva Linda” como símbolo de su lucha de clases. Más tarde sería el punto de partida que sirvió para la cacería contra los Sperisen en Suiza.
 
Frustrado secuestro de un hijo
 
En ese momento Erwin Sperisen tenía preocupaciones muy distintas: La lucha contra la corrupción dentro de la misma policía. Apostó por un lado por mejores condiciones de trabajo, con el fin de levantar la moral de los agentes y su compromiso con la institución. El tema era, aparte de las pensiones para las viudas y huérfanos de policías asesinados, una reforma a la asistencia de salud en la policía. Esta fue la razón por la que Sperisen nombró como subdirector a su amigo de la juventud, Javier Figueroa, a quien conocía por los bomberos. Figueroa era médico. Estos conocimientos especializados le venían muy bien para la segunda prioridad en las reformas: Sperisen quería convertir por fin a la policía en un ente moderno con un servicio forense y criminalístico que merecía este nombre.
 
Sperisen logró mantenerse en el cargo de Jefe de Policía por casi tres años, un tiempo récord Guatemala. Para su esposa y sus hijos, quienes solo podían movilizarse bajo la protección de guardaespaldas fuertemente armados, fue un tiempo difícil. Después de que a finales de 2006 se frustró el secuestro de uno de los hijos, Elisabeth Sperisen se trasladó con sus tres hijos a Ginebra, en donde residían sus suegros.
 
En la primavera de 2007 Erwin Sperisen se reunió con ellos. Había renunciado a su cargo después de un escándalo relativo a cuatro policías que asesinaron a tres parlamentarios Salvadoreños del entorno de un traficante de drogas. Los cuatro policías asesinos a su vez fueron luego ultimados en la cárcel. Aunque nunca se le atribuyó una responsabilidad directa en el escándalo, Sperisen dejó su cargo en un acto meramente político.
 
En realidad la pareja Sperisen solamente deseaba quedarse cerca de medio año en Ginebra, hasta que se calmara el polvorín en Guatemala. Pero entre tanto Elisabeth había encontrado un muy buen puesto en la ONU, los niños se habían adaptado bien a Ginebra y los abuelos estaban felices por el reencuentro con la familia. Erwin Sperisen tenía la perspectiva de obtener un trabajo en la Interpol de Lyon, en donde habían visto con buenos ojos su trabajo en Guatemala. Todo parecía marchar muy bien. Pero tras bastidores ya había empezado hacía un buen tiempo la campaña de difamación contra Sperisen de parte de grupitos pro tercer mundo (Uniterre, Acat, OMCT, Trial; ver Weltwoche Nr. 43/15 – “La Confusión de Ginebra”).
 
Jugó también un papel importante el cambio político que se dio en 2008 en Guatemala: después de dos décadas de liberalismo moderado llegó, con Álvaro Colom, un gobierno socialdemócrata al poder. Es parte del folclor político guatemalteco que los nuevos gobernantes acusen a sus predecesores de cargos penales (que luego se diluyen en la nada). En este caso, las acusaciones cayeron sobre el ex Ministro del Interior, Carlos Vielman, a quien se atribuyó unas ejecuciones extrajudiciales, entre ellos la supuesta matanza de Pavón.
 
Entretanto ya había iniciado su trabajo la CICIG, una organización convocada por el mismo Oscar Berger y cofinanciada por Suiza, que debía apoyar al sistema de justicia penal en Guatemala. Una vez instalada, la CICIG se encarga del caso de los siete presos que en septiembre de 2006 habían sido muertos a tiros por fuerzas de seguridad en medio de una redada en la cárcel de Pavón. En agosto de 2008 la CICIG y el Procurador de los Derechos Humanos pusieron una demanda en contra de dieciocho sospechosos. Algunos de ellos eran funcionarios o mandatarios de alto rango del Gobierno Berger, que habían estado involucrados de alguna manera en el asalto a Pavón. Aparte del Ministro del Interior Vielman y el Jefe de Presidios Alejandro Giammattei, también Sperisen y su subdirector, Javier Figueroa, se encontraban en la lista. Cabe mencionar, que los fiscales involucrados directamente en el caso así como los militares faltan en esta lista.
 
Las acusaciones serán analizadas en la próxima entrega de esta serie. Adelantaremos solamente que la investigación en Guatemala está plagada de contradicciones, opacidades y lagunas. Está además construida sobre tratos con testigos bajo el régimen de la “colaboración eficaz” que simplemente son ilegales en Suiza (y, por lo menos en una época, lo fueron también en Guatemala). El expediente revela más sobre tendencias políticas que sobre cuestiones jurídicas. Y finalmente hay que tomar en cuenta que están en juego indemnizaciones de dimensiones astronómicas para las circunstancias guatemaltecas.
 
En lo sucesivo y debido a las acusaciones, Erwin Sperisen no tenía esperanza de conseguir un empleo. Ya no escuchó nada de la Interpol. Se dedicó a ser amo de casa. Poco después, Elisabeth perdió su puesto en la ONU. No hay una justificación oficial al respecto, pero el nexo con las acusaciones contra su esposo era evidente y ni siquiera fue negado. Es uno de los pasajes más amargos de esta tragedia: una especie de difamación colectiva cayó sobre toda la familia Sperisen. Fue afectado inclusive el padre, Eddy Sperisen: debido a su doble nacionalidad, el gobierno Suizo lo amenazó con el retiro de su estatus de diplomático. Como consecuencia renunció su pasaporte suizo.
 
El resto es conocido. A pesar de que se había presentado voluntariamente ante la fiscalía ginebrina y había ofrecido su colaboración, Erwin Sperisen fue arrestado en plena calle en agosto de 2012. El fiscal ginebrino Yves Bertossa, íntimamente ligado a la ONG Trial, justificó la especular maniobra de detención con el peligro de fuga. A dónde Sperisen debía escapar, queda como misterio. ¿A Guatemala, en donde su supuesto cómplice, Alejandro Giammattei, acababa de haber sido declarado inocente? ¿A Austria en donde su otro supuesto secuaz, Javier Figueroa, había sido absuelto en 2013 en un complicado proceso en tribunales por exactamente la misma causa? Es más: La misma acusación evidentemente política que pesaba sobre Sperisen, en el caso de Figueroa será motivo para otorgarle asilo como refugiado político.
 
“El jurado austriaco no tenía conocimiento del expediente” explicó el Procurador Bertossa en mayo pasado frente a la corte de apelaciones ginebrina. Ciertamente el jurado en Austria pronunció la sentencia solamente en base a testimonios directos de personas de carne y hueso. Por el contrario, los Jueces en Ginebra se apoyaron en puntos fundamentales de las investigaciones políticamente contaminadas en la lejana Guatemala, de las que nadie sabe exactamente con qué medios fueron realizadas.
 
Asimismo los razonamientos sobre la historia personal, el carácter y las motivaciones de Erwin Sperisen en la sentencia ginebrina se limitan a unas cuantas palabras desprovistas de sentido. Para la justicia ginebrina él no es más que un símbolo, una figura abstracta, en la que se instituye un ejemplo. Bajo estas circunstancias, la sentencia, cadena perpetua por asesinato múltiple, resulta más fácil.
 
La fantasía de Jean Ziegler
 
“La justicia y la razón han roto la brecha” escribió jubilosamente el famoso profesor ginebrino Jean Ziegler, miembro del Consejo de los Derechos Humanos de la ONU en esta misma ciudad, después de la sentencia. Gracias al “trabajo enérgico y perspicaz de organizaciones no gubernamentales” se le echó el guante a un vástago y lacayo de la “escandalosamente rica oligarquía”. Según Ziegler, el “todopoderoso Jefe de Policía” actuó con “violencia implacable” contra “rebeldes y paupérrimos jornaleros, hambrientos trabajadores y manifestantes sindicalistas”.
 
No se puede transcribir de forma más ejemplar el espíritu en el que se realizó la sentencia condenatoria. El profesor Ziegler hasta fantasea con que Sperisen ejecutó personalmente a “siete hombres jóvenes” porque éstos habían protestado “contra los malos tratos de los guardias”. Solo que la fantasía de Jean Ziegler se encuentra muy lejos de la realidad guatemalteca - a una distancia de 10 000 kilómetros para ser más preciso.