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Invitado de honor

Mireya Molina: Embajada de España, 1980
Fecha de Publicacin: 19/10/2014
Tema: Justicia


Mi hermano, Adolfo Molina Sierra, fue testigo ocular de la muerte de nuestro padre Adolfo Molina Orantes, quien fue tomado como rehén y sacrificado por los ocupantes de la Embajada de España, el 31 de enero de 1980. El Embajador Máximo Cajal permitió que ocupantes armados entraran a la Embajada e impidió que la policía rescatara a los rehenes, a quienes abandonó cuando ya no pudo mantener el control de la situación, ya que los líderes radicales decidieron que nadie saldría vivo de aquella toma. El embajador se dio a la fuga y nunca declaró ante la justicia.

En el juicio contra García Arredondo, mi hermano fue llamado a dar su declaración tras 34 años de lucha por tratar de ser escuchado. Al entrar a los tribunales, acompañado solamente por la familia inmediata, íba con mucha esperanza. Nunca imaginamos enfrentarnos a esas miradas de odio y resentimiento. El grupo de Fundación Menchú y de no sé cuántas ONGes que viven de sacar dinero de estos casos, nos vieron venir como sus enemigos. Me quise sentar en una silla vacía y me dijo una señorita que la silla estaba ocupada, que buscara otro sitio. Yo pensé: –“Aquí están todos los que deberían estar presos y el odio debería ser mío”.-
Se colocó al testigo en un escritorio al medio de la sala, los fiscales y querellantes a la izquierda, el acusado y su abogado a la derecha y los jueces al frente. Un público de unas treinta personas ocupaba los asientos a su espalda. Entre los querellantes estaba Rigoberta Menchú.
 
Los que acompañamos a mi hermano, no pudimos mantenernos fríos, todos nos conmovimos y volvimos a revivir aquel infierno. Cada año las mismas personas, han hecho un circo con los medios, han ganado dinero con nuestra tragedia y han jugado con la justicia. Cada año, las ONGes, el Gobierno y la Iglesia Católica apoyan a los grupos de guerrilleros que provocaron la masacre.
 
La verdad nunca se había dicho. La justicia nunca se llevó a cabo. Los rehenes fueron olvidados y nunca se tuvo la oportunidad de ser llevado a cabo un juicio. Hace 34 años se inició un proceso judicial ante los tribunales y nunca fue posible que se llevara a cabo un juicio. El Embajador Máximo Cajal y López, era señalado como responsable de los hechos ocurridos en la Embajada de España, por haber violado los acuerdos de Viena.
 
El Embajador Cajal nunca se presentó adeclarar ante el Tribunal de Guatemala. El Gobierno de la República, el Organismo Judicial, el Ministerio de Relaciones Exteriores y el Ministerio Público de Guatemala nunca nos apoyaron, por el contrario, Guatemala declaró su culpabilidad ante el gobierno de España e indemnizó con cifras millonarias a sus funcionarios, porque Álvaro Arzú y Eduardo Stein decidieron que era lo más conveniente con los Acuerdos de Paz. Nunca nos ayudaron a extraditar al Embajador Cajal para poder esclarecer este juicio.
 
Hemos sentido frustración año tras año, ya que los medios tergiversan la información y vuelven a darle publicidad a los grupos oportunistas, que sólo sacan dinero sobre lo sucedido en la Embajada de España en 1980. Sin embargo, no les interesa oír al único testigo que quiere decir la verdad sin otro interés que el de hacer justicia. Porque cuando se dice la verdad, acaba con el negocio de las ONGes, y nos deja en paz a los que verdaderamente queremos a Guatemala y nos ganamos el pan honradamente.
 
De lo que pude tomar nota mientras estuve presente en el juicio hice este resumen:
La primera pregunta que hicieron los fiscales a mi hermano fue la más difícil de contestar, ya que concretizar la vida de alguien que fue incansable y que significaba tanto para nosotros, lo puso en un verdadero aprieto.
 
¿Quién era Adolfo Molina Orantes?
 
Mi padre fue un abogado guatemalteco, un destacado jurista internacional, antropólogo e historiador, ex Ministro de Relaciones Exteriores de Guatemala en dos ocasiones, pero sobre todo un hombre que amaba su país, su diversidad y su riqueza cultural, luchó por la justicia, por la legalidad, por la integración, contra el terrorismo y por mantener la paz.
 
Sus principales contribuciones fueron la defensa de los intereses de Guatemala ante la Corte Internacional de Justicia en la Haya, en el famoso juicio Nottebohm, después de la II Guerra Mundial, donde le ahorró al país el pago de $400 millones de dólares por el cual era demandado. También defendió a Guatemala en la ODECA cuando se dio el problema de tala de árboles en Petén.
 
Fue llamado como miembro de la Corte Permanente de Arbitraje, distinción honorífica para él y para el país. Miembro y presidente del Comité Jurídico Internacional y de la Comisión Permanente de Guatemala en la ONU sobre Belice. Miembro del Congreso de Juristas Centroamericanos. Miembro y Presidente del Colegio de Abogados. Fue catedrático y decano de la Facultad de Derecho y Humanidades de la Universidad San Carlos de Guatemala. En su práctica privada, fue abogado y notario, incluso en comunidades del interior del país como en el municipio de Comalapa, Departamento de Chimaltenango.
 
Como humanista, su contribución fue en el Seminario de Integración Social Guatemalteco y en el Instituto Indigenista Nacional. Fue Miembro y Presidente de la Academia de Geografía e Historia, miembro y presidente del Instituto de Cultura Hispánica y del Congreso Hispano Luso Americano. Fundador y Primer presidente del Instituto Nacional de Antropología e Historia y primer director del Museo Nacional de Antropología. La Universidad de Pennsylvania le otorgó un Doctorado en Leyes Honoris Causa por su contribución a la protección del patrimonio arqueológico y cultural de la nación Guatemalteca.
 
Mi padre era una persona íntegra y de profundo heroísmo, trabajó por representar a su país en las más altas esferas del mundo internacional, con el afán incansable de hacerlo cada vez más justo y menos confrontativo. Por sus altos valores y por su excelencia, su legado de buenos ejemplos creemos que merece ser recordado.
 
¿Cómo Se enteró de lo que sucedía en la Embajada de España?
 
Adolfo Molina Orantes llegó con su chofer a la Embajada de España, a las 11:00 am a una reunión con el Embajador Cajal, el Licenciado Eduardo Cáceres Lehnhoff y el Licenciado Mario Aguirre Godoy. El licenciado Mario Aguirre Godoy había sugerido pedir la colaboración del Embajador español para el próximo Congreso Iberoamericano de Derecho Procesal, a llevarse a cabo en Guatemala. A las 11:30 am, el chofer de mi padre observó que la Embajada de España era invadida por un grupo sospechoso de manifestantes con pancartas y mochilas. Después de ingresar este grupo, el personal de la Embajada cerró las puertas.
Inmediatamente, el chofer de mi padre, llamó por teléfono a mi casa y nos informó a todos. Me dirigí a la Embajada para averiguar lo que sucedía.
 
¿Cómo encontró la situación cuando usted se presentó?
 
Al llegar a eso de las 12:00 horas a la Embajada, la policía ya se encontraba en la calle rodeando la Embajada. Sobre los balcones de la Embajada había unas mantas que decían EGP y CUC. Había muchas personas particulares observando lo que sucedía. El Embajador tenía un megáfono en la mano con el que pedía la colaboración de la policía para mantener el control de la situación.
 
Mi padre que había sido tomado como rehén, fue forzado a pedir por el megáfono, que la policía se retirara para evitar cualquier desgracia. Los ocupantes se encontraban por toda la casa. Había un personaje que identifico como el conserje de la Embajada que dejaba entrar y salir a las personas, dejó entrar a la prensa y al hijo de una de las víctimas que quería intercambiarse por su madre, pero no lo dejaron. También vi la ambulancia de la Cruz Roja aparcada al lado de la Embajada con la señora Odette Arzú de Canibel y a Augusto Bauer.
 
Cada vez llegaban más policías y judiciales y algunos se empezaron a subir al techo por las paredes. Llamé a mi madre, Emilia de Molina, para que llamara al Ministro de Gobernación Donaldo Álvarez Ruiz, para pedirle ayuda. Ella lo llamó porque sabía que conocía a mi padre y creyó que lo podía auxiliar en ese momento. Contestó a la primera llamada prometiendo que iba a hacer todo lo posible por ayudarlo. Pero cuando se le volvió a llamar pidiendo auxilio, no volvió a responder.
 
¿Cómo fue que entró la policía?
 
A eso de las 14:00 empezó el movimiento más intenso de la policía, dijeron que iban a entrar. Mario Aguirre Godoy logró salirse de la Embajada y se fue escoltado por la policía. Le pedí al jefe de la Policía Nacional que esperara diez minutos más, que iría a llamar otra vez por teléfono al Ministro de Gobernación Donaldo Alvarez Ruiz. Cuando regresé, la policía ya había ingresado al primer piso de la Embajada.
 
Los ocupantes se atrincheraron en el segundo piso, en el despacho del Embajador y cerraron la puerta y las ventanas. No se oía nada. Como a las 3:00, la policía subió al segundo piso. Se oyeron dos disparos que salieron por las ventanas del despacho, hacia la calle. Los policías brincaron de los techos y salieron corriendo. Tras de eso, se escuchó desde dentro un sonido bofo, como cuando a la gasolina se le prende fuego, entonces salió humo negro del despacho hacia la calle y empezaron más disparos y gritos, muchos gritos. Corrí, agarré la manguera del jardín y me trepé al balcón, quería apagar el fuego, ayudar a mi padre pero había mucho humo y el fuego no me dejaba acercarme, el griterío era interminable. Una indígena puso su cara y sus manos en los barrotes y allí murió, enfrente de mí. El fuego vino de adentro, del despacho del Embajador. El Embajador Cajal salió. Todos los demás murieron. Los rehenes fueron sacrificados por los guerrilleros más radicales que juraron que nadie saldría vivo, ayudados por el Embajador Cajal.