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Invitado de honor

Guísela Roldán: Idoneidad y reconocida honorabilidad
Fecha de Publicacin: 25/08/2014
Tema: Política

Mucho se ha hablado en los últimos años en Guatemala, sobre el criterio de “Reconocida honorabilidad”, que nuestras leyes exigen, como requisito constitucional para ciertos cargos públicos.

 
El Diccionario de la Real Academia Española, define a la persona “Honorable”, como: “Digna de ser honrada o acatada” y al adjetivo “Reconocido”, como una cualidad que se deriva del verbo “Reconocer”, como: “Examinar con cuidado algo o a alguien, para enterarse de su identidad, naturaleza y circunstancias”. Por otra parte, “Idoneidad”, calidad de idóneo, es definida como: “Adecuado y apropiado para algo”.
 
Recientemente, hemos visto el criterio de “Reconocida honorabilidad” como uno al que muchos objetan y como tema de discusión en debates y columnas de opinión; se le considera poco objetivo, difícilmente medible y sujeto a la interpretación o discrecionalidad de quien califica.
 
En éste sentido, se ha colocado a la reconocida honorabilidad en un segundo plano, subordinándola a calificaciones y grados académicos y a desempeño en cargos anteriores, en las tablas de gradación.
 
Si bien es cierto que las calificaciones y méritos académicos deben hablarnos de la capacidad profesional de las personas para desempeñarse al frente de nuestras instituciones, también lo es que su honorabilidad debería ser reconocida por nuestra sociedad y por nosotros como un valor superior.
 
Por la ausente exigencia de honorabilidad, vemos la forma en que nos hemos ido familiarizando con la mediocridad, con la resignación y con un errado concepto de tolerancia, al dejar de lado atributos que otrora fueron importantes factores de calificación; de aquellos que se tenían en cuenta cuando nuestros abuelos cerraban grandes negocios, basados en un apretón de manos, “entre caballeros”.
 
Tal vez sea éste el momento propicio para volver a los viejos tiempos, en los que la moral y la decencia debían caracterizar nuestras decisiones y nuestros actos; so pena de permanecer en la memoria de nuestros conciudadanos, como non gratos, como no aptos, como no bienvenidos.
 
La decadente tendencia actual, en la que la moral ha pasado a segundos y a terceros planos, aceptando la pobreza de la oferta política; ha ido forzándonos a reducir, cada vez más, nuestros estándares y los de nuestro país. Nos hemos visto envueltos en la moda de la inclusión, en la que cualquiera debe ser bienvenido, sin importar que merezca o no, ésta distinción.
 
En éste orden de ideas, no debe sorprendernos el cinismo de nuestros políticos y autoridades de turno, que parecieran pensar que nada nos deben; toda vez que será así, mientras nada les exijamos.
 
No nos sorprendamos de haber elegido Presidente a un asesino confeso, ni de estar esperándolo, de brazos abiertos, luego de su extradición y posterior condena; para que vuelva a integrarse a nuestro panorama político, con grandes expectativas y augurios de triunfo, habida cuenta que nada pudimos probar en su contra, los guatemaltecos.
 
El fenómeno actual, en el que pareciéramos aferrarnos a viejos actores, a la luz de las apáticas opciones de hoy, debería aterrarnos; ya que nos demuestra, fehacientemente, que hemos estado dispuestos a negociar, con nuestro propio código de valores y con las enseñanzas que recibimos de nuestros antepasados.
 
Tal el caso de nefastos personajes pertenecientes a nuestro pasado, que han tenido roles protagónicos y jugado trascendentales papeles, en tramas de desestabilización y ruptura constitucional.
 
No podemos permitirnos el lujo de dar la bienvenida a viejos actores, cuya trayectoria es ampliamente conocida; por el hecho simple de realidades actuales que, en contraste, los hacen verse mejor. Su falta de valores y su transgresión de los nuestros, fue evidente en el pasado y debe continuar teniendo vigencia en la actualidad.
 
Ni entonces, ni ahora. La falta de moral y de reconocida honorabilidad de nuestros políticos, nos ha sumergido en una realidad en la que debemos esforzarnos por rescatar valores; en vez de buscar la forma de negociarlos y de tapar soles con los dedos, olvidando horrores pasados. Quienes se postulen como candidatos a cargos por elección, deben pasar la prueba de reconocida honorabilidad, sin que haya quienes se opongan a ello.
 
Por subjetivo que parezca, el criterio de reconocida honorabilidad trae consigo el concepto de una sociedad que recuerda todo cuanto ha presenciado. El concepto del ojo que ha visto la falta de escrúpulos y el descaro con los que algunos han vivido la vida. En consecuencia, el uso adecuado de éste criterio, debería constituir el filtro implacable que necesitamos en éste tiempo decadente, de moral “light”.
 
A una gran mayoría de actores actuales, debemos negarle la oportunidad de continuar formando parte de nuestra historia política. No podemos olvidar fraudes de ley, sólo porque los plazos legales han transcurrido, ni podemos permitir la reelección de organizaciones políticas que nos han demostrado su corrupción; sólo porque se adecúan a la ley, cambiando a las piezas de posición, en el tablero de ajedrez.
 
No debemos confiar en quienes no merecen nuestra confianza, ni en quienes la han traicionado, con anterioridad. No debemos tolerar a quienes juegan con nuestras leyes, ni a quienes nos muestran su habilidad para burlarlas.
 
No podemos condescender con quienes vuelven a intentar conquistarnos, convirtiendo en regalos nuestros impuestos, ni con quienes nos ofrecen hacer realidad nuestras peores pesadillas, maquillándolas con atractivos colores.
 
Debemos ser rígidamente intolerantes de la mentira, de la corrupción y de la falsa moral. Debemos repudiar la falsedad, la hipocresía y el cinismo. No podemos hacer relativa la verdad, eligiendo a quienes nos engañan, sólo porque nos mienten menos que otros.
 
Nunca es tarde, mientras tengamos vida, para enderezar el rumbo y para corregir el curso de éste navío, llamado Guatemala, que hoy enfrenta una de sus peores tormentas.
 
Debemos permanecer firmes y hacernos de un ánimo recto, que nos permita exigir solvencia moral, idoneidad y reconocida honorabilidad a quienes tomarán nuestro timón. La decisión es nuestra, apreciado lector y quizá haya llegado el momento de decir “¡presente!” a la patria que nos vio nacer y a la que debemos nuestra lealtad, nuestra devoción y nuestro esfuerzo.