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Mi Esquina Socrática

Un buen samaritano se nos fue
Fecha de Publicación: 06/06/2022
Tema: Piel adentro
 

Un símbolo entre nosotros del buen samaritano se nos ha ido


El 21 de mayo se nos fue uno de los buenos samaritanos más impresionantes que he conocido, el doctor Juan José Hurtado.

Su entera vida estuvo enderezada al alivio de cualquiera forma de dolor entre los humanos, pues su afán fue precisamente ese: reducir en todo lo humanamente posible el sufrimiento ajeno.

Por ello fue siempre un hombre de paz, de tolerancia, de justicia…

En una ocasión el General Ríos Montt, otro hombre no menos sufrido, lo encarceló con el grotesco pretexto de que el doctor Hurtado era “comunista”. Así lo hizo público por la televisión abierta.

Al respecto yo tuve sentimientos encontrados porque también consideraba al General Ríos Montt una víctima temprana de otro complot para arrebatarle su elección a la presidencia de la República, postulado en aquel entonces por el partido de la Democracia Cristiana.

Un abuso de un abusado por otro abusado “ambos” dentro de un hipotético sistema democrático que no toleraba matices en nuestra supuesta democracia tropical.

Pero de regreso “al buen samaritano”, permítaseme ir a la fuente del mismo. El evangelista Lucas fue quien nos ha proporcionado el estereotipo original hace dos mil años:
 


25 Y he aquí un intérprete de la ley se levantó y dijo, para probarle: Maestro, ¿haciendo qué cosa heredaré la vida eterna?
26 Él le dijo: ¿Qué está escrito en la ley? ¿Cómo la lees?
27 Aquel, respondiendo, dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo.
28 Y le dijo: Bien has respondido; haz esto, y vivirás.
29 Pero él, queriendo justificarse a sí mismo, dijo a Jesús: ¿Y quién es mi prójimo?
30 Respondiendo Jesús, dijo: Un hombre descendía de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de ladrones, los cuales le despojaron; e hiriéndole, se fueron, dejándole medio muerto.
31 Aconteció que descendió un sacerdote por aquel camino, y viéndole, pasó de largo.
32 Asimismo un levita, llegando cerca de aquel lugar, y viéndole, pasó de largo.
33 Pero un samaritano, que iba de camino, vino cerca de él, y viéndole, fue movido a misericordia;
34 y acercándose, vendó sus heridas, echándoles aceite y vino; y poniéndole en su cabalgadura, lo llevó al mesón, y cuidó de él.
35 Al otro día al partir, sacó dos denarios, y los dio al mesonero, y le dijo: Cuídamele; y todo lo que gastes de más, yo te lo pagaré cuando regrese.
36 ¿Quién, pues, de estos tres te parece que fue el prójimo de quien había caído en manos de los ladrones?
37 Él dijo: El que mostró de misericordia hacia él. Entonces Jesús le dijo: Ve, y haz tú lo mismo.


Ese modelo de un samaritano bueno lo han vivido algunos hombres y mujeres muy excepcionales. El doctor Hurtado fue uno de ellos.

Siempre le conmovió cualquier sufrimiento de todo humano; el de las analfabetas y el de los sabios, el de los enfermos físicos y el de los olvidados, el de los hambrientos o el de los profundamente hendidos por la injusticia…

Ningún sufrir humano dejó de motivarlo.

Su compasión fue de veras ilimitada, hacia el íntimamente conocido o hacia el por completo desconocido. Su llamado al alivio del dolor le fue perenne. Así en Guatemala como en Belice, en Suiza como en los Estados Unidos…

La angustia, el dolor, la pena de los demás le fue siempre, reitero, como un imán para su generosísimo corazón.

Un maravilloso termómetro de su calidad de hombre de bien.

Y encima, siempre risueño, nunca esquivo, incesantemente laborioso y sereno. El eco, de veras, de aquella figura ejemplar que el mismo Jesús nos puso como modelo.

Otro tanto digamos de su esposa Elena, de una familia abiertamente de simpatías de izquierda, y por lo mismo muy mal interpretada por los otros buenos hombres y mujeres de la sociedad conservadora de la que a su modo también hiciera parte el General Ríos Montt.

Así nos resulta de ambigua y hasta de contradictoria nuestra condición humana.

Yo colaboré en ciertas iniciativas de proyección social con ese matrimonio tan extraordinariamente benéfico para todos, en absoluto inclinado a la más mínima manifestación de violencia hacia cualquier otro hermano del hombre.

Todos bien arraigados en este suelo primaveral, de montes y volcanes majestuosos, de verdes valles y, sobre todo, de sus lagos en uno de los cuales, el más cercano a la ciudad de su residencia, el de Amatitlán, Juan José siempre halló la fuente donde recargarse de energías filantrópicas para continuar con su incesante y ejemplar carrera médica…

En lo personal, siempre creí sentir una gran empatía inmerecida por mí de su gran corazón.

También admiré su entrañable amistad con otro gigante de la profesión médica guatemalteca, el doctor Rodolfo Herrera Llerandi. Un genio empresarial a su turno de extracto de lo más aristocrático y opulento de esta tierra, que a él moldearon en sus años mozos otros grandes de la investigación médica al estilo de Pasteur, en la Universidad de la Sorbona, en su bien amada Francia, donde creció.

Encima, casi todos los hijos de Juan José se graduaron con distinción en la Universidad donde yo fui docente por muchos años, la Universidad Francisco Marroquín.

Y nada de ello fue óbice para que el doctor Hurtado retuviera todos sus valiosos amigos en la otra Universidad filosóficamente de signo contrario al de la Universidad Marroquín, la Universidad de San Carlos de Guatemala, por aquellos años un incipiente bastión de un socialismo de múltiples matices de tantos buenos corazones a la izquierda del espectro ideológico contemporáneo.

Juan José virtuoso, siempre afable, siempre generoso de lo suyo, siempre tolerante hacia todos, siempre apasionado en favor de los más pobres y marginados de este mundo, es decir, siempre el buen samaritano.

En mi larga trayectoria de vida no creo haber conocido otro modelo mejor de lo entrañado por San Lucas en aquel su Evangelio.

Un ejemplo para todos de entrega incondicional a lo que más importa: el amor al prójimo.

En lo muy personal le doy gracias a mi Creador por esa bellísima invitación a hacer el bien encarnada para mí por muchos años por el doctor Juan José Hurtado y su familia.

Dios al fin le haya hecho justicia en su eternidad, Amén.