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Mi Esquina Socrática

El dilema de nuestros días
Fecha de Publicación: 27/10/2021
Tema: Guatemala
¿República o Democracia?

 

La última quincena reflexioné en voz alta en torno a este tema, pero desde un punto de vista meramente histórico, es decir, desde las génesis respectivas de estas dos posturas en Grecia y Roma y hoy devenidas paradigmáticas en el mundo civilizado.

Aquí, y ahora, quiero sopesar sus relevancias particulares desde otro punto de vista más bien utilitario, no tanto el histórico.

En pocas palabras, ahora parto de la premisa de que la “República” es meramente un medio que se ha mostrado el más eficaz y estable a la hora de tomar decisiones públicas, y también el no menos conciliable y respetuoso de la soberanía de cada cual en lo particular. El concepto de democracia, en cambio, es una mera expectativa de que lo que se haya propuesto será de la aceptación de la mayoría de los ciudadanos.

O sea, que una “República” siempre se orientará hacia un equilibrio de poderes ultimadamente reducible a las personas que legalmente la integren, y en la práctica casi siempre restringida o a un Ejecutivo, o a un grupo de electos para legislar, o a otras formas colectivas jurídicamente autorizadas para que decidan en nombre de los demás. Esta última es la concepción que subyace a lo que comúnmente llamamos “división de poderes”.

En tanto que la democracia teóricamente se constituye con el respaldo de una mayoría de los votantes representados por unos entes colectivos a su turno autorizados para legislar y ejecutar lo legislado y en nombre de todos.

O también podría decirse que la “Democracia”, ese hipotético gobierno de una mayoría, se dibuja en la práctica como un sueño demasiado ambicioso, en tanto que la “República” es un gobierno de acuerdo a decisiones colectivas siempre públicamente constatables.

Así interpretadas, la “Democracia” reúne mucho de ilusorias teorías y la “República”, en cambio, es en último término de un realismo enteramente práctico y efectivo.

Por eso sobre la “Democracia” podríamos hilvanar muchas teorías; en cambio, de la “República” aducir muchos logros históricos en concreto.

Y así la República romana fabricada durante siglos de penosos esfuerzos empezó a decaer en la medida en que se tornaba más “demagógica”, igual que aquella otra muy exitosa de Venecia unos mil quinientos años más tarde, es decir, que mentalmente relacionamos más la “Democracia”, reitero, con casi todo lo meramente ideal y la “República”, por otra parte, con todo lo ganado en los hechos.

Desde otro punto de vista, con la Independencia de Norteamérica ese concepto de “República” ha mostrado ampliamente su eficacia para lograr una sociedad más justa, más abierta, más libre, más permanente y en consecuencia más próspera. Y el de la pura “Democracia” ha tendido a quedarse más bien en el plano retórico, dado que una mayoría de sus integrantes han sabido comportarse como los que Ortega calificara en su momento de “hombres-masas”.

O, no menos, de mentes “utópicas”, al estilo de los protagonistas de aquel otro momento de la Revolución francesa por todos conocidos como el periodo del Terror (1793), durante el cual aún el mismo Tomás Moro hubiese sido guillotinado como un Girondino más por los extremosos Jacobinos en el poder.

La “Democracia nos ha venido de Grecia”, la “República de Roma”, y hoy, de nuevo la “Democracia” de Francia y la República de “Inglaterra”, y en ambos casos por las plumas respectivas de J. J. Rousseau y de John Locke.

De ahí se ha derivado, a su turno, la superioridad histórica del Occidente frente al Oriente, y aun la más reciente de la América anglosajona sobre nuestra América luso-hispánica.

Por eso, siempre me he entendido más republicano que demócrata en cualquiera de las sociedades a las que temporalmente me hubiese integrado.

Mi experiencia también me dice que en nuestros ambiente iberoamericanos tampoco ponemos mucho énfasis en tales sutiles distinciones contemporáneas entre “republicanos” y “demócratas”, pero creo por lo que diré a continuación que sí nos convendría empezar a tomar más en serio tales dos tendencias tan omnipresentes en el lenguaje político de los últimos tres siglos.

Porque, por otra parte, lo usual entre nosotros ha sido más bien distinguir entre Monarquías y Repúblicas, al extremo de que bajo esa más tardía dicotomía justificamos nuestras independencias nacionales de España y de Portugal, y por otro lado esas de los Estados Unidos y Canadá respectivamente de Inglaterra.

Por todo eso concluyo que hubiera sido mejor habernos asimilado la usanza anglosajona. Pues una monarquía puede llegar a ser tan democrática como cualquiera “República”; y a su turno una “República” puede ser tan despótica como las de Cuba, Venezuela o Nicaragua de hoy, o de la Unión Soviética de ayer o de la China Continental del presente.

Por eso, reitero, que el concepto de gobierno limitado por redacción expresa de los constituyentes hubiera sido preferible haberlo interpretado al estilo anglosajón más que al estilo francés que nos es tan familiar. Pues toda “República”, repito, entraña división de poderes, mientras que cualquier “Democracia” no necesariamente lo implica a la letra y queda siempre abierta al uso más extremo del despotismo unitario como acaece hoy en la Corea del Norte o ayer en la Cambodia de Pol Pot.

Mucho más aún, la cultura francesa se ha distinguido por la precisión y claridad casi matemática de sus términos. La anglosajona, en cambio, por el apego al uso común más vago o a la tradición menos precisa. Y así la siempre muy admirada por mí Francia nos dejó también la exactitud de la guillotina por sobre la de los anglos que hasta más recientemente se valieron de la horca.

Pero así mismo en aquella Francia del brillo revolucionario la guillotina fue usada más allá de lo tradicionalmente tenido por penal, mientras que la horca se atenía a la tradición de siglos de ser reservada solo para delincuentes más comunes y amenazantes, y por lo tanto, más públicos y comprobables.

Nuestra humana conciencia así ha sido de variada y ambigua en estos casos extremos, y por eso en este contemporáneo mundo de tantas incertidumbres, la pena de muerte ha terminado por haber sido abolida en casi todos los países civilizados, aunque yo en lo personal mantengo muchas reservas al respecto como lo explicaré en una entrega posterior.

Y es que muy lamentablemente las masas son más susceptibles de caer al corto plazo bajo el hipnotismo de la retórica de un demagogo a lo Fidel Castro que a las discusiones filosóficas de minorías ilustradas entre sí.

En todo caso, si una República entra en un acelerado declive como empieza a parecer en los Estados Unidos, siempre es posible el resurgimiento de otra postura más republicana como la de Donald Trump o como la de José Antonio Kast en Chile.

En conclusión, me inclino a pensar en que deberíamos tornarnos más republicanos de hecho y menos demócratas en teoría.