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Mi Esquina Socrática

“El son se fue de Cuba…”
Fecha de Publicación: 18/08/2021
Tema: Historia

Cubano que dejaste
el viejo malecón
quisiera preguntarte
¿a dónde fue el son?

El son se fue de Cuba
mataron su alegría,
sus notas están llenas
de una cruel melancolía.

Rompieron sus guitarras,
callaron sus pregones,
y en vez de mil canciones
sólo hay llanto y soledad.

El son se fue de Cuba
llorando de tristeza,
se ha ido el manisero
y también la bayamesa.

Guajiro de mi tierra,
si pasas por La Habana,
no oirás risa cubana
porque el son se fue de allá.

El son se fue de Cuba
llorando de tristeza,
se ha ido el manisero
y también la bayamesa.

Guajiro de mi tierra,
si pasas por La Habana,
no oirás risa cubana
porque el son se fue de allá.

Con tal lírica comenzaba el texto de aquel melancólico danzón que popularizó por los años setenta la inolvidable Olga Guilló desde su exilio en Miami, La Florida, a donde habrían de confluir más tarde millones de otros compatriotas suyos, y míos no menos, con lágrimas en los ojos, los bolsillos vacíos y el corazón profundamente rasgado.
Hace alrededor de un mes nos llegaron desde esa misma Cuba otros mustios sollozos de sus restantes hijos tan olvidados por casi todo el resto de la humanidad. Un éxito evidente del cierre totalitario que envuelve absolutamente todo lo que por sesenta y dos años ha herido los corazones y la inteligencia de la abrumadora mayoría de sus hijos.
En el caso puntual de esas últimas manifestaciones callejeras que por un instante parecieron abrir una rendija en prisión tan hermética, solo fue un caso más de centenares de miles de jóvenes que hasta ahora no han conocido otra realidad en sus tiernas vidas que las masacres, el hambre, las prisiones, las torturas, el silencio y todo sin ningún ritmo criollo que les viniera de fuera para endulzarles siquiera melancólicamente su sino.
A todos esos enmudecidos de por vida, sobre todo los más juveniles, o los más lisiados asimismo por los años y hasta tantos cadáveres sepultados en ese mismo olvido universal dirijo estas modestas líneas.
Desde hace ya sesenta y dos años con aquel son también a mí se me han ido tantos recuerdos entrañables, de los amigos vivos y de los ya idos, de tantos rincones desde Santiago de Cuba a la Habana y viceversa que me resultaban en mi juventud tan acogedores, mientras al mismo tiempo se me endulzaba mi felicidad muy de familia durante aquellos inolvidables primeros pasos míos por el campus muy helenístico de la tricentenaria Universidad de la Habana.
También al ritmo de cualquier son se fueron para siempre mis seres más queridos, que habrían de ser sepultados dispersos en el mismo olvido.
Hoy tengo desplegada en la biblioteca de mi hogar, en la muy acogedora Guatemala de la Asunción, una bandera cubana, obsequio de una espléndida amiga guatemalteca, y con su franja azulada del centro que se asoma atrevidamente para musitar “¡Libertad!”.

Muchísimos otros hijos de la tierra de José Martí y Antonio Maceo han seguido la misma dolorosa ruta del exilio por los cuatro puntos cardinales de este planeta. Lo que a su turno me trae a la memoria la melancólica alusión de José María Heredia a mediados del siglo XIX cuando a los pies de las tan imponentes cataratas del Niágara lo sustrajo una nostálgica distracción hacia las palmeras de su trópico natal. Y que a su turno don Marcelino Menéndez y Pelayo habría de recoger años más tarde en su famosa colección de las cien mejores poesías castellanas de todos los tiempos:
Mas ¿qué en ti busca mi anhelante vista
con inútil afán? ¿Por qué no miro
alrededor de tu caverna inmensa
las palmas, ¡ay!, las palmas deliciosas,
que en las llanuras de mi ardiente patria
nacen del sol a la sonrisa, crecen,
y al soplo de la brisa del océano
bajo un cielo purísimo se mecen?

Fue asimismo aquella Cuba esplendorosa de mis años mozos, tan alegre y tan creativa en todos los ramos del saber la que se me fue con un mismo danzón similar al de Olga Guilló.

Y así, para siempre quedaron enterrados en ese común olvido los elegantes mármoles del Prado de la Habana, las imponentes estructura residenciales, el dinamismo del intercambio comercial y, derivado de todo ello, la carcajada permanente con que los cubanos sabíamos envolver tanto nuestros dolores y decepciones como nuestros gozos y esperanzas.

Atrás quedaron para mí las clarísima lecciones de Física de Marcelo Alonso, el físico más tarde tan cotizado en la NASA, así como del educador para toda Hispanoamérica el insigne matemático Aurelio Baldor, así como tantos otros maestro cubanos de la plástica más contemporáneas tales como Wilfredo Lam, Cundo Bermúdez, René Portocarrero, Eduardo Abela y muchos otros que ya se escapan a mi memoria.

Igualmente, los médicos que una vez, en la persona de Carlos Finlay, descubrieran el germen de la fiebre amarilla.

No menos precursor que aquellos elegantes arquitectos que en la era colonial erigieran el Morro emblemático a la entrada del puerto de la Habana, o el espléndido palacio de los Capitanes Generales.

En su momento republicano, fueron cubanos de tal genio quienes diseñaron y escogieron todas las espléndidas estructuras del Capitolio Nacional y el legado del conjunto de monumentos que encierra el Cementerio General de la Habana.

¿O qué decir de las innumerables mansiones privadas de exquisitos diseños dispersas por todo el territorio nacional? ¿O de las lecciones morales que además encierra el cementerio de Santiago de Cuba, ennoblecido por las estatuas de tres contendientes militares muy diversos entre sí pero distinguidos por sus habilidades marciales y su nobleza con los vencidos como el general español Joaquín Vara del Rey, del joven idealista norteamericano Teodoro Roosevelt o del egregio patriota cubano Calixto García?

Y de lo que no se puede conceptualizar tan fácilmente tal como lo hizo la inolvidable Gertrudis Gómez de Avellaneda en su poema “Al partir”:
 

¡Perla del mar! ¡Estrella de occidente!
¡Hermosa Cuba! Tu brillante cielo
la noche cubre con su opaco velo,
como cubre el dolor mi triste frente.

 
Y de aquel dinamismo empresarial tan increíble de los Bacardí o de Carlos Miguel de Céspedes, el creador con espíritu empresarial de la Carretera Central de Pinar del Río a Santiago de Cuba.

¿O del ballet nacional de Alicia Alonso? ¿O del director de la orquesta filarmónica de la Habana, el tan internacionalmente aclamado Eric Kleiber, y a cuya sombra también tuve la oportunidad única para un adolescente de escuchar los mejores intérpretes de la música clásica, Leopoldo Stokowski por ejemplo o Ignacy Jan Paderewski, de cuyo concierto de despedida de este mundo fui testigo?

Y así podría extenderme por los innumerables genios, entonces mis contemporáneos, y prototipos de una Cuba pujante y admirada desde allende los océanos y de la cual tan poco saben esos jóvenes aplastados en vida por la dictadura totalitaria y retrógrada de Fidel y Raúl Castro.

Me inclino ahora ante la memoria de tanta belleza, de tanta bondad, de tanto talento que les ha sido negado a esos jóvenes que ahora sollozan por las calles de Cuba ante el silencio culpable de una gran parte de la humanidad.

Y de ellos y de muchos más aprendí a ser hombre y a ser agradecido.