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Teorema

Perversiones
Fecha de Publicación: 17/06/2021
Tema: Soberanía
Seguramente usted y yo estamos de acuerdo acerca de la depravación del lenguaje, en cuanto al uso de términos y conceptos. No es nada nuevo. A mediados del siglo pasado, Alemania estaba dividida en dos partes por un oprobioso muro. En el lado Este se constituyó un Estado con el nombre de República Democrática de Alemania. Nada hubo en ese Estado opresor, que le hiciera merecer la calificación “democrático”. Empero, el nombre se mantuvo durante 41 años. Lo peor fue los gobiernos, las instituciones, la prensa y la gente lo usaba así, sin el menor recato. Hay más ejemplos de lo mismo, tanto o más perversos.

América es el nombre que usurpan los habitantes del país situado al norte de México, quienes se autodenominan americanos. América es un continente y, por lo tanto, todos sus habitantes permanentes somos americanos. Formalmente, somos casi mil millones de americanos en vez de los 327 millones que acaparan ese gentilicio. América está formada por 35 países y 25 dependencias (tres de ellas vinculadas a Estados Unidos). Aun así, como si lo ignoraran, el nombre oficial de ese país, Estados Unidos de América es un abuso del lenguaje por lo ya señalado. También hay un abuso al usar norteamericanos para referirse a los nativos de ese país, ya que, formalmente, Norteamericanos son todos los que habitan México, Canadá y Estados Unidos.

Las perversiones del lenguaje más recientes, quizá introducidas con fines perversos, conllevan desinformación. Actualmente, en nuestra Guatemala, el conjunto de unas 20 oenegés se autodenomina la “sociedad civil”del país, aunque no lleguen a reunir a 500 personas. Ellos, y la prensa que cooptan, los refieren de ese modo, sin ninguna vergüenza. La sociedad civil la conformamos cerca de 17 millones de personas que habitamos Guatemala.

Otra inmoral corrupción del lenguaje la ofrecen unos ocho países cuyos embajadores en Guatemala se autodenominan “la comunidad internacional”. Ciertamente, la importancia económica y militar de esos países es destacada. Pero la verdadera “Comunidad de Naciones” o Comunidad Internacional”,estáformada por 194 países, habitados por casi 8,000 millones de personas y no los 640 (8%) que viven en esos 8 países.

Este mes, la pureza del lenguaje y la claridad de la expresión ha sido agredida nuevamente. Quizá usted también, terminada la tediosa conferencia conjunta de Giammattei y Harris, se preguntó: ¿Qué dijeron? ¿En qué quedamos? Si ve la prensa del día siguiente notará que los periodistas tampoco entendieron. Fue necesario que días después la Casa Blanca emitiera un comunicado explicando como acordado, lo que en realidad la señora Harris impuso.
Días después la prensa, con un lenguaje pervertido por los políticos se refirió a lo acontecido con titulares como: “Se fortalece la lucha contra el narcotráfico en Guatemala”. Uno podría pensar que el gobierno buscará dificultar que los menores guatemaltecos tengan acceso a las drogas. Ese sería un propósito legítimo. Empero la prensa se refería a algo diferente.

Aunque se anuncie de manera distinta, todos sabemos que uno de los propósitos de la visita de la señora Harris era reducir la cantidad de droga que llega a los adictos de su país. Hay que entender, con mucha claridad, dos situaciones: Primero, que ese es un problema de ellos, no nuestro. Segundo, que tal lucha requiere que los precarios recursos del Estado guatemaltecos sean destinados a fines ajenos a nuestro país. La paupérrima infraestructura de marina, de aviación, de armamento y, lo más importante, la vida de policías y soldados de Guatemala serviría para evitar que la droga llegue a los consumidores en Estados Unidos. Por más poético que sea el lenguaje utilizado para decirlo, esa no es una finalidad legítima del Estado guatemalteco.

Además, el gasto mensual asociado a tan ajena lucha debe ser enorme. El uso prostituido del lenguaje evita que cuestionemos la validez de utilizar los recursos públicos para ese fin. Si ese dinero se invirtiera en educación, algunos jóvenes saldrían de la ignorancia. ¿Qué se gana al desviarlo hacia finalidades que son propias de Estados Unidos? ¿Que den palmaditas en la espalda de nuestros políticos junto a la promesa de no quitarles la visa? ¿Porqué, me he preguntado siempre, es tan importante para un político tener visa para Estados Unidos?

El embajador Popp hace esfuerzos por vestir los proyectos de su vicepresidenta con los ropajes de una “estrategia de cooperación” cuando se refiere, entre otros, a lo que él ambiguamente llama seguridad fronteriza. ¿Debe importar a los guatemaltecos la inmigración ilegal africana a Europa? Es obvio que a tal hecho corresponde una prioridad muy baja entre una población que se preocupa por la alimentación diaria, el covid y mil cosas más. Siendo así ¿marca diferencia la inmigración de centroamericanos a Estados Unidos? ¿O la de norcoreanos a Corea del Sur?

Los migrantes de Guatemala hacia Estados Unidos llegan de manera ilegal porque los medios legales son exclusivos para personas con cierto nivel de educación y riqueza personal. Nadie que lo pueda pagar se ha quedado sin visitar a Mickey Mouse. Pero quienes carecen de dinero, pueden hacer cola durante meses en La Reforma sin obtener ni una estampita del famoso ratón.

A fines del año pasado, durante la campaña del Partido Demócrata hubo una implícita invitación para que los interesados migraran a EU. Los residentes pensaron que podrían llevar a sus familiares y les confiaron su voto. Se equivocaron. Cuando ese partido obtuvo el apoyo electoral de gran parte de 32 millones de latinos y ganó la elección, su gobierno dio marcha atrás.

Creo que hay hipocresía en la mayoría de los guatemaltecos (no en todos), que hacen discursos en contra de la migración ilegal a Estados Unidos. La casi totalidad de la población nos solidarizamos con ellos y con su espíritu de lucha. Algunos, incluso, encontramos en ellos los más hermosos rasgos del espíritu humano. En alguna forma, parecen emular a quienes hace 15,000 años llegaron al continente americano y con el tiempo lo fueron poblando, desde Alaska hasta el Cabo de Hornos. ¡Qué grande epopeya!

Los migrantes creen, están convencidos de que al llegar a EU tendrán ingresos ocho veces mayores, podrán apoyar mejor a sus familiares y su vida, plena de limitaciones, se volverá placentera. Esto es, van en busca de la felicidad. Aunque nuestra Constitución no plasme tal búsqueda como un derecho humano de primer orden, es innegable que la naturaleza humana conlleva a mejorar.

El gobierno también representa al pueblo que sale del territorio en busca de ingresos que puedan conducirlo a una forma moderna, consumista, de felicidad. De alguna manera, todos nos beneficiamos del éxito que ellos alcanzan, materializado en las remesas que envían a sus familias. Si una parte importante de ese dinero llega al fisco para sostener el gasto público, cómo puede el gobierno firmar acuerdos para asegurar la seguridad fronteriza de EU --que no la nuestra-- a que se refiere el embajador Popp.

El gobierno debe respetar nuestra libertad constitucional para salir o regresar al territorio nacional. Si se procede de esa manera –que a mi entender es la correcta— con los connacionales, ¿cómo hacerlo de forma distinta contra los migrantes de otros países que deben atravesar el nuestro para alcanzar su destino? ¿Cómo irrespetar su respectiva libertad, plasmada en otras constituciones?

A mediados de enero pasado, nuestro gobierno actuó con extrema dureza contra unos 9 mil migrantes hondureños. En Vado Hondo, Chiquimula, la policía y el ejército apalearon a esas personas. Dejaron heridos de gravedad, incluso mujeres, niños y ancianos. Usaron bombas de gases lacrimógenos para dispersarlos. Fue tremendo. El tráfico comercial e individual se interrumpió cerca de 30 horas.

¿No hubiera sido más hermoso y civilizado enviar 200 autobuses para que los recogieran en la frontera con Honduras y los condujeran a la frontera con México, deseándoles éxito en su travesía? ¿Acaso no fue mayor el costo de los hospitales, la movilización de soldados y policías, más el costo de esa carretera bloqueada más de un día? Eso, sin contar con el espectáculo de salvajes que ofrecimos al mundo.
SOBRE EL AUTOR
J, Fernando García Molina
      José Fernando García Molina Guatemalteco, 73 años, casado, dos hijos, ingeniero, economista. Tiene una licenciatura en ingeniería el&eacu
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