ENSAYOS >
Título:     Tema:     Autor:    

Mi Esquina Socrática

Una defensa persuasiva de las desigualdades
Fecha de Publicación: 20/05/2021
Tema: Filosofía
Hace dos semanas, concretamente el dos de mayo, César García publicó en diario elPeriódico un claro y corajudo manifiesto en favor de la libertad de emprender bajo el título “La incluyente desigualdad”.

Y lo felicito por su claridad conceptual y la valentía de sus conclusiones, como pocos otros que no tienen miedo a decir la verdad como ellos honestamente la perciben.

Don César no es un académico consagrado, pero sí un empresario exitoso y excepcionalmente responsable y que en ocasiones diversas ha abogado corajudamente por la libertad de expresión con argumentos sólidos y lógicamente impecables.

Todo un hombre sincero en toda la extensión de esa palabra.

Y en la ocasión que comento, su argumentación sorprendentemente la enderezó hacia la defensa de esas disparidades económicas y sociales individuales, hoy objeto de ataques sistemáticos y mal intencionados.

La igualdad ante la ley es un requisito sine qua non para todo Estado genuinamente de Derecho que pretenda ganarse la opinión pública.

La postura personal  de don César no es habitualmente la “colectivista” tan en boga hoy sino la “individualista” y éticamente responsable.

Por eso le extiendo aquí mis plácemes, porque la defensa de lo muy único y de lo que es de la total responsabilidad personal resulta un acontecimiento raro por los tiempos que corren.

Las ideas, por otra parte, siempre tienen sus consecuencias si son verdaderas ideas. Pero también en todas partes se nos aturde con lemas simplistas y muy emocionales y que nada de objetividad tienen como ese tan utópico de que: “el pueblo unido jamás será vencido”. O aquel otro más dogmático y especulativo a un tiempo de Karl Marx de que: “El motor de la historia ha sido siempre la lucha de clases”. Verborrea colectivista ya de mucho tiempo atrás intelectualmente superada.

Don César asimismo alude en su artículo a los genuinos hacedores de la felicidad y prosperidad de todos. Pues según él (consideración a la que me sumo al cien por ciento): “es la desigualdad la que nos hace posible las explosiones verdaderamente creativas”. El genio es siempre un ser humano, no una colección de los mismos pues entre iguales no suele brotar nada de original y novedoso, como tanto lo insistió en su tiempo el historiador Thomas Carlyle.

Y así, este autor se ha mostrado siempre hombre original y de veras con sus pies sobre la tierra del sentido común y no sobre las nubes fugaces de las fantasías de monótonos charlatanes que hasta se autocalifican de “intelectuales”.

Es la desigualdad entre las personas, como resulta prototípico entre cada hombre y cada mujer según sus respectivas idiosincrasias genéticas, la que precisamente hace posible el enriquecimiento recíproco y que así terminemos por compartir los frutos de un progreso sostenido y común entre todos.

Esa igualdad de hecho, nos complementa don César, “es un anhelo tan romántico, como absurdo, porque somos naturalmente diferentes”, lo que no implica que nos hallemos de vez en cuando insatisfechos con nuestras identidades superficialmente muy “sociales”.

Efectivamente, tampoco somos abejas que nos comportemos genéticamente por igual, con la excepción de esa cuasi deidad entre ellas que es la Reina y madre de todas, a la que por cierto terminan por matar las mismas abejas no menos por igual obreras que las habían entronizado en primer lugar.

Perdón por esa digresión tan insípida, pero esa metafórica igualdad entre todos como si el sexo, las edades, los talentos, los estudios o las posiciones sociales fueran siempre mecánicamente idénticas para todos, y por eso no lo acepto como un argumento apropiado en la boca de un adulto.

En el peor de los simbolismos somos humanos pero inevitablemente con afinidades muy peculiares, jamás un mero enjambre. Me imagino más bien a todos los humanos como músicos de una gran orquesta sinfónica, todos sincronizados pero cada uno según sus destrezas.

Y así, repito, la creatividad es inextinguiblemente un don individual, aunque precisamente por ello armonizable con lo de los demás. Podemos compartir los frutos de nuestros respectivos ingenios, pero no esperar de todos la misma respuesta a menos que nos veamos equivocadamente como un panal de abejas obreras.

Y de ahí que tengamos como el aporte filosófico más trascendental de la Revelación cristiana el concepto de persona.

Y por lo tanto como evidencia de lo mismo, las virtudes de la fe, de la caridad, de la cooperación pacífica o incluso las de la ejemplaridad moral de cada individuo precisamente sean las llamadas a atenuar los efectos animales de una monótona competencia entre todos.

Por tales razones, para don César y para mi modesta interpretación, tales agitadores incesantes que nos aturden en pro de una igualdad que no tiene sustento alguno en los hechos, buscan arteramente victimizarse, responsabilizando, por su puesto, de sus carencias a los demás, nunca a sí mismos.

La igualdad nos atrae porque interpretada solo a la letra implicaría que cada uno de nosotros podría aprovecharse egoístamente de la ingeniosidad y del sudor de los otros.

Pero aun en tales supuestos, ¿diríamos amén a todo lo colectivo?

Por supuesto que no. Por eso Marx remitió la igualdad universal a un vaporoso futuro del todo utópico.

Y así, frutos exclusivos de las iniciativas individuales fueron cada una de las pirámides de los faraones, las leyendas de la Antigüedad clásica tales como la “Ilíada” o la “Odisea”, o aquella poesía erótica del “Cantar de los Cantares”, o no menos aquel tenso relato de Shakespeare en torno a las personas de un joven Romeo y una joven Julieta, o de un Miguel de Cervantes rememorando aquel rincón de Castilla de cuyo nombre no quería acordarse, o de un Pericles, un Aristóteles, un Platón, un Agustín de Hipona, un Tomás de Aquino, una Juana de Arco, un Martín Lutero, lo mismo que más tarde un Pascal, un Nietzsche, un Dostoievski o un Albert Einstein, todos ejemplos clarísimos de la búsqueda exclusivamente individual de la verdad dentro de nosotros o de aun de esas otras sobre el Cosmos que hoy en día tanto nos intrigan.

¿Arrebataremos a todos esos hacedores de la historia sus aportes a la misma para poder decir que “el hombre”, en abstracto, lo ha significado todo y el individuo, en concreto, nada?

Me parece que tanto don César como quien suscribes estas líneas opinamos todo lo contrario y que lo que es mucho mejor son las genuinas verdades a nuestro alcance.

O como mejor nos lo precisara Jesús de Nazaret en su celebérrimo Sermón del Monte: “por sus frutos los conoceréis” (Mateo 7:20).