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Mi Esquina Socrática

Chile se nos adelanta otra vez
Fecha de Publicación: 28/04/2021
Tema: Política
El milagro llamado “chileno”, como así lo calificara Milton Friedman, se nos hizo evidente para todos hacia finales de la década de los setenta, y se mantuvo universalmente indiscutido hasta el inicio del segundo periodo presidencial de Michelle Bachelet (2014-2018).

Desde entonces la posterior Constitución política de 1980 resultó la guía más sólida para la entera vida pública de ese país hermano.

Efectivamente, el producto interno bruto de Chile se duplicó en pocos años y el promedio del ingreso per cápita llegó a rondar los veinticinco mil dólares. Promedio, está muy claro, el más elevado de toda nuestra América Latina a pesar de haber sido Chile, bajo los tres años del periodo de Salvador Allende, el país más próximo al hundimiento total al estilo de la Cuba de Castro.

Elocuentemente tales logros situaron de momento a Chile en el mismo envidiable lugar que habían ocupado Argentina y Uruguay en las décadas de los cuarenta del siglo pasado así como Cuba y Venezuela hacia fines de la década de los cincuenta.

Y así llegaron los chilenos en esos pocos años a tener los índices de desarrollo humano y de ingresos económicos más altos de toda la América nuestra de raíces ibérica.

Una buena parte de tal logro es atribuible a los llamados “Chicago Boys”, que fueron la envidia en los años setenta no ya de los más refinados dirigentes del tercer mundo sino también del así habitualmente calificado “primero” de la Europa occidental y de la América del Norte. Hasta el Wall Street Journal en la década de los ochenta llegó a editorializar que el Chile de ese momento era el ejemplo a seguir por el resto del planeta.

Colectivamente, esos genuinos “revolucionarios” chilenos fueron liderados a distancia por un premio nobel de economía y de mi personal conocimiento, Milton Friedman, muy destacado profesor de la Universidad de Chicago. No menos hizo un aporte decisivo Arnold Harberger, destacado economista de la misma línea de pensamiento y no menos el chileno Sergio de Castro.

Gracias a ellos, reitero, el panorama del desarrollo económico y social de Chile sufrió un cambio radical, y con aquellos pocos chilenos también una buena parte de la dirigencia económica y política de Iberoamérica. Y en un segundo periodo, bajo el excelente liderazgo intelectual de un liberal más clásico, el Ministro de Hacienda Hernán Büchi (1985-1989).

Y así los precios de los productos en el mercado chileno también llegaron a ser casi enteramente el resultado de una libre oferta y de una libre demanda.

Asimismo la vida política chilena se refrescó ulteriormente con aquel renovado ascenso de una democracia cristiana menos estatizante y mucho más estrictamente liberal clásica que la habitualmente propugnada desde la Europa de aquel entonces, al tiempo que las demás libertades civiles eran guiadas por ese mismo patrón libertario y todo, nótese bien, en completa paz.

Ese inesperado salto hacia adelante se mantuvo intacto hasta el primer periodo presidencial de Michelle Bachelet (2006-2010).

Empero, para ese su segundo periodo presidencial, ella alteró radicalmente el rumbo y el ritmo del entero progreso social y económico de Chile, con consecuencias casi demoledoras.

Chile se mantuvo de pie a pesar de ese cambio de modelo social que preconizaba la corriente colectivista hasta dentro de la misma ONU. Sin embargo, tras ese incidente en la persona de Bachelet, algunos libres cambistas empezaron de nuevo a vacilar sobre el futuro de Chile.

El síntoma más obvio de tal giro se dio en aquel entonces al nivel de las capas populares y estudiantiles con la traumática destrucción del modernísimo metro subterráneo de su capital Santiago a manos de turbas muy ignorantes y envalentonadas.

Inclusive todavía hoy los chilenos se preparan para debates hirientes que seguramente tendrán lugar durante el nuevo proyecto de reforma a la Constitución para mediados de mayo de este año.

Está visto que los humanos no sabemos manejar con mano firme el éxito propio.

Tampoco es de olvidar que Michelle Bachelet antes de ser reelecta para el segundo periodo había fungido como funcionaria de las Naciones Unidas bajo el liderazgo del socialista portugués Antonio Guterres.

Y así, reitero, el “milagro chileno” empezó a trepidar ahora también bajo el timorato liderazgo de Sebastián Piñera.

Ahí estamos por ahora, con la memoria fresca de aquel tajante ejemplo de ese país incluida no menos la de la primera presidencia de Bachelet. Pero hoy bajo la ominosa sombra de los globalistas en Washington D.C. acaudillados por un resentido Joe Biden.

¿Será, por tanto, verdad aquello de que el humano nunca sabrá poner límites de prudencia económica a su propio quehacer?

Pues el puro libre mercado, ya se ha constatado una y otra vez según lo atestigua Francis Fukuyama en una de sus últimas creaciones, es la receta más segura para el logro y crecimiento de la libertad individual responsable por parte de todos.

Pero no menos el éxito vanidosamente nos tiende hacer creer que el esfuerzo para lograrlo es cuestión de un fulgurante corto plazo, a su turno incompatible con el ejercicio continuado de nuestra libertad individual al muy largo plazo.

Desde esta mi recóndita perspectiva, espero que para el bien de todos, chilenos y no chilenos, un nuevo protagonista político que ya se anuncia muy viable, José Antonio Kast, recupere para su pueblo aquel original dinamismo de los años exuberantes del “milagro chileno”.

Inclusive aprovecho recordar aquí aquella generación admirable de prohombres liberales clásicos que en Chile trazaron las coordenadas para su excepcionalidad: Bernardo O´Higgins, Diego Portales y hasta del guatemalteco radicado voluntariamente allí, Antonio José de Irisarri durante la primera mitad del siglo XIX.

Chile por todo ello continúa suscitando mi admiración, pues lo creo el modelo más esperanzador de las Américas de hoy, y sobre todo en este momento, cuando el alternativo ejemplo de dos siglos y medio de republicanismo constitucional parece tambalearse en Norteamérica.

Y por eso, repito, que la contemporánea figura de José Antonio Kast nos podría servir de un símbolo apropiado para esa nuestra renovada esperanza de una libertad universal bajo la ley.