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Mi Esquina Socrática

La agonía de Guatemala
Fecha de Publicación: 27/04/2018
Tema: Guatemala
En 1930 Miguel de Unamuno publicó otro de sus magistrales ensayos bajo el sugestivo título: “La Agonía del Cristianismo”, muy en la línea del existencialismo angustioso que empezaba a apoderarse de toda Europa tras aquella inútil y criminal hecatombe que fue la primera guerra mundial (1914-1918).

Eran los tiempos de Martín Heidegger y de su “angustia existencial” heredada de Kierkegaard, con la que Unamuno identificó todo sobrevivir humano.

Algo así entiendo el momento actual de Guatemala, este bellísimo país con tanta gente buena y no menos ingenua.

Hace dos semanas, vi por televisión cuando el Presidente de la Corte de Constitucionalidad Francisco de Mata Vela le pasaba el símbolo de su dignidad institucional a la nueva Presidente de lo que figura como máxima autoridad legal en materia constitucional, en ese caso la licenciada Dina Ochoa Escribá. Muchas hermosas palabras, algunos recuentos históricos embellecidos y otros enormes espacios conceptuales vacíos.

Para nada se aludió al agente clave del desasosiego nacional del presente: la
CICIG. Es decir, ningún indicio ni siquiera de alguna leve preocupación de carácter ético en torno al cataclismo jurídico que ha entrañado la intrusión de este desbocado asalto al entero ordenamiento jurídico del país.

Incluso, ningún indicio de preocupación hicieron evidente por el descarrilamiento de aquella protesta popular (y por primera vez integrada casi exclusivamente por nuestra mansa clase media) en abril del 2015, por manos de los tres caudillos sucesivos de la CICIG.

Señal elocuente de la ofuscación cívica y jurídica de esos señores.

Porque nunca antes se había visto un asalto tan descarado, y tan humillante, por no decir tan despreciable, a toda la estructura legal que un pueblo previamente se hubiese dado a sí mismo, caso único en el vasto Occidente contemporáneo.

Como si amigos mal intencionados nos quisiesen seducir hoy tal cual lo hicieron otros a aquellos israelitas hambrientos en el desierto recordándoles las ollas llenas de comidas de sus años de esclavos en Egipto.

Pues con el tiempo se han sucedido innumerables revoluciones de toda índole en el Occidente, a lo largo de ese penoso asenso que ha terminado por integrar la cultura atlántica, derivada a su turno de la providencial fusión de los legados respectivos de Atenas y Jerusalén. Pero jamás ha habido precedente alguno para este bochornoso espectáculo de la aquiescencia de las autoridades de todo un pueblo soberano que han hecho contractualmente entrega de su estructura legal a un puñado de extraños sedientos de poder, y porque no también decirlo, de dólares.

Esto lo veo, precisamente, como nuestro pecado original, que a mi turno atribuyo a la falta de claridad conceptual acerca de los principios y valores que han de regir toda civilización humanamente aceptable.

Lo que equivale a decir que quienes nos creemos mejor educados les hemos fallado del todo a los que suponemos menos instruidos. Punto a considerar, creo, con máxima urgencia por todos nuestros hombres y mujeres de buena voluntad en puestos de responsabilidad.

En eso ha consistido la agonía de una Guatemala que durante dos siglos ha buscado a tientas el rumbo hacia un verdadero Estado de Derecho. Y cuya mejor concreción la ha constituido la esterilidad de una Corte de Constitucionalidad en el mejor de los casos errática.

A mis ojos, un fracaso inexcusable, digno en otros tiempos hasta de la pena máxima de muerte por traición a la patria.

Pero un poco de historia jurídica nos puede ayudar a quienes servimos de todo esto de testigos: que nuestra vertebración jurídica deriva de dos tradiciones legales paralelas pero con frecuencia encarnizadamente defendidas: la británica y la francesa, esta última, entre nosotros, la predominante.

La tradición anglosajona nos es la más remota porque hunde sus raíces en el derecho consuetudinario de la Baja Edad Media, por aquellos años de Juan sin Tierra y de sus díscolos súbditos que le arrebataron su firma para la muy conocida “Charta Magna” del 1215.

La francesa, en cambio, es más reciente, producto de la Ilustración racionalista del siglo XVIII, anclada en lo que a este respecto interesa en el pensamiento de Montesquieu, de Rousseau y de demás pensadores que les fueron contemporáneos.

Es decir, que nuestra herencia jurídica enlaza por una parte, vía las islas británicas, con la del “ius commune” medieval de la Europa Occidental, mientras, por la otra, la francesa, nos conecta conceptualmente con el derecho natural de los romanos, es decir, con la forma republicana de gobierno que ha terminado por imponerse en casi todo el orbe.

También de esta última hemos derivado nuestra peculiar interpretación iberoamericana del “positivismo jurídico”, así como la malhadada ocurrencia de una Corte de Constitucionalidad separada, y hasta en competencia, con una Corte Suprema de Justicia.

Así se explica también el principio de moda de “soberanía popular”, aunque hoy un tanto menoscabada, excepto para esos pocos casos de Estados con derecho a veto en la Asamblea General de la ONU: los Estados Unidos, Rusia, China, Francia e Inglaterra. Situación desde el punto de vista del sentido común del todo insoportable.

Por lo tanto desde el inicio de la Organización de las Naciones Unidas en 1945 se dio un pecado original: el de unos pocos Gobiernos que de hecho pueden hacer todo lo que les venga en gana, mientras los demás, la inmensa mayoría, les servimos de comparsa.

En un apoyo irrestricto a la CICIG por parte del Secretario General de las Naciones Unidas, en estos días un portugués de nombre Antonio Guterres, y siempre a los pies del Departamento de Estado de los Estados Unidos de Norteamérica, se ha fomentado esa descontrolada arbitrariedad de la CICIG sobre nosotros, que no rinde cuentas a ninguna autoridad nacional y que procura, a toda costa, retener su jugosa fuente financiera, pensemos lo que queramos quienes por nuestra parte pagamos religiosamente nuestros impuestos al fisco de Guatemala.

Por eso, el grueso de la actividad propagandística de la CICIG, con entero menoscabo del orgullo y de la sensibilidad patriótica de los guatemaltecos, se dirime a lo largo del eje Washington-Nueva York, con alguna inflexión ocasional desde Bruselas. Los dieciocho millones que hacemos de Guatemala nuestro hogar hemos cesado de existir para la vida cívica.

(Continuará)