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Mi Esquina Socrática

La “huida hacia delante” de Iván
Fecha de Publicación: 15/02/2018
Tema: Política
Como Nabucodonosor en su tiempo, también Iván en estos nuestros sabe leer los signos en la pared.

Pero a diferencia de aquel, huye despavorido hacia adelante, no hacia atrás, y así arremete contra Álvaro Colom y su Gabinete de Gobierno (aunque todavía no contra Sandra), precisamente por saber leer los signos ominosos en una pared.

¿Qué leyó, pues?

Su cada vez más cercana caída junto a su babilónica CICIG.

Porque esos misteriosos signos le recuerdan que Barack Obama y Hilary Clinton ya no gobiernan en Washington sino Donald Trump. Y que su diabólico paracaídas, el escurridizo Todd Robinson, suda y gimotea en Caracas rebajado a mero Encargado de Negocios ante el neurótico y grosero antiyankee Nicolas Maduro. Que su otro paracaídas de relevo, Thomas Shannon, ha sido retirado del Departamento de Estado. Y que Jimmy Morales acaba de regresar feliz después de haber sido excepcionalmente bien acogido y agasajado en público, en Washington D.C., por nadie menos que el mismísimo Trump a cuenta de su gesto de trasladar la Embajada guatemalteca de Tel-Aviv a Jerusalén. Que el escepticismo europeo empieza a filtrarse hasta el gobierno de Ángela Merkel, y en la misma proporción los fondos dinerarios se tambalean.

¿Y qué? Pues que la base de su insolente prepotencia para inmiscuirse una y otra vez en los asuntos internos de Guatemala que en absoluto le competen, no se ha hallado en aquí sino muy lejos de estas costas, por ejemplo, en Washington D.C., o en Nueva York, o en Bruselas. Y también en un grupúsculo de políticos en puestos claves de la USAC o del sector justicia como Edgar Gutiérrez, Gloria Porras o, en agrupaciones políticas de escaso prestigio, como Mario Taracena. Amén de esos lobos feroces vestidos con piel de oveja cual Daniel Pascual, del CUC, o Francisco Sandoval, de CODECA, y también de algunos ingenuos columnistas de opinión.

La “huida hacia adelante” (“Flucht nach Vorne” en su idioma original) a la que me refiero ha consistido en moverse contra Álvaro Colom para despejar ahora el camino hacia su blanco más urgente: Álvaro Arzú, y de esa manera protegerse mediáticamente por anticipado de la sospecha de seguir una agenda política exclusivamente de izquierda.

Para entender algo más a fondo la profunda crisis moral de Guatemala cuya expresión más dramática lo es esa atolondrada intervención neo-colonialista a la que tanto aludo, y con secuelas negativas que lamentaremos por décadas, vale la pena reflexionar sobre un fenómeno hoy identificable también entre algunos guatemaltecos: un obvio complejo de inferioridad, y del todo injustificado, frente a todo lo extranjero.

Es un rasgo con frecuencia identificado con el hombre así calificado por Ortega y Gasset, de “masa”. Este último concepto a su turno precisa de una mayor clarificación:

Hombre-masa quiso llamar Ortega a todo aquel sin la suficiente confianza en sí mismo para atreverse a diferir de los demás, sobre todo si son muy numerosos y más fuertes.

Puede serlo, eso sí, aun cualquier hombre inteligente de cualquiera raza o nación, inclusive, hasta muy bien instruido o portadores de un linaje ilustre. Pero, al final, siempre demasiado acomodaticios y poco dados argüir por su cuenta, ni iniciarse en un emprendimiento inusitado o riesgoso, que son condición previa para el triunfo de caudillos sin escrúpulos.

También hasta podría ser considerado decente, puesto que se comporta de acuerdo a los cánones sociales vigentes en la sociedad de la que forma parte. Así ha acontecido en el último siglo con tantos liderazgos atroces. En otras palabras hombres–masa que, “como Vicente, van siempre termina por ir a dónde va la gente”.

Su opuesto son los hombres, o las mujeres, “selectos”. Es decir, aquellos que primero deciden según su mejor y más leal entender, y se arriesgan a emprender hasta lo más novedoso. La confianza en sí mismos es su puesto más reconocido. Por supuesto, ello implica no menos la virtud de la prudencia y de saber oír consejos.

Sin embargo, la responsabilidad por sus actos libres siempre la asume por entero, le haya merecido aplausos o condenas. A tal independencia tozuda también se le conoce como “carácter”.

El “carácter”, a su turno, es la esencia de aquello que popularmente llamábamos “hombría”.

Son ellos los grandes rompedores de moldes tras los cuales seguimos los demás entusiasmados.

Guatemala, como cualquier conglomerado humano, siempre ha contado y contará con tales ejemplares. Aunque el reconocimiento, con demasiada frecuencia, les ha llegado y les continuará llegando demasiado tarde.

Entre estos últimos aquí y ahora cuento esos que sufren estoicamente prisión por meses y hasta por años sin haber sido hallados culpables según debido proceso judicial y en violación de todas las normas constitucionales y ordinarias de justicia en todo los países civilizados.

El fenómeno de la CICIG he concluido por entenderlo como efecto casi inevitable de la falta de hombría en algunos con poder político para impedirlo, o aun el económico y hasta el eclesiástico.

En otras palabras, cuestión de principios, amigos.

De lo contrario, siempre “mal paga el diablo a quienes bien le han servido”.
(Continuará)