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Teorema

De funcionarios a empresarios GB-2
Fecha de Publicación: 03/01/2018
Tema: Construir el Estado



Hará una década, el gobierno de Guatebella(*) –GB-- observó que cada año, los recursos destinados a la inversión pública habían decaído. Las carreteras estaban deterioradas; algunas entonces de terracería, antes estuvieron asfaltadas. Hacía mucho que no se construía un hospital, las prisiones eran las mismas del siglo anterior, no se pensaba siquiera en puertos o  aeropuertos nuevos, el ferrocarril había dejado de funcionar…

En contraste, el ingreso tributario había seguido aumentando, poco pero positivo. También se habían recibido préstamos que aumentaban la deuda pública. Nadie se atrevía a explicar qué se había hecho el dinero de los contribuyentes. Se consideraba que se había ido en corrupción, que todos los políticos eran deshonestos. Fue entonces cuando el recién asumido Presidente, pidió a un reputado economista experto en finanzas públicas, hacer una investigación profunda de las causas y presentar un informe.

Para sorpresa de todos, el economista, que era un profesional honrado, regresó al día siguiente con el dictamen solicitado. En él decía haber encontrado evidencia significativa de que había una alta correlación negativa entre los sueldos y salarios y los recursos destinados a inversión en obra pública. En otras palabras, explicó que el dinero había servido, de manera creciente, para pagar los sueldos y salarios de la burocracia estatal y el servicio de la creciente deuda. De lo contrario, esos fondos habrían sido canalizados hacia obra pública.

Recordó que cada nuevo gobierno recompensa a sus proselitistas con puestos de trabajo en proporción siempre creciente. Esos pagos políticos se hacen creando nuevas e innecesarias plazas; el aparato estatal creció demasiado. La nómina de personas que mensualmente recibe un cheque del Estado es numerosa. Hay cerca de un funcionario por cada diez pobladores activos. En el área urbana la proporción es aún mayor y entre los círculos profesionales mucho más alta. Los funcionarios exigen aumentos salariales creando una espiral ascendente que abulta el presupuesto y causa que aumente la deuda. Así, cada vez ha quedado menos para invertir.

El Ministro de trabajo lo interrumpió para decir que los sueldos en el sector público eran bajos. Sí, casi miserables –replicó el experto— pero son demasiado los funcionarios. Además forman sindicatos cuyos dirigentes exigen prebendas. Muchos dirigentes sindicales no trabajan; por ejemplo –dijo-- en el Ministerio de Educación hay 65 sindicatos y algunos tienen más de 15 dirigentes ociosos.

Si despedimos a toda esta gente ¿de qué van a vivir? preguntó el Presidente. Hacer política pública no es cosa mía sino de ustedes respondió el experto mientras se preparaba para salir. Sin embargo –dijo casi en la puerta-- el PIB nacional tiene un crecimiento apenas superior al crecimiento de la población ¿se han preguntado por qué? Parte importante del segmento de población con mayor formación académica y experiencia profesional, que además ha asistido a tomar cursos y a hacer pasantías al exterior, trabaja para los tres organismos del Estado, sus dependencias y en las municipalidades.

Son cerca de medio millón de personas que trabajan para el Estado, muchos de ellos contribuyendo con poco o nada al bienestar de los habitantes. Los maestros, los policías y el personal hospitalario, aunque con deficiencias, desarrollan trabajos que contribuyen al bienestar de la población. Los jueces, diputados, alcaldes y otros funcionarios públicos, forman parte de la organización legítima del Estado. Pero muchos otros, posiblemente más de la mitad no producen bienes tangibles ni proveen servicios que aumenten la prosperidad de la nación. Ellos administran los trámites, generalmente absurdos e innecesarios creados por el Estado para el manejo y control de la población.

Ellos debieran formar parte de la actividad privada y producir los bienes y servicios que se consumen aquí o se exportan a otros países. Les hace falta salir de la comodidad de esas posiciones burocráticas mal remuneradas y descubrirse como seres productivos. Les hará falta también el capital necesario para desarrollar los emprendimientos que a ellos interese, pero cuentan con un pasivo laboral que suma varios miles de millones de quetzales. Aquí lo dejo –dijo— y se despidió. El Presidente había quedado impactado. Ahora sabía qué hacer, lo que le hacía falta era valor para hacerlo.

Se diseñó una campaña mediática para dar a conocer un plan de retiro voluntario. La mayoría de bancos accedieron a prestar dinero a los exburócratas mediante acuerdos con el gobierno que reducían el riesgo de otorgar créditos sobre proyectos. De ser necesario, también financiarían al Ministerio de Finanzas, para pagar las prestaciones a los empleados públicos. Cuando se puso en operación el proyecto, hubo muchas sorpresas. La primera fue que el número de funcionarios interesados en dejar de serlo fue más alto que lo esperado.

La apertura de empresas –el trámite legal tomaba menos de tres días— fue enorme. El desarrollo fue principalmente en el interior del país pues muchos exfuncionarios decidieron regresar a sus poblaciones de origen. Originalmente creció el comercio, la agricultura, la ganadería y la avicultura pero muy pronto la expansión llegó al turismo, los alimentos y hospedaje, la construcción de vivienda, la industria, la minería, agua, gas y la generación de electricidad. Hoy ya hay importantes inversiones en tecnología.

El Gobierno, con menos trabajadores resultó ser más eficiente. Pero lo que más llamó la atención fue el cambio de actitud hacia los empresarios y sus éxitos. Ahora son vistos como los que producen los bienes y servicios que la población consume, quienes generan las plazas de trabajo que permiten a las familias vivir con mayor dignidad y decoro.

Ante el éxito alcanzado, el Gobierno impulsó otras medidas con las que consiguió llevar prosperidad a los campesinos y atraer a los grandes inversionistas internacionales y sus empresas. Pero esa es otra historia…

(*) Guatebella es un país imaginario, ficticio. No existe, excepto dentro del realismo mágico de quienes añoramos una patria con altos niveles de educación, desarrollo y bienestar. De quienes quisiéramos que la nuestra fuera ejemplo para el mundo libre.