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Mi Esquina Socrática

Todo paraíso tiene sus serpientes
Fecha de Publicación: 08/11/2017
Tema: Valores
Sentido común (parte 14)

La naturaleza en suelo guatemalteco es lo más cercano a la idea original del Paraíso que yo he conocido.

La cordillera que la divide en dos cuencas, del Caribe y del Pacífico, es la ocasión para paisajes imponentes de montañas y de verdes planicies que la enmarcan bajo un cielo muy azul y que nos acaricia a todos con una brisa suave y permanente en la mayor parte de su extensión.

Bien dotada, encima, de lagos y ríos, sin heladas que congelen toda actividad humana, ni calores sofocantes que la debiliten, ha sido el escenario de dos sucesivas explosiones de creatividad humana: la maya, de raíces últimas en el corazón del Asía, y la hispánica, no menos remotamente asentada entre las riberas del Mediterráneo.

En general, todo ello ha servido para que crezca a todo lo largo y ancho de su geografía una población gentil y modesta, dotada casi de aquella bondad primigenia con la que J. J. Rousseau quiso ver a todo “buen salvaje” y que alegorizó el Génesis para la entera Humanidad.

Pero todo paraíso en el que se quiere siempre refugiar cualquier humano tiene serpientes, algunas más mortíferas que otras.

Bajo tan suave belleza de bosques ubérrimos y de picos de cordilleras que nos permiten a todos disfrutar a voluntad de vistas panorámicas permanecen invisibles bajo el follaje muerto las víboras de la envidia, el resentimiento, el abuso del más débil y la traición solapada al más fuerte.

El Génesis nos lo recuerda como las consecuencias estremecedoras del pecado original de desobediencia al creador de tanta hermosura gratuita y de la no menos enternecedora bondad de Quien nos la quiso regalar.

El veneno difiere según la latitud y la longitud donde nos hallemos. Pero siempre puede ser mortal.

En el caso de Guatemala lo creo identificar en la ignorancia supina y generalizada acerca de la realidad del mundo de lo moral y de lo ético, sin el cual el Universo es un vacío no menos universal y helado.

Por “moral”, del latín “mores”, es decir, costumbres ancestrales, entiendo aquí algo parecido a lo que entre nosotros se conoce, resumido, como “los Diez Mandamientos”, articulados por Moisés, el caudillo hebreo, desde la cima de un monte en el desierto seco y caluroso del Sinaí.

Por “ética”, en cambio, del griego “éthos”, o sea, “carácter”, entiendo aquí la resolución voluntaria y firme de cualquier individuo humano de perseverar en el cumplimiento estricto del deber tal cual lo aprehende su inteligencia. Ambos conceptos son complementarios, el primero más orientado según las prácticas de una comunidad permanente, y el segundo según el buen leal entender del individuo racional.

¿Se enseña esto en nuestras escuelas, en nuestras Universidades? Casi nada.

Entonces crecemos analfabetas sobre lo bueno y lo malo de nuestras decisiones; ciegos del brazo de otros ciegos. He aquí nuestra serpiente más ponzoñosa, aunque nos vanagloriemos de licenciados, doctores y hasta de algún que otro Premio Nobel.

Es el pecado “positivista” por excelencia. Es la vanagloria más simple y tonta de todas. Es la actitud más inútil que nos consume. Es la bebida más enfermiza que podemos consumir.

Algún analfabeta de la vida moral no faltará que interprete esto último como una declaración de guerra a la educación formal. Nada más lejos de la verdad. Lo entiendo más bien como una declaración de guerra formal al engaño, a cualquier engaño, sobre todo al de la pretensión hipócrita de que situamos por encima de todos los valores el de la búsqueda de la justicia.

Obrar con justicia es la tarea más difícil de todas las encomendadas al hombre. Sin embargo, la estupidez humana, una y otra vez, nos la quiere vender como fácil e instantánea. Porque “dar a cada uno lo suyo” nos resulta un Everest a escalar casi imposible. Pues ¿qué sabemos de lo suyo para cada cual? ¿Qué conocemos de nuestros prójimos, de nosotros mismos, aun de nuestras motivaciones subconscientes para querernos erigir en fiscales y jueces del comportamiento ajeno?

Recuerdo aquí que tanto Hayek como Popper, y hasta el mismo Kelsen, propusieron que el ideal de una sociedad de hombres justos no ha de ser aumentar los casos en que se juzga con justicia sino disminuir aquellos en los que se juzga injustamente. Tan endeble es el sentido común sobre lo justo o lo injusto…

Y ahora pretendemos “oficialmente”, es decir, según lo políticamente correcto, que podemos sin las precauciones del debido proceso judicial que un colombiano, por genial que pudiera ser, o por angelical que lo creamos ver, haga justicia.

Vanidad de vanidades, y todo vanidad” nos advirtió desde hace más de dos milenios el prudente “Qohelet”, “predicador”, acerca de nuestras ilusas pretensiones de siempre y de las que Hollywood y asociados se han hecho la expresión más embustera.

En este Paraíso chapín nos precipitamos como carneros al abismo sin fondo del autoengaño como cuestión inocua.

El verdadero triunfo de Satanás si aceptamos que existe.

En verdad es muy triste, pero mereceríamos estrellarnos por este nuestro analfabetismo holgazán moral y ético.
(Continuará)


 
 
   
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