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Mi Esquina Socrática

Sentido común (parte 13)
Fecha de Publicación: 31/10/2017
Tema: Valores
Los hijos de las tinieblas son más perspicaces que los hijos de la luz (Lucas 16:8)
La historia lamentable de siempre.

Cada vez me pregunto con más impaciencia por qué a los hombres y mujeres de buena voluntad –y he conocidos muchísimos– se les hace tan difícil anticiparse a la mala voluntad de esos hijos de las tinieblas, a quienes Lucas también con no menor corrección los etiquetó como “los hijos de este siglo”. Y la primera respuesta obvia que me salta a la mente es la de que desde un punto de vista psicológico los juicios de valor que todos nos formamos de los demás son ejercicios de proyección, es decir, que lo que juzgamos de otros es inconscientemente aplicaciones a los demás de lo que en substancia somos por nuestra parte cada uno de nosotros. Y así el desconfiado cree que todos somos desconfiados y el honesto supone sin malicia que todos los demás son igual de honestos.

Es eso lo que a mis ojos podría explicar ese fenómeno tan recurrente de embusteros exitosos, como Maquiavelo caracterizara a los Príncipes victoriosos de su tiempo. Porque todo mendaz medra de la ingenuidad de los crédulos, que suelen ser en todas partes mayoría. “Los buenos somos más”, repitió una y otra vez el doctor Alejandro Giammattei durante su campaña electoral, y concuerdo con él. Pero eso precisamente es lo que facilita su trabajo a los pocos “malignos”.

El conocido ardid financiero para estafar a millares de incautos en cualquier “sistema pirámide” descansa enteramente sobre esta premisa. Que es también lo mismo que sucede día tras día en la vida política y económica de casi todos los pueblos durante las campañas electorales respectivas. Recuerdo que aun Fidel Castro fascinó con su elocuencia juvenil a mi madre que por unos meses lo creyó sincero porque le resultaba imposible imaginar que pudiera ser todo mentira. Y que también mis compañeros universitarios alemanes, poco después de terminada la Segunda Guerra Mundial habían sido asímismo por unos pocos años jóvenes entusiastas de la Hitlerjugend, porque se habían tragado íntegra las luces de la única propaganda política que les había sido accesible: la del nacional socialismo, tras su hábil escamoteo de la verdad por Joseph Goebels. Y en mí ya larga vida he visto repetido ad infinitum emboscadas semejantes hacia innumerables hombres y mujeres bien intencionados.

La mentira es la ocurrencia diaria más incisiva entre los humanos, muchas veces hasta en el seno de las familias más honorables, como tan bellamente lo ilustrara François Mauriac en su novela “Nudo de Víboras” de los años treinta del siglo pasado.

Hasta el libro del Génesis la realza simbólicamente en la forma de la serpiente de silbidos melodiosos que cautivaran a la Eva y a su Adán tan desprevenidos.

Ya también mencioné en un artículo anterior que Lenín logró dejarle en herencia una guerra permanente contra su propio pueblo en virtud de un sortilegio diabólico: “la paz a toda costa”.

Y aquí también ahora, un flamante dictador en ciernes, e importado desde Colombia, Iván Velázquez, ha embelesado a muchos ingenuos con una promesa de terminar con la corrupción en el sector público, sobre todo en el Poder Judicial. Pero, me pregunto, ¿cómo puede combatir la corrupción con otra propia mayor aunque de signo contrario?

Y a este propósito, ¿cuál es el saldo final suyo hasta ahora?

La impartición de la justicia nos está resultando más costosa y fraudulenta de lo esperado. El uso de recursos públicos a tal efecto se ha visto reducido a lo más mezquino e inepto. Un posible Estado de Derecho para Guatemala, encima, se nos desvanecido más lejos en el horizonte. Además, esa herramienta de la monopolización de la acusación penal, por mano de Iván Velázquez, está al servicio infames  de justicieros caprichosos. La Constitución y el debido proceso son continuamente pisoteados a base de prácticas como el retardo malicioso de los procesos, el ocultamiento y la manipulación de evidencias en la escena del crimen, declaraciones de testigos protegidos que resultan falsas, detenciones preventivas por años sin haber llegado a sentencia y que cuando las hay, como en el caso de los Valdez Páiz, son absolutorias.

La paz social se ha vuelto aún más quebradiza, por culpa de los grupos de poder paralelos
(CUC, CODECA, FRENA, etc.) a los que supuestamente vino a combatir la CICIG, particularmente en las áreas rurales donde la presencia del Estado es en la práctica NULA.

Por eso la inversión está casi del todo paralizada, con la cauda consiguiente y previsible de un mayor desempleo, o de mano de obra que se desplaza hacia el servicio de los narcotraficantes y que aumenta ese chorro de infelices hombres y mujeres que se exponen a los peligros de la emigración ilegal.

Hasta a veces pienso que algunos guatemaltecos padecen desde hace años de un síndrome pronunciado hacia el suicidio colectivo. O de una debilidad congénita para el masoquismo. De paso el tema se lo remito a Raúl de la Horra…

Pero de veras no puedo entender el que haya habido un solo guatemalteco que asintiera voluntariamente a esa desorbitada catarata de denuncias a troche y moche, y por iniciativa de unos extranjeros bien conocidos: Barack Obama, Hillary Clinton, Arnold Chacón, Todd Robinson, Antonio Guterres, y que los apoyen entusiastas un coro de obnubilados chapines.

Aun me gustaría debatir en persona con cualquiera de ellos que creo medianamente bien intencionados pero poco conocedores del contexto internacional en que vivimos: Ramón Cadena, Helen Mack, Daniel Pascual, Gloria Porras, Mario Taracena, y una legión adicional de inexpertos por voluntad propia, incluidos ciertos empresarios mercantilistas que creen que se las saben todas. ¿Qué rayos esperan alcanzar al largo plazo con tal deserción masiva de sus propias responsabilidades cívicas?
(Continuará)
 
 
   
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