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Mi Esquina Socrática

Sentido Común XI
Fecha de Publicación: 21/10/2017
Tema: Valores

Sin solidaridad previa es imposible hacer justicia


Concluyó el ENADE y al cierre don Felipe Bosch agradeció a la comunidad internacional su apoyo a Guatemala, muy en particular incluida la intervención de la CICIG en el sector justicia guatemalteco.

No comparto en absoluto ese sentimiento, porque a mis ojos implicaría una total ausencia de solidaridad para con los centenares de guatemaltecos injusta y alevosamente heridos por la CICIG en su derecho humano a la honra, a su capacidad de laborar libremente, a su libertad de acción ciudadana, y, para colmo, por medio de un implícito atropello reiterado a la Constitución Política vigente en esta Nación-Estado. Sin incluir, encima, ese agravante oprobioso de total menosprecio explícito a la soberanía nacional guatemalteca por los escurridizos jerarcas de la ONU, que rara vez dan la cara, empezando por su actual Secretario General Antonio Guterres, quien no se ha dignado jamás poner sus pies en la Guatemala que juzgan desde muy lejos.

Esta declaración para mí una transparente falta de solidaridad entre ciertos hombres de éxito para con los menos afortunados es en realidad de muy vieja data.

Solo Cristo, por rarísima excepción, se atrevió a declarar que para el ajuste de cuentas final nuestro Creador se guiará por el criterio único de tratarnos universal y definitivamente en la misma proporción en que hayamos tratado a nuestros prójimos durante nuestra vida terrena. Y así clamará: “Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recibisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí…” (Mateo 25, 34-36).

Algo que se le parezca no ha sido posible hallar en ningún otro texto de la historia. Ni en los atribuidos a Zoroastro, ni a Buda, ni a Confucio, ni a Sócrates, ni a Mahoma, ni al Dalai Lama, ni Al mahatma Gandhi en fechas más recientes…

Aunque la solidaridad más elemental de reír con el que ríe y llorar con el que llora sí puede identificársele en cualquier tradición escrita, pero no hacia otras que las contradigan de lejos.

Esa solidaridad a la que llamó Cristo nos resulta un caso único en la historia universal.

Por cierto, los revolucionarios “ilustrados” franceses la declararon en el siglo XVIII “fraternidad”. Y aun la Internacional Comunista también le cantó al ritmo de una muy bella melodía en su himno oficial: “Agrupémonos todos, en la lucha final. El género humano es la Internacional”.

Y hasta también entre los así llamados “tycoons” de la Revolución Industrial tan capitalista ha aflorado a veces ese encanto de la solidaridad humana por parte del opulento hacia el menesteroso: Andrew Carnegie, por ejemplo, se deshizo hacia el final de su vida de su muy considerable fortuna que trasladó casi íntegra a la Fundación que lleva su nombre y que ha sido benéfica como ninguna otra para el entero género humano en los temas de su máximo interés: los de la salud de todos, tanto física como mental.

Es más, hoy se ha vuelto casi costumbre la competencia entre magnates al estilo de Bill Gates, Warren Buffett o Carlos Slim para ver quién se lleva esa palma hoy tan honorable de la máxima generosidad para con los que sufren, como mínimo de cara a los medios masivos de comunicación contemporáneos.

Pero el seguir a la letra a Cristo en esta su invitación a la máxima solidaridad con nuestros hermanos solo ha estado reservada en los hechos para los gigantes del espíritu reconocidos oficialmente en cuanto tales por la Iglesia en la historia de las canonizaciones: un San Francisco de Asís, o un San Pedro Claver, o una Madre Teresa de Calcuta…

También la familia Bosch Gutiérrez ha sido y es benemérita de muchas iniciativas eficaces en pro del bienestar ajeno, en especial entre ellos doña Isabel Gutiérrez de Bosch. Aunque su aporte principal al progreso y a la felicidad de los guatemaltecos ha sido identificado en cuanto la generación masiva de empleos bien retribuidos en favor de la clase trabajadora.

Y, sin embargo, en el área de sus opiniones político-sociales he diferido con las de ellos con cierta frecuencia. Por ejemplo, aquellos Acuerdos de Paz suscritos por el gobierno de Álvaro Arzú en 1996 con los jefes de la insurgencia guerrillera, que habían matado millares de soldados leales a su patria y herido a bastantes más. Con esa familia Bosch-Gutiérrez estuvo de acuerdo casi el entero “Establishment” guatemalteco, salvo algunos hipercríticos pero muy experimentados como Roberto Carpio o Mario Castejón, o mi persona. O hacia ocurrencias de otras latitudes, como en el caso de las recientes elecciones en los Estados Unidos, cuando Juan Luis Bosch le apostó a Hillary Clinton y yo por mi parte a Donald Trump. Diferencia de opinión honesta que derivan de escalas de valores sociales muy distintos entre nosotros.

La justicia siempre la he entendido como la aplicación por igual de preceptos ético-legales a los actos de nuestra conducta adulta y deliberada, con total independencia de circunstancias que puedan ser ventajosas para nosotros mismos o para los miembros de un clan, o de una clase social determinada.

Precisamente es eso lo que me hace condenar tan vehementemente lo actuado por Iván Velázquez: Porque ha infringido abierta y descaradamente en múltiples casos la presunción constitucional de inocencia de todo inculpado. Ha violado asimismo las más de las veces el debido proceso legal, y extorsiona por doquier a su capricho. Ha dividido hondamente la sociedad guatemalteca y ha hecho de la persecución penal una herramienta digna de los peores tiempos de la barbarie. Ha resultado de hecho un corrupto disfrazado de antagonista de la corrupción, la más eficaz de las mentiras.

Se cree todopoderoso aquí como nunca lo pudo lograr en su país de origen. Está forrado de toda clase de inmunidades que nadie más tiene y, no de olvidar tampoco, de una riqueza producto de los contribuyentes y sobre la que aquí no paga impuesto directo alguno. Negocio perfecto.

En último análisis, se ha revelado como un charlatán muy habilidoso que sabe engañar a quienes de antemano quieren ser engañados. Es en su conducta persona non grata hasta en su propio país de nacimiento.

Se ha mostrado un maestro consumado en la fabricación de pruebas y de testimonios falsos, como lo acaba de confirmar nada menos que la Corte Federal de Suiza en el caso de Erwin Sperisen, y sobre lo cual ha guardado un absoluto silencio hipócrita.

Yo diría que el perfil que más se le asemeja, aunque sin tanta sangre, es la de su coterráneo de Medellín, Pablo Escobar Gaviria. Pues ya se ha equiparado al encono inhumano de Tomás de Torquemada, a la soberbia asesina de Maximiliano Robespierre, al resentimiento de un fracasado, Marat, y a la tenebrosa suspicacia de José Stalin. El hecho de que hasta ahora no los haya copiado a la letra no se debe a la ausencia de esas actitudes sino a la absoluta ausencia de medios para lograrlo.

Y haberlo englobado don Felipe Bosch entre las “gracias” anónimas de la ONU para con todos los que aquí vivimos lo considero un paso en falso.

Por eso, don Felipe, tampoco esta vez estoy de acuerdo con su ingenuidad.
 
 
   
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