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A vuelo de pájaro

Del océano al cielo
Fecha de Publicación: 17/10/2017
Tema: Historia
En mi exigua lista de héroes, el oceanógrafo Jacques Cousteau siempre ocupó el primer lugar. Cuando a la edad de setenta y ocho años inició su famosa expedición al Amazonas –al frente de un equipo formidable y con un presupuesto millonario bajo su responsabilidad – mi admiración por él creció aún más.

“Mi padre es un hombre complejo”, afirmó alguna vez su hijo Jean Michel. Un soñador, un visionario, agrego yo, cuya delgada figura tocadas con su eterna gorra roja de marino llegó a ser tan familia a millones de hombres y mujeres, que seguían absortos sus aventuras en los mares los ríos y los lagos, a través de la televisión.

Así, admirado por el mundo entero, el legendario Comandante Cousteau murió a los ochenta y siete años dejando un legado invaluable a la humanidad. A lo largo de su fructífera vida luchó sin tregua por sus propias convicciones. La defensa de la naturaleza fue una de ellas. Condenó con firmeza las pruebas nucleares, denunció la polución, la explosión demográfica, la destrucción de la capa de ozono, la deforestación, y cuánto daño ha hecho el ser humano al planeta.

Este francés nacido en 1910 cerca de Bordeaux, que fue marino, escritor, inventor, cineasta laureado, inventó en la década de los treintas –junto con el ingeniero Emile Gagnan – el “acqualung”. A partir de ese famoso invento, el hombre pudo moverse con libertad bajo el agua y comenzar a explorar a sus anchas los mares. El “acqualung” también le proporcionó a Cousteau la solvencia económica que disfrutaría por el resto de sus días.

Empeñado en conocer el secreto de los mares, dedicó su vida entera a esta tarea y produjo más de cien películas; entre ellas, el documental “El mundo silencioso” (The Silent World) que realizó en conjunto con el director francés Louis Malle, y con el cual obtuvo en 1956 la Palma de Oro del festival de cine de Cannes, y al año siguiente, el codiciado Oscar.

Poco después de ingresar a la escuela de aviación de la Academia Naval Francesa, en 1930, tuvo un accidente automovilístico en el cual se quebró ambos brazos y algunas costillas. Ese accidente daría al traste con sus sueños de ser piloto y lo empujaría al mar, donde empezó a nadar para fortalecerse. Acerca de esa experiencia, escribiría más tarde: Algunas veces somos lo suficientemente afortunados para saber que nuestras vidas han cambiado, y con ello podemos descartar la antigua vida, abrazar la nueva y correr hacia un punto inmutable. Esto fue lo que me pasó aquel día de verano cuando mis ojos se abrieron al mar.


De ahí en adelante, su pasión por el mar no lo abandonaría jamás. Gracias a la generosidad del mecenas Loël Guinnes, en 1950 el Comandante Cousteau logró obtener la nave que lo llevaría durante 46 años a surcar todos los mares: el mítico Calypso.

Este barco era un antiguo barreminas de 45 metros de longitud y casco de madera, que el Capitán Planeta convertiría en un moderno laboratorio oceanográfico, equipado con aparatos que le permitirían realizar filmaciones y fotografía submarina, así como transportar misiones científicas. Al referirse a la camaradería que reinaba en el Calypso, el Comandante Alinat dice: La vida en el barco está animada por un espíritu particular. Solo hay una cámara; científicos y gavieros comen en la misma mesa. Todo lo que se hace a bordo interesa a todos. El cocinero habla de oceanografía y el biólogo pela patatas. Esto estrecha los vínculos del equipo y le confiere una acometividad extraordinaria.

Por ese tiempo Cousteau y su equipo emprenden expediciones cada vez más complejas: el Mar Rojo, el Océano Indico, el Atlántico, las Islas Galápagos, la Antártida… Pero finalmente en 1966, el Calypso, fondeado en Singapur a la espera de zarpar en una expedición a China, es embestido por una barcaza y se hunde. Fue, sin duda alguna, una tragedia perder este pequeño barco que “transportaba la pasión”, y que había afrontado tantas tempestades, averías y buenos y malos tiempos en el cumplimiento de sus tareas. Albert Falco, uno de los veteranos marinos del barco, refiriéndose a él, afirmó: El Calypso desempeñó su papel de buque oceanográfico; pero su papel de símbolo de la toma de conciencia del público con respecto a las amenazas que se ciernen sobre nuestro planeta es hoy mucho más importante. Otro barco vendría a reemplazarlo. Más moderno y con todo tipo de innovaciones, pero el Calypso inicial seguirá unido al nombre de Cousteau por siempre.

En los días siguientes a su muerte, una joven guatemalteca que creció también adorando a Cousteau, se encontró en la estación del metro en París, un afiche que decía “Del Océano al Cielo”. Era uno de los últimos tributos que Francia le rendía al comandante Jacques Yves Cousteau, uno de sus hijos más amados.

Hace veinte años, en 1997, falleció Jacques Yves Cousteau en París. Como un tributo a su memoria reproduzco el artículo que escribí un mes más tarde, publicado por Siglo 21.
 
 
   
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