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Mi Esquina Socrática

Es una cuestión de principios éticos, Iván
Fecha de Publicación: 13/09/2017
Tema: Justicia
Sentido Común (parte 8)
Permítaseme abundar algo más en aquella distinción que hice hace dos semanas entre hombres y mujeres selectos por un lado, y hombres y mujeres simplemente masa por el otro, al que diera inicio aquel formidable ensayo de casi un siglo atrás de José Ortega y Gasset.

El hombre (o la mujer) selecto suele ser una persona de principios, es decir, de criterios de conducta personal inmutables y, por lo tanto, al largo plazo.

Todo hombre-masa, por el contrario, se mueve por intereses de índole predominantemente económicos o políticos y, por lo tanto, al muy corto plazo. Nada significa, a este respecto, que se trate de un aristócrata o un plebeyo, de un universitario o de un analfabeta, de un millonario o de un pordiosero, de un famoso o de un anónimo, de un influente o de un insignificante. En cualquiera de estas realidades, al final, siempre será masa.

El hombre o la mujer selectos, en cambio, no prestan atención al qué dirán, ni a posibles ventajas al corto plazo, sino solo a los dictados de su conciencia. Por lo tanto, no resulta corruptible, y siempre estará dispuesto hasta pagar hasta con la vida por su testimonio.

El hombre-masa siempre tiene precio consciente o inconscientemente y es con facilidad manejable por cualquiera que pueda hacer visible su cola machucada.

Recuerdo que un sociólogo norteamericano insistía hacia los años cincuenta del siglo pasado en que los hombres y mujeres excepcionales no suelen exceder un dos por ciento de la población total. El hombre-masa, en cambio, suele estar dispuesto a sumarse a cualquiera mayoría, como “Vicente, que siempre va a donde va la gente”…

En estos perfiles, usted, Iván Velázquez, encaja a la perfección, al menos desde el momento de su arribo a Guatemala uno de tantos funcionarios-masa blindado de privilegios exorbitantes.

Siempre lo he visto en extremo ansioso de la aprobación pública, sobre todo de parte de quienes destacan como los más influyentes en la burocracia internacional de la ONU o del Departamento de Estado norteamericano, de quienes en último análisis depende su bien remunerado cargo. Por eso, la vida, la libertad o el honor de otras personas que tengan la mala suerte de cruzársele en su camino le tienen sin cuidado. Otro tanto se diga de la Constitución o de las leyes ordinarias guatemaltecas que por su nacimiento y trayectoria internacional le son obviamente ajenas.

Por ello, lo más necesario para usted al corto plazo le resulta siempre el aplauso que reciba de cualquiera cancillería del extranjero, pobladas habitualmente por hombres y mujeres simplemente no menos masa que usted, según la proporción en que aportan donativos para la supervivencia de la tan costosa CICIG, donativos, por supuesto, previamente extraídos a la fuerza de los bolsillos de sus respectivos contribuyentes.

Y, también, le resulta muy beneficioso incorporar adicionalmente a su curriculum vitae los ecos de los aplausos de tantos parásitos electoreros de aquí o… de California.

Es esta la verdad monda y lironda, sin maquillajes diplomáticos, y que no tendría yo interés alguno en hacerla pública si usted, a su vez, no hubiera alardeado tanto de sus exitosas picardías de estos últimos cuatro años en Guatemala.

Todo lo cual atribuyo a su inseguridad personal muy íntima por saberse en secreto violador de los preceptos de su propia consciencia, fortaleza que jamás podrán transmitirle los halagos interesados de ciertos medios de comunicación por masivos que sean. Típico de cualquier funcionario sin escrúpulos, sea en Guatemala, en Cuba, en Venezuela, o en su nativa Colombia…

Acabo de ver la entrevista que le hizo un reporterono menos masa del canal panameño “CB24 Canal”, que se da tantas ínfulas de ser la voz de Centroamérica. En su decurso, a una distraída pregunta del reportero acerca de cómo evalúa la crisis venezolana, usted se le escabulló con una palabrería insulsa con la que no dijo absolutamente nada. Hombre-masa, eso sí,escurridizo, lo que tanto le ha servido para escalar posiciones en la con frecuencia no menos mediocre burocracia internacional.

Así no se vale, Iván, cuando está en juego la soberanía de todo un pueblo y aun la libertad y honra de uno solo de sus hijos.

Creo, encima, por mi parte, llevarle algo más de una veintena de años de experiencia humana, también más ecuménica o universal que la suya. Por eso supongo que me ha sido relativamente fácil penetrar desde casi un principio el velo de sus trampas en cuanto aprendiz de dictador en tierra que no es la suya.

No le deseo mal, por otra parte, pero tampoco éxitos del mismo calibre moral de los ya por usted acumulados.

Cuento con las premisas adicionales, y para mí tajantes, de que “el gobierno más cercano al pueblo es el mejor”, y de que la escala de valores éticos o morales ha de regir siempre como la suprema entre todas.

La presente crisis política e institucional de Guatemala a partir de mediados de abril del 2015 pudiera parecer una más entre otras del pasado. Sin embargo, a ésta la encuentro muy esperanzadora porque nos ha obligado una vez más al incómodo esfuerzo de reflexionar sobre nuestras conductas personales o colectivas, según aquel dicho de Blaise Pascal: “el esfuerzo mental por aclararse las ideas es el fundamento de toda vida moral”.

Esta vez con la ventaja añadida de haber sido precipitada por la habitualmente silenciosa “clase media”, que evidencia cada vez ser de mayor peso en esta sociedad.

No se la apropie por favor.

Ahora bien, ¿qué le significa a Ud. el principio ético de que “el fin jamás justifica los medios para lograrlo”?

Por ejemplo, Ud. escogió mantener la condición de “querellante adhesivo” en cuanto Comisionado de la CICIG a la tan burda confabulación urdida desde aquí por Claudia Paz y Paz y su predecesor, Francisco Dall’Anese, en contra de Erwin Sperisen, ex jefe de la policía nacional guatemalteca, y en ese cantón que a todos aquí nos resulta muy remoto de Ginebra, Suiza, con base a testigos falsos y circunstancias prefabricadas, para lograr robarle con una prisión solitaria cinco años de su vida adulta. Y todo esto lo acaba de confirmar públicamente la Corte Federal de Suiza, que en consecuencia ha ordenado la repetición de ese espurio proceso judicial. Pero el estruendo de esa decisión de la Corte Federal Suiza usted, el hábil mago de siempre, lo ha sabido hacer inaudible en Guatemala con su tan ruidosa promoción del caso Sinibaldi.

Usted ha retenido en prisión, ¡ya por más de tres años!,al coronel Juan Chiroy, con abierto menosprecio del principio de la presunción constitucional de su inocencia. Y de la misma manera, contra el coronel Francisco Gordillo, persona integérrima de mi personal conocimiento, de idéntica manera. ¿Tanto pesan en su ánimo sus simpatías por la izquierda guerrillera de su nativa Colombia, y de sus concomitantes prejuicios contra sus victoriosos compatriotas militares, que, tanto allá como aquí, lograron preservar a costa de su propia sangre los elementales derechos humanos de todos?

¿Y ahora hasta pretende equipararse, en suelo guatemalteco, al Presidente de Guatemala, electo por el 68.5% de sus conciudadanos?

¿Se ha vuelto loco?

Y en próximas entregas, también le plantearé los casos de los ya libres hermanos Valdés Paiz, sin que hubieran sido jamás sometidos a juicio. O el caso de una honorable juez, Marta Sierra, y de otros muchos más, para que se prepare, favor que Ud. jamás ha hecho a nadie.
(Continuará)

 

 
 
   
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