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Teorema

Un adiós sin ceremonia
Fecha de Publicación: 06/09/2017
Tema: Piel adentro


Ginebra  es una ciudad esplendorosa, principalmente durante los días de verano. Sus habitantes la consideran el corazón de Suiza, dicen que vivir aquí es una experiencia maravillosa. Pero hay excepciones. Yo llevo cinco años aquí, sin disfrutar un solo día de sol. No puedo siquiera deleitarme con el color de las flores que adornan sus jardines o lo azul de su cielo. Me limito a recordar el cielo único de mi Guatemala.

Hoy me siento más acongojado que lo normal. Dentro de poco, mi abuelita a quien llamo mama, vendrá a visitarme. Mil pensamientos causan mi tormento. ¿Cómo despedirme de ella sin saber cuándo la volveré a ver? ¿La volveré a ver?

Tanto cuando llegue como al irse, los policías la registrarán meticulosamente. Harán caso omiso de su edad y condición de mujer. Ya ha venido antes, ya ha sufrido la sensación de ser tratada como criminal peligroso.

Esta vez, sin embargo, aquel infamante trámite para verlo solo una hora en el  penal, no le importó tanto. Fueron las palabras de su nieto las que le dolieron muy dentro.  Cuando al despedirse ella le dijo “adiós mi muchachito”, él respondió: Lo último que hubiera querido en mi vida era causarle el dolor de venir a verme en este lugar. Siempre hice lo correcto para que se sintiera orgullosa de mí y, mire donde estoy

Cuando ella salió se sintía desfallecer. Había logrado contener las lágrimas frente a él, pero no podía más, el dolor terminó con su fortaleza. Buscó donde sentarse. Necesitaba estar a solas y pidió a su hija que fuera a traer el carro, que se adelantara, que tardara en regresar. Ella, que la conocía muy bien, comprendió que necesitaba estar sola y obedeció. Afortunadamente, la única banca al lado del portón estaba vacía. Al sentarse, cerró sus húmedos ojos y juntó sus manos con fuerza.




 
Su nieto estaba injustamente encerrado, de por vida, en la ginebrina prisión de Champ-Dollon. Su alma había quedado destrozada después de aquel adiós. Tenía casi 95 años y por delante había todo un océano que atravesar para regresar a Guatemala. Había salido cerca de un año atrás, poco después de perder a su esposo. Sabía que no volvería a ver a su amado compañero de vida ¿Acaso tampoco vería nuevamente a su nieto? ¿Se trataba de un último adiós?

Allí, viendo hacia el piso pensaba en el espantoso futuro que le esperaba. Jugueteaba con la correa de su bolso, absorta en sus recuerdos. Acariciaba la mágica relación que siempre existió entre ella y Erwin. Cuando era niño y la mamá lo llevaba a visitarla, él invariablemente quería quedarse más tiempo con ella. Esa demostración de amor, era lo mejor que podía sucederle como abuela. Lo recordó aquella vez llorando después de haberse caído en el patio trasero ¡Fue tan dulce contemplarlo y decirle: ¡Sana, sana, culito de rana! Erwin se le quedó viendo, incrédulo, con esa hermosa sonrisa suya y soltó una carcajada sonora.

Habían pasado muchos años desde entonces. Aquel niño de espíritu alegre y generoso, se había convertido en todo un hombre. Un hombre grandote que conservaba su alma de niño; era fácil cierta pureza en su mirada. Esa expresión que ahora el encierro había conseguido opacar.

Antes de dejarlo él le había dicho: Le prometo  que un día volveré a Guatemala. Me indigna pensar todo lo que hay por hacer en mi país, mientras yo estoy aquí, lejos, encerrado, aislado y con este enorme deseo de ayudar.

En Guatemala hay gente maravillosa y sumamente capaz──dijo── pero no se quieren meter porque ven casos como el mío y no se animan. Esperan que alguien más lo haga, que sea otro quien se arriesgue. Desean que haya orden, seguridad y respeto por la ley. Yo estuve dispuesto a enfrentarlo y por eso estoy aquí, pensando cada día, cada hora, cada minuto de este largo encierro, que si tuviera la oportunidad, posiblemente me volvería a involucrar.

La abuelita sacó su pañuelo ya humedecido, se limpió los ojos y, con dificultad, se incorporó. Empezó a caminar despacito; no quería que la vieran así. Recordó cuando pasaba sus dedos entre el rojizo cabello de su nieto y el placer que siempre le causó hacerlo. Él, comodón como era, se dejaba hacer y ella lo disfrutaba al tiempo que le decía frases cariñosas ¡Cuánto daría ahora por quedarse a su lado! Cuánto querría abrazarlo y decirle que todo estará bien, que ahí estaba ella, con todo su amor, para ayudarlo a ser feliz.

Pero se sentía incapaz de cambiar el porvenir de su nieto; se vio  envejecida, cansada, impotente… aun así, pensó en todo aquello por lo que debía sentirse agradecida. Se alejaba, quizá por última vez, del lugar donde dejaba a su amado nieto pero dio gracias al cielo, por seguir teniendo la esperanza de que por esa puerta, un día Erwin saldría libre y correría nuevamente a sus brazos.

Cuando el automóvil se alejó de la prisión, condujo su mirada hacia esas paredes oscuras que impedían que su nieto amado fuera feliz. Con un murmullo apagado que nadie alcanzó a escuchar solo musitó: adiós mijo.

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