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Mi Esquina Socrática

Sentido común (Parte 7)
Fecha de Publicación: 26/08/2017
Tema: Construir el Estado
 El arte de engañar a los hombres-masa
José Ortega y Gasset acuñó el término “hombre-masa” hacia finales de la década de los veinte del siglo pasado. Fue un éxito editorial instantáneo, y nos llegó a las generaciones posteriores como la más penetrante interpretación del significado del ascenso de las masas al poder estatal, acaecido hacía ya poco más de un siglo gracias a la previa Revolución Industrial.

Pero para aquel entonces también ya le había servido de precedente literario la obra de Gustave Le Bon “La psicología de las masas” (1895). Y aún de más lejos, la del célebre historiador del Renacimiento italiano Jacob Burckhardt, “El Estado como obra arte” (1860).  

Encima, la mentira pura y simple en cuanto herramienta política usual hacía tiempo que había sido observada al detalle por el genio pionero de Nicolás Maquiavelo en su también no menos famoso perfil histórico de “El Príncipe” (1513).

De manera que para su tiempo Ortega tenía a su alcance todo un arsenal de sugerencias para analizar ese fenómeno universal por el que todos, tantas veces, hemos sido afectados: el “lleno” del espacio público por muchedumbres de escaso criterio en vez de comprobadas personalidades insignes.   

Ese ascenso de las masas al poder históricamente corrió paralelo a la invención del cinematógrafo, ese otro “opio de las masas” desde la perspectiva de muchos, sobre todo en su versión hollywoodesca, tal cual lo supo interpretar Charles Chaplin en su celebérrima caricatura de los “Modern Times” en 1936.  

Y, sin embargo, la producción de la mentira a escala industrial (y de su correspondiente prototipo de la mediocridad de a quienes se dirige), no estaba reservada solo a los genios del análisis histórico, ni tampoco del psicoanálisis freudiano contemporáneo, sino para un mago de la práctica de la manipulación aviesa de esas masas mediante los nuevos avances tecnológicos de su tiempo, la radio y el cine: el doctor Joseph Goebbels, el genial y artero Ministro de Propaganda de Adolfo Hitler.

Este manipulador tan perverso como efectivo se ha constituido por hoy en el epígono de la eficiencia del manejo del engaño a escala satánica. Él supo hacer de esos nuevos avances en la comunicación masiva, puntos de arranque muy eficaces para la manipulación de las masas con pseudo verdades proferidas por los todopoderosos dueños del Estado, en su caso un único: el “Fürer”. Así se estrenó en nuestros tiempos el efectivo lavado de cerebro de todo un pueblo tan tecnológico, probablemente el más culto de Europa. O el de otro aún más totalitario, el de Joseph Stalin.

Desde entonces nos han llovido cataratas de pensamientos “correctos” monopólicos: los de Mao, Pol Pot, Perón, Fidel Castro, y hasta el de ese tan mediocre, de Nicolás Maduro por estos días.       

¿Cómo se les hizo posible?

Aquí entra la perspectiva analítica de tal fenómeno que así mismo le resultaba contemporánea a Ortega, y que yo me atrevo a catalogar como el arte de la seducción embustera de las masas, o sea, de todos aquellos que anticipadamente ya se habían habituado por demás a engañarse a sí mismos porque se creían más de lo que en realidad eran. El típico señorito satisfecho, aunque vestido de harapos, producto último del narcicismo que a todos tienta, y que previamente ya ha sido condicionado por la propaganda comercial masiva de todo tipo.   

Pero mientras tanto, las realidades del sistema de tales poderosos se correspondían con la aguda observación de Winston Churchill: “…un acertijo envuelto en un misterio dentro de un enigma”.

Por supuesto, todo esto es prehistoria para nuestros jóvenes hijos de la “revolución digital”.  

En Guatemala tampoco hemos escapado a tanto fraude publicitario.

La CICIG podríamos escogerla como un prototipo más de lo mismo. Se concentra hábilmente en los casos de alto impacto mediático, por ejemplo los de la “Línea” o de Sinibaldi, para desviar nuestra atención de sus otros muy numerosos e injustos arrebatos silenciados, por ejemplo, esos muy arbitrarios contra altos oficiales del ejército guatemalteco o personalidades del sector privado cautivos durante años sin haber sido previamente vencidos en juicio ante juez competente. Solo así me puedo explicar esa pasividad de muchos ante esa enormidad de que extranjeros españoles, costarricenses o colombianos, temporalmente en el país, hayan violado reiterada y sistemáticamente la presunción constitucional de inocencia de todo aquel sujeto en este territorio a una denuncia penal. Otros tantos Goebbels, si se quiere, a la chapina, con acento, eso sí, nada chapín.         

Pero la máxima responsabilidad por ese tan denigrante juego de vasallaje mental hacia el extranjero recae en el Presidente de la República, que por fin parece haber empezado a caer en la cuenta de sus verdaderas obligaciones. También en aquellos diputados al Congreso que se han plegado tan servilmente a aprobar esas distorsionadoras propuestas de “reformas” a la Constitución. No menos los magistrados, jueces y fiscales, tan sumisos a los apremios de un embajador de una potencia vecina, bajo el hipócrita manejo del más reptilíneo de sus mandatarios: Barack Obama.   

Tampoco excluidos, por supuesto, los votantes que se muestran conformes a ese estilo tan aplanador de los “hombres-masa” aunque sean millonarios o líderes de momento muy populares. Es decir, esos que se dejan engañar porque se les ha vuelto una cómoda costumbre, e incapaces de aprender de las lecciones del pasado, cuanto menos de las de los demás pueblos que les son enteramente ajenos.    

El antídoto lo podrían constituir los medios masivos de comunicación. De ahí que sin libertad de expresión nunca será posible una genuina democracia. Y yo coopero por el momento con el que creo el más libre y audaz de Guatemala: este periódico.

Pero con otra corrección: ahora debo incluir las muy novedosas “redes sociales”, muy poco profesionales eso sí, pero que transparentan hechos y acciones que de otra manera nos serían completamente inaccesibles.

A este respecto, conviene llamar la atención sobre esas otras figuras financieras en las sombras, pero de enorme peso internacional, siempre bajo el acicate del poder mundial, como, por ejemplo, George Soros.

Y así, no menos nos es urgente tener al alcance de la mano cualquiera información de desvíos monetarios de las sociedades nórdicas hacia las nuestras del Tercer Mundo. La versión sofisticada del colonialismo primitivo de ayer.

Pero al interno de Guatemala, ¿quién nos informa al detalle de esos “resarcimientos” en la sombra a supuestas víctimas de la contrainsurgencia? Al “hombre-masa”, tampoco le interesa…   

Como lo comentara una vez sarcásticamente Thomas Jefferson: “Entre un gobierno sin prensa y una prensa sin gobierno, prefiero esta última”.

Lo que me recuerda a su turno la tan citada advertencia de Jorge Santayana: “Quienes no aprenden de los errores del pasado están condenados a repetirlos”.

Una vez más, “food for thought”.


 
 
   
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