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Teorema

Adentro de la piel de Sperisen
Fecha de Publicación: 19/08/2017
Tema: Piel adentro
 
En los siguientes cinco minutos usted podrá compartir la perspectiva de Erwin Sperisen, encerrado los últimos cinco años en una prisión suiza. Durante dos años y medio, Sperisen formó parte del Gobierno de Berger (junio 2004-2008) como Jefe de la Policía Nacional. El Gobierno, por medio del Ministerio de Gobernación tomó control del sistema penitenciario. Tuvo éxito pero siete prisioneros fallecieron. La CICIG y el Ministerio Público (Dall’Anesse y Claudia Paz y Paz) responsabilizaron a Figueroa, Giammattei, Sperisen y Vielmann por esas muertes. Tres han sido absueltos en tres países y con tres tribunales distintos. Sperisen permanece en prisión, víctima de un joven fiscal general que posiblemente aspira a notoriedad internacional sin reparar en daños. En el siguiente texto, trato de describir la forma como pienso que él podría estar viendo la vida. Me disculpo por hacerlo en primera persona, como si hablara en nombre del prisionero en Ginebra.
 
Aquí, los meses de invierno son los más duros, el clima gélido logra penetrar hasta los huesos. Más por la inactividad que por otra causa, el frío se vuelve aún más intenso. En algunos lugares de mi Guatemala hay temperaturas bajo cero, pero tardan poco. Aquí en cambio, la mayor parte del tiempo es frio y húmedo. Especialmente cuando se instala durante varios meses una nube gris, densa, que vuelve todo más deprimente. En esos meses, un sol débil alumbra, sin calentar, un par de horas cada día.

Cinco años, cinco inviernos. Durante casi dos mil días mi cuerpo ha resistido diario padecimiento casi sin gota de sol. He tenido muchas horas para pensar, para recordar, para extrañar… para sufrir. Acabo de recibir una cortísima visita de Ana, mi esposa —solo una hora. Se ha ido dejando conmigo su sonrisa triste. Tengo permitido besarla pero hay un mostrador entre los dos y a mi lado permanece sentado, durante toda esa preciada hora, un guardia que nos cohíbe de toda expresión. Guardo el olor de su perfume, el calor de su aliento.

Cada vez, cuando ella, mis hijos o mis padres se van, mi sensación de soledad y desamparo se agigantan. Me acurruco en mi celda y de cuclillas, abrazado con mis propios brazos, siento como si estuviera dentro de la cáscara de un huevo, donde solo hay silencio; aislamiento infinito. Me duele tanto la separación que a veces pienso que sería mejor que ya no vinieran. Antes, como todos, mis semanas empezaban lunes para terminar domingo; ahora las cuento a partir del día de su próximo acompañamiento. Vivo de visita en visita y no de domingo en domingo. Cuando me quedo solo empiezo a esperar, con ansiedad, el día que los volveré a ver. Tengo contacto con ellos 52 horas por año. ¡Sólo 52 horas!, menos que un fin de semana.

El Tribunal Federal Suizo ha sido flojo y muy diplomático o políticamente correcto al no querer entrar a discutir el tema que involucra la actuación de la CICIG o de la ONG TRIAL. Si tengo un juicio justo obtendré mi libertad de inmediato. Aunque mi esposa siente temor, yo hablo con ellos de regresar a Guatemala, a su clima maravilloso, a su gente cálida, a sus paisajes y sus muchas dificultades sin resolver.

Tengo dudas sobre cómo seré al salir de aquí, cuando vuelva a tener contacto con la gente. Antes ya era callado, tímido, retraído... Ahora, después de cinco años recibiendo un trato reservado para los criminales de guerra, los más malvados entre los perversos, lo peor de lo peor, me pregunto ¿Cómo habrá quedado mi alma, herida por todas partes? ¿Qué tanto habré cambiado? ¿Entenderá Dall"Anese y Paz y Paz que, al encerrarme, siendo inocente, robaron mi futuro?

Al condenarme a cadena perpetua en este aislamiento miserable, perdí los sueños, las esperanzas, las aspiraciones. He dejado de sentirme abrazado a la vida. Si no he fallecido, es porque la vida ha estado abrazada a mí, protegiéndome. Mi pesadilla dominante ha sido vivir aquí el resto de mis días. A pesar de lo acontecido estos años, sigo creyendo en la justicia de los hombres. Las de Guatemala, Austria y España testimonian su existencia. Aquí, para mí, la idea de la justicia es una luz débil, como la de un fósforo encendido al medio día bajo el sol. Pero es una luz que no se apaga y me ha permitido conservar la esperanza de un día, volver a quemarme los pies sobre la arena negra de una playa del Pacífico. Además, soy religioso, creo en Dios y tengo la creencia firme de que Él, por un gran motivo, ha permitido todo esto.

Durante el juicio, viéndome a los ojos, pero sin verme de verdad, Bertossa dijo que yo había disparado contra un hombre arrodillado frente a mí, aseguró que lo había hecho de manera despiadada, haciéndolo morir. No me permitían responder. No podía decir que no soy, que nunca habría sido capaz de así. Que jamás he disparado contra nadie. Aún hoy, después de tanto vejamen, de tanta injusticia, no siento rabia ni deseo de venganza. No sé si podré perdonar a quienes arruinaron mi vida, pero tampoco tengo un impulso violento contra ellos. Lo que me inunda es la tristeza, por mi situación, por mis hijos y mi esposa, por mi familia y por mi país.

Cuando en 2004 recibí el uniforme de Jefe de la Policía, lo tomé con mucho respeto. Me dije que no iba a utilizar el distintivo ─la Gorra de Guarnición de Jefe─ sin haberla ganado antes. Pasé todo un año sin atreverme a ponerla sobre mi cabeza. Cuando finalmente lo hice fue en un acto público. Me sentía incómodo conmigo. Contrario a lo que me decían, no estaba seguro de merecerla.

En esas fechas se gestó el Plan Pavo Real. Uno de los muchos problemas que Guatemala no ha resuelto son sus cárceles. Según Giammattei, nuestras prisiones son como bodegas donde se mete a las personas condenadas a prisión. Una vez están dentro, las autoridades sólo se encargan de evitar fugas, de nada más. Lo que suceda adentro es responsabilidad de los reclusos. En el interior de la cárcel no hay Estado, priva la ley del más sanguinario, fuerte, adinerado, hábil... Él establece las reglas y los demás las obedecen. Quien lo desafía, o se convierte en nuevo dictador o muere. En el penal no existen derechos humanos. Lo que manda es la ley de la selva, convertida en ley de la cárcel.

Pavón era territorio del crimen organizado, el principal centro de extorsiones del país. Se le decía prisión, pero eso era tan falso como llamarle Granja Modelo de Rehabilitación. Cuando me hablaron de una operación para poner orden en Pavón, entendí que se trataba de una misión muy peligrosa. Que podía morir gente. Me tranquilizó saber que los planes contemplaban la participación de los ministros de la Defensa y de Gobernación, así como del director de Presidios y del Jefe de la Policía (yo).

Fue un operativo de grandes dimensiones, algo nunca visto en el país. Participaron 100 miembros del grupo élite del sistema penitenciario; 1,200 elementos del Ejército; 1,700 agentes de la PNC; fiscales y fiscales auxiliares del Ministerio Público. Hubo helicópteros y tanquetas del Ejército. Todos ellos distribuidos en siete comandos. También contamos con la prensa radiada, escrita y televisada. El cuerpo diplomático se reunió en Casa Presidencial para dar seguimiento al plan, resguardando la seguridad de los embajadores. También, en la última línea estuvo el Procurador de los Derechos Humanos y la representación de COPREDEH. Se siguieron todas las normas imaginables en la Guatemala de entonces (2006).

Por primera vez en muchos años, el Estado asumió el control de una de sus prisiones, la más importante. Aunque suene increíble, no se tenía un registro confiable de prisioneros; los conteos eran realizados por los mismos reclusos. El último conteo físico realizado por las autoridades, venía del siglo anterior. El éxito del Plan Pavo Real facilitó hacer requisas profundas de celulares drogas, alcohol, vehículos robados, y armas en Pavón y en el resto de penales. Se suprimieron privilegios y se levantó un registro nacional de la población recluida. La PNC apoyó a la guardia del sistema penitenciario para desarrollar esas tareas en la Granja Penal Canadá, en Escuintla, en Cantel... Participé personalmente en el operativo de esas y otras cárceles. Controlado Pavón, no recibimos mayor resistencia en los demás penales. Fue hasta entonces cuando sentí que había ganado el derecho de usar la Gorra de Guarnición de Jefe.

Aunque hubo que lamentar la pérdida de vidas, se puede decir que el operativo fue exitoso. La población aplaudió con entusiasmo aquel paso en la dirección correcta hacia un Estado de Derecho. El diario Prensa Libre hizo una encuesta telefónica que fue respondida por 7,640 lectores que ofrecieron 5,879 votos válidos. De ellos 5,824 (99.3%) se pronunciaron a favor y solo 55 en contra.

Mi madre ha viajado varias veces a Guatemala en los últimos años. Se ha entrevistado con muchas personas, quienes le han manifestado apoyo. Dice que los periodistas y académicos más importantes del país han escrito artículos en mi favor. Nunca conocí personalmente a muchas de esas influyentes personas. Me conmueve que ellos estén exponiendo así su prestigio personal. Obviamente no lo hacen por este prisionero del infame Bertossa, sino porque tienen un arraigado compromiso con la verdad, y con la justicia y porque deben estar plenamente convencidos de mi inocencia.

Alguien le dijo a mi madre que cuando regrese a Guatemala, me van a hacer una recepción en el aeropuerto. Que llegará mucha gente a recibirme. Oírlo fue un ataque directo a mi timidez. Pero sí que me gustaría reunirme con ellos y con esas tres mil personas que participaron en la Operación Pavo Real. Quienes estuvieron a mi lado esa mañana son testigos presenciales de mi inocencia ¿Quién mejor que esas tres mil personas para ofrecer testimonio?

Quiero regresar a mi patria, hacerlo siendo una persona libre, con mi inocencia transparentemente demostrada. Quiero volver a sentir el orgullo que sentí al ponerme, por primera vez, mi uniforme de bombero. A usted, rodeado por el cariño y respeto de los suyos, eso podría parecerle poco. Para mí, en cambio, significa todo.
 

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