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Mi Esquina Socrática

Sentido común (parte 6)
Fecha de Publicación: 17/08/2017
Tema: Justicia
Qué importa más al impartir justicia, ¿La calidad o la cantidad?
Cuando Claudia Paz y Paz era todavía Fiscal General de la República giró una instrucción a los fiscales de la Fiscalía de la Mujer para exhortarles al logro del mayor número posible de condenas en los tribunales de justicia. Era obvio la razón para ello: las autoridades nacionales y los “donantes” desde el extranjero quedarían impresionados por su eficiente activismo judicial. Y, efectivamente, le resultó en lo personal su mejor carta de presentación para sus posiciones destacadas y bien remuneradas en México, los Estados Unidos y la OEA. Porque su prestigio internacional había subido proporcional a aquellos números.      

Eso equivale a identificar la calidad en la impartición de justicia con la cantidad de condenas
en los tribunales. Error garrafal. Con criterio tan superficial, los más duros proceso de cantidad lo han ostentado históricamente las dictaduras autocráticas y abusivas o, peor aún, las totalitariasde los siglo XX y XXI. Imagínense vivir en un mundo donde de acuerdo a ese mismo criterio Robespierre, Stalin, Mao, Hitler, los Castros o Maduro serían los epígonos de un sistema de gobierno justo y equitativo...

La calidad de la administración de la justicia en todo Estado de Derecho no implica para nada el número de las condenas, sino que las tales hayan sido el efecto de un debido proceso transparente, pronto e igual para todos.

Por lo tanto, confundir cantidad de condenas con la calidad de la justicia es una per
versa estupidez abusadamayormente por hombres y mujeres malévolos.

Y en
tal terrible deformación conceptual parece ahora haber caído Iván Velázquez y sus admiradores, los de dentro y los de fuera de Guatemala, también en la Corte Suprema de la República o en la Secretaría General de las Naciones Unidas, no menos en la Corte Interamericana de Derechos Humanos o hasta en ciertos medios masivos de comunicación.   

Una
evidencia, la más significativa de la decadencia moral tan generalizada en nuestros tiempos. 

Por supuestoen lo personal hemos de alegrarnos por cada delincuente que reciba su castigo, pero no al precio de que simultáneamente a inocentes  por la misma causa se les adjudique pena alguna. Recuérdese que es de consenso universal que más vale permitir la posibilidad de que un malvado se escabulla del castigo merecido que a un inocente se le adjudique penalmente el crimen que no se haya debidamente comprobado ante juez (o jurado) competente.

Tal es el caso
muy lamentable de hoy en Guatemala: Todos hemos aplaudido que los bribones de siempre en el Estado por fin paguen alguna vez por sus culpas legalmente probadas. Pero, jamás, nos es moralmente permitido mostrarnos indiferentes hacia el dolor de cualquier inocente de lo que se le acusa.

Iván Velázquez (aunque no solo él), nos ha llevado a hacernos colectivamente eco de aquellos frenéticos gritos de júbilo de la chusma que vitoreaba gozosa al paso de las carretas que acarreaban por las calles de París a los condenados a morir bajo la guillotina, hubieran sido merecedores de ella o no. A ese nivel hemos descendido hoy en Guatemala…

Lo que me lleva a otra pregunta: La CICIG ¿ha contribuido a mejorar la calidad de la justicia entre nosotros según los parámetros de un genuino Estado de Derecho o simplemente ha aportado cuantitativamente a su
perversión? Yo me adhiero a esto último.

Porque en conclusión: Tanto el Presidente de la República que lo tolera como los magistrados y jueces que no lo cuestionan, y hasta los diputados al Congreso que lo ignoran, son de veras reos de violaciones a los derechos humanos de muchos de los inculpados, y no procesados por la CICIG.

Y en
el mismo sentido, tanto la CICIG como el Estado cómplice de Guatemala son moralmente reos del crimen reiterado, y de lesa humanidad, de formas diversas de la obstrucción de la justicia, según lo estipulado en el artículo 7, incisos e y h, de los Estatutos de la Corte Penal Internacional.  

 ¿Cuándo tendrá cualquiera de las autoridades electas por el pueblo de Guatemala los arrestos suficientes para deshacernos del peso corruptor e inicuo de ese engendro único que ha llegado a ser en todo el planeta llamado “CICIG”?   

¿Es qué ya no quedan hombres y mujeres en Guatemala lo suficientemente cívicos para procurar la defensa de los suyos? ¿Acaso hasta ahí nos ha llevado a todos la pérfida prepotencia deel embajador Todd Robinson?¿O será que el miedo a la persecución indiscriminada por parte del Ministerio Público presidido por Telma Aldana, o la inquisición fiscal por la SAT, nos paraliza por completo? ¿Tampoco seremos capaces de identificar esa treta que tan fácilmente se nos transparentade “reformas constitucionales” a fin de concentrar todavía más el monopolio del poder inquisitorial en una así propuesto Consejo de la Administración de la Justicia? ¿Hemos resultado todos en Guatemala súbitamente con vocación de esclavos sumisos a tiranos que nos llegan del extranjero? ¿No entrevén los más ingenuos entre nosotros que Iván Velázquez se siente ya con vocación de Dictador en Guatemala probablemente sin haber caído en la cuenta de ello? ¿Tan irreflexivos y poco sensibles nos hemos vuelto todos?  

Hay por supuesto sus excepcione, si, al estilo de muchos otros próceres de civismo patrio ya fallecidos. Pero en este año de 2017, ¿cuánto de lo que nos heredaron ellos con sus ejemplos todavía nos queda? Y si la respuesta fuese afirmativa, ¿por qué habríamos de seguir todos entonando esa bella estrofa del himno nacional rimada por José Joaquín Palma: “Si mañana tu suelo sagradolo amenaza invasión extranjera,libre al viento tu hermosa banderaa vencer o a morir llamará?...

Jamás olvidemos la sabia advertencia de que “el precio de la libertad es un eterna vigilancia” y aquella otra de que “el poder tiende a corromper”…
(Continuará)


 
 
   
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