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Papiroflexia

La arqueología de las voluntades
Fecha de Publicación: 13/08/2017
Tema: Otros
Discurso pronunciado por Alberto Garín durante el acto de entrega de la Orden del Pop y Premio Huun (2017) del Museo Popol Vuh de la Universidad Francisco Marroquín a Carlos Navarrete Cáceres.
 Hace años, trabajé en la ciudad vieja de Erbil, en el norte de Iraq, un tell (yacimiento arqueológico con forma de montículo de tierra) inmenso que comenzó a ser habitado en tiempos de los asirios, hace más de cuatro mil años, y cuyos restos más visibles eran de los otomanos, entre los siglos XVI y XIX. Al interior de las colosales murallas, podían recorrerse las viviendas, las tiendas, las calles, las mezquitas, las plazas. Cada casa era la historia de una o muchas familias, de las que ya no quedaba más que las ruinas de sus viviendas.

Estas familias, ¿se consideraban ricas o pobres? ¿Progresistas o conservadoras? ¿Eran religiosos fervientes o impíos? Difícil de saber. Pero era posible intuir la dejadez de aquella familia que había permitido que su casa se fuera deteriorando progresivamente. O la de aquella otra que había mejorado su posición económica y había colocado rejas de metal finamente labradas en las ventanas. O la acción de un líder político estatal que había decido cortar el centro histórico abriendo una gran avenida, y la de muchos habitantes posteriores al líder que habían rehecho sus casas para abrir tiendas hacia la nueva avenida, demostrando que hasta de la más absurda de las decisiones políticas, si se pone empeño, un emprendedor puede sacar partido.

De la mayor parte de las ruinas de Erbil no había documentos escritos, pero había cientos, miles, cientos de miles de acciones humanas, reflejadas en cada ladrillo, en cada vano, en cada teja, en cada baldosa que formaba aquella ciudad.

Y con cada uno de esos objetos, con cada uno de esos edificios, un arqueólogo hace historia.

Sí. Un arqueólogo, un buen arqueólogo cuando hace arqueología, hace historia. Si un arqueólogo no hace historia, no hace buena arqueología.

La historia, como saben, es la ciencia que estudia el pasado de los seres humanos. Una ciencia que no establece leyes absolutas, como no lo hace ninguna ciencia social y, prácticamente, como no lo hace ninguna ciencia física. Si no, que se considere a Einstein y su teoría de la relatividad.

La historia necesita de fuentes para construirse. De datos del pasado que nos permitan entender cómo actuaron las personas que nos precedieron en el tiempo. Porque la historia estudia personas que actúan. Además estudia coyunturas económicas, estilos artísticos, movimientos religiosos. Pero primero, estudia personas.

Esas fuentes históricas, como bien sabe cualquier especialista, se dividen en primarias, es decir, cercanas a los hechos pretéritos; y secundarias, o sea a los análisis posteriores y muy posteriores a esos hechos.

Pero las fuentes primarias, además, se dividen en datos primarios, aquellos que quedan como testimonio aséptico del pasado, y datos secundarios, aquellos que han sido codificados y que, por tanto, han sufrido una elaboración intelectual en la que es posible que el autor haya dejado su posición subjetiva.

Exponiendo con mayor claridad: la historia se construye sobre los aportes de la cultura intelectual, esencialmente los documentos escritos, en un papiro, en un papel, en una estela… y la cultura material, cualquier objeto o construcción producidos por el hombre.

La arqueología estudia la cultura material. Por supuesto que un arqueólogo mayista debe, además, entender cuando encuentra inscripciones precolombinas, así como un arqueólogo de época colonial debe saber sumergirse en el Archivo de Indias.

Un arqueólogo que no lee textos históricos no es un buen arqueólogo. De igual forma, un historiador de archivos que no sabe nada de arqueología es un mal historiador.

En cualquier caso, el arqueólogo debe estar permanentemente consciente de que los objetos materiales proporcionan información cuya riqueza es comparable, cuando no mayor, que la proveniente de la cultura intelectual. 

¿Por qué?

Porque en los objetos, en los edificios, en los estratos arqueológicos, cuando somos capaces de identificarlos e interpretarlos correctamente, no hay trampas.

Si un edificio fue abandonado, la estratigrafía nos dirá que fue abandonado. Si fue destruido, nos dirá que fue destruido. Incluso aunque las fuentes escritas digan lo contrario.

La arqueología nos revela a los seres humanos, a todos los seres humanos, tal como son. Es decir, como seres diversos, que actuaron por propia iniciativa o siguiendo los dictados de un líder, que tuvieron necesidades materiales que aprendieron a satisfacer. Que aprendieron a dividir el trabajo dentro del grupo y de esa manera progresar. O que se empecinaron en hacerlo todo ellos mismos y buscando ser genios se atascaron.

En arqueología, las fronteras de los Estados se diluyen, cuando no son los propios Estados los que desaparecen. Las leyes más rígidas del monopolio hispano se vienen abajo cuando en los yacimientos coloniales de la Antigua aparece la porcelana británica de contrabando. La rivalidad entre Calakmul y Tikal se desvanece cuando los productos suntuarios de los unos aparecen en los sitios de los otros.

En arqueología, no hay modos de producción con clases sociales cerradas. Hay individuos que progresan, que ascienden o se mantienen en la cumbre social. Y hay otros que fracasan, que no se superan o que pierden todo su poder. Porque cada tumba de un rey precolombino saqueada demuestra que ese rey ostentó el gran poder de hacerse construir una tumba, cierto, y también la incapacidad de defender su legado frente al más humilde de los ladrones. Porque en arqueología, las tiranías no son eternas, sino ridículamente pasajeras.

Los arqueólogos encuentran individuos, no clases sociales. Encuentran personas, no colectividades. Cada piedra de cada pirámide maya refleja la acción materializada de cientos de hombres. El que extrajo la piedra de la cantera, el que la colocó en la obra, el que financió el proyecto, el que alimentó a los obreros, el que practicó el culto sobre la pirámide...
Podríamos pensar que se trata de un todo homogéneo pero nada estaría más lejano de la realidad. Si hay un reto clave para los arqueólogos es saber enfrentarse a tanta diversidad. En la historia de los archivos, parece sencillo. Sólo hay que encontrar ese protocolo notarial donde el escribano quiere hablar en nombre de toda una comunidad. En arqueología, no hay un notario único de la realidad, sino cientos y miles de personas, cientos y miles de individuos actuando, muchas veces, desde su propia, única y personalísima voluntad.
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