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Mi Esquina Socrática

Sentido común (Parte 5)
Fecha de Publicación: 02/08/2017
Tema: Justicia
 

El deslizamiento hacia el mal

Cuando se ha cuestionado a asesinos en serie con frecuencia han respondido que el primer asesinato siempre les resultó el más difícil. El segundo en cambio relativamente fácil, y del tercero en adelante expresan que asesinaron solo por el placer de hacerlo.

Esta enormemente trágica verdad la conoce cualquier confesor experimentado, o psicólogo maduro, o psiquiatra bien familiarizado con las patologías psíquicas humanas.

Y lo mismo nos podría ocurrir a todos y a cada uno de nosotros, sobre todo entre los más jóvenes
o los más ingenuos.

En tal línea de pensamiento, el primer resbalón, supongo que involuntario, de Iván Velázquez, a mi juicio se dio con un pecado similar a cualquier asesinato cuando se negó a retirar el aporte legal de la CICIG a la mendaz acusación urdida desde Guatemala por su antecesor, Francisco Dall’Anese, en vil conjura con la Fiscal General de Guatemala en aquel tiempo, Claudia Paz y Paz. Y todo ello le fue facilitado por el simple hecho de tratarse de un Tribunal de justicia muy lejos de nuestros ojos y oídos, en el para nosotros remoto cantón de Ginebra, Suiza. La ocasión perfecta para cualquier chapín acomplejado.

Tan despreciable maniobra a espaldas de quienes aquí sabíamos de lo
verdaderamente ocurrido, ante jueces por otra parte muy desconocedores desdeel otro lado del Atlántico, le permitió al fiscal de allá “compañero de rutas” de esos tramposos de aquí, Yves Bertossa, lograr para al ex jefe de la Policía Nacional de Guatemala, Erwin Sperisen,un frígido encierro en solitario durante cinco largos años, y todo salido del testimonio de testigos falsos y de información prefabricada.

Pero hace pocos días, la Corte Federal de Suiza anuló todo ese juicio y ordenó la celebración de otro enteramente nuevo, por haberse violado en el primero el debido proceso legal. La joya mejor pulida en todo Estado de Derecho.

Eso debiera haber bastado para que Iván Velázquez desistiera de una vez por todas de ese
repetido y arbitrario recurso suyo a confinar tras las rejas, y por años a quien quiera le resultase sospechoso por crímenes supuestos, sin que hubiese mediado debido proceso alguno.

Pero esa noticia, por cierto, tampoco fue resaltada en la prejuiciosa prensa local, que prefirió desviar sus cintillos de primera plana hacia el caso que vendía aquí más
ejemplares, el de Alejandro Sinibaldi.

Aunque también esa noticia desde Suiza acab
ara por cimentar en mí y en otros el reiterado reproche a su persona por sus tan repetidas violaciones al artículo 15 de la Constitución vigente en Guatemala y al principio no menos constitucional de la presunción de inocencia en todo acusado hasta que se demostrare lo contrario ante juez competente.

Así mismo
muchas veces me ha surgido la duda de si este Comisionado de la CICIG acaso habrá confundido a los más altos oficiales del Ejército de Guatemala con los caóticos caudillos paramilitares de su natal Colombia. O si creerá que el despótico dominio desde las sombras que ejercieron los poderosos del narcotráfico en la ciudad de su nacimiento, Medellín, al estilo de esos otros tantos émulos de Pablo Escobar, sucede exactamente igual entre nosotros.

Lo que sería
una confirmación más que toda la administración de la justicia ha de ser asunto exclusivamente de la competencia nacional o local, no a la que se pueda dictar a ciegas según el juicio de quienes viven en otras latitudes y bajo otros cielos culturales. Por eso la relevancia aquí tan menospreciada del derecho consuetudinario.

¿En qué ha contribuido, pues, don Iván, a mejorar la impartición de la justicia en Guatemala con ese abultado hábito de prescindir tan convenientemente del principio dela presunción de inocencia?

Ahora usted, y sus múltiples allegados
al exterior de Guatemala, se empeñan en una frenética campaña publicitaria en favor de prolongarle a usted su permanencia en suelo guatemalteco y la de la internacional CICIG. A propósito, ¿quién financia todo eso?

Una declaración en ese mismo sentido de la Cámara Baja del Congreso de los Estados Unidos lograda en apoyo de la prolongación del mandatode la CICIG en Guatemala que usted preside, ¿quién se la ha promovido?

¿O ese mismo llamado insolente
en el mismo sentidodel senador demócrata por New Jersey, Bob Menéndez?

Sin contar con esa permanente apología de su persona y de su labor por el embajador actual de los Estados Unidos, Todd Robinson, o hasta ese otro más reciente rumor propalado desde el Departamento de Estado, de que el ex jefe del Comando Sur de los Estados Unidos y hoy jefe ejecutivo de la Casa Blanca, el General John Kerry,
también se muestra en su favor, ¿quién se lo agenció?

¿Dónde cree que está don Iván, de huésped temporal aquí o de procónsul perpetuo? ¿Por qué más bien no procura ajustarse a la legislación guatemalteca en suelo guatemalteco y rendir cuentas a las autoridades guatemaltecas, y no a las que gobiernan desde Washington, Nueva York, Bruselas o Berlín?...

Es verdad que
a consecuencia del conflicto armado internoquedan rezagados guatemaltecos traidores a los suyos y que menosprecian de palabra y con los hechos el pabellón nacional que debería remontar su vuelo más allá que el cóndor y el águila real…”. Pero, ¿a quién se debe usted como Comisionado de la CICIG en última instancia: a ellos o a las autoridades legítimamente elegidas por el pueblo?

Ya había leído también hacía unos días de las de nuevo entremetidas advertencias de la Unión Europea y del gobierno de Alemania, en especial sobre la conveniencia (para ellos) de ese experimento deshonroso y único en todo el planeta que es la CICIG.

¡Tristes recordatorios
sobrequienes mandan hoy en realidad en Guatemala por la desidia de muchos guatemaltecos!

Existen además
algunos despistadosde buenas intencionespara quienes lo que usted ha logrado no se hubieranatrevido hacerlo guatemaltecos. ¡Vaya muestra de patriotismo y de confianza en sí mismos!

Pero le aseguro que si alguno de los eminentes jurisconsultos que he conocido en Guatemala como Arturo Herbruger, Alberto Herrarte o Epaminondas González Dubón, o entre los que conozco hoy en día, como José Luis González Dubón, Mario Fuentes Destarac, Gabriel Orellana, Humberto Grazioso y otros muchos ilustres más hubiesen sido tan adornados de privilegios como lo ha sido usted, y con la catarata de dólares de respaldo por parte obligada deinocentes contribuyentes de otros pueblos, sus logros en lo que pretende la CICIG habrían sido mucho mayores, y con la ventaja de ajustados a la ley, y muy fecundos en buenas mejoras para la administración de la justicia.

Además, ¿a cuál personaje guatemalteco de la vida pública aquí se le ha garantizado jamás la inmunidad de por vida?

En el entre tanto, igual que a los asesinos en serie, a Iván Velázquez se le hace cada vez más fácil reincidir inconscientemente en los mismos abusos violatorios de todo Estado de Derecho paralelo alos delitos de esos malhechores del CUC, CODECA, CALDH, y demás sopas de letras que tanto disfrutan de la inoperancia fáctica para ellos del Ministerio Públicoy de la impunidad que les garantiza la CICIG.

 ¡Triste final de una
muy triste utopía más!
(Continuará)
 
 
   
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