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Existe otro camino

La trivialidad de las candidaturas
Fecha de Publicación: 01/08/2017
Tema: Política

Pareciera que solo interesan los nombres y no las ideas

En un año político la discusión siempre gira en torno a quienes serán los que ocuparán los cargos más importantes. Esa dinámica condiciona la agenda electoral, pero la realidad solo se modifica cuando se definen las políticas públicas que efectivamente se implementarán en cada jurisdicción.

No es noticia que la política se ha degradado en las últimas décadas. Buena parte de ese proceso tiene que ver con que se ha vaciado de contenidos y entonces solo se evalúan las chances electorales de quienes figuran en cada una de las boletas partidarias.

Los analistas políticos dicen que la sociedad vota personas y no ideas, opta por dirigentes y no por partidos. Si esto es así, pues habrá que asumir que la gente no está tomando decisiones con la debida inteligencia.

Son los individuos los que aplican su visión y su particular impronta una vez que alcanzan el poder. Pero no menos cierto es que si no tienen un plan de gobierno convenientemente elaborado nada nuevo ocurrirá en el futuro y todo se encaminará hacia la siguiente desilusión.

En el nordeste argentino esta circunstancia también se replica. No importa demasiado si se trata de la renovación legislativa o de los cargos ejecutivos. Tampoco resulta relevante si es a nivel local, provincial o nacional.

Se repite la rutina de poner en juego los nombres de los potenciales postulantes, instalarlos y operar para que, de un modo poco transparente, se oficialicen las grillas de candidatos de cada estructura política.

Importa más la imagen del elegido que sus propuestas de transformación del presente. Su carisma y oratoria, su carácter y hasta sus antecedentes pueden pesar a la hora de ungirlo como el personaje del futuro.

Algunos sostienen que la culpa de todo este desatino la tienen los partidos, los políticos y hasta los gurúes que promueven este esquema aprovechando la inercia que corrobora el éxito electoral de estas utilitarias estrategias.

Pero pocos se detienen a analizar un poco más allá. Nadie parece tomar nota del trascendental rol de la ciudadanía. Nada de esto podría suceder si la gente no fuera tan funcional a las banalidades que propone la política.

En muchas sociedades se espera que los dirigentes asuman una actitud de mayor liderazgo. Se confía en que existe allí, en esa casta, un nivel óptimo de formación y preparación que puede garantizar resultados futuros.

Bajo ese paradigma esas sociedades solo esperan definir los comicios poniendo mayor atención en cuestiones superficiales, de estética política, esas que tienen que ver con aspectos más secundarios y anecdóticos.

A estas alturas de los acontecimientos y con las múltiples experiencias fallidas que se llevan registradas, es tiempo de que la comunidad admita sus desaciertos, se comprometa activamente y cambie el modo de decidir.

No parece razonable que una sociedad que reclama mejor educación y salud, más empleo e infraestructura, menos inseguridad e injusticia, la misma que pretende también crecimiento y desarrollo, frente a tanta indiscutible evidencia insista con la misma matriz de selección de dirigentes.

Si efectivamente se aspira a alcanzar un porvenir diferente cabe hacer la autocrítica correspondiente y modificar las formas de seleccionar los aspirantes que las alianzas partidarias proponen al electorado.

Los partidos son “la oferta” del mercado político, mientras que “la demanda” está constituida por los votantes, esos que exigen poco y reciben como contraprestación exactamente lo que pidieron, una dirigencia mediocre.

Muchos dirán que las estructuras partidarias y los tramposos sistemas electorales empujan a optar entre lo que hay y es por eso que la calidad de las alternativas es muy baja. Tienen razón, eso es absolutamente cierto.

Pero también es importante asumir con total sinceridad que cuando los votantes tienen un estándar de exigencias tan anodino es imposible que la clase política haga algo positivo al respecto. Ellos solo ofrecen lo mínimo posible, ni un centímetro más que lo que se les pide, y allí está el nudo del problema.

Si la gente, cuando debe elegir sus autoridades se queda con el “menos malo”, si vota negativamente, apostando por el rival del postulante más peligroso, es lógico que el desenlace no sea estupendo.

Para cambiar la realidad hacen falta proyectos concretos, propuestas serias, ideas suficientemente analizadas, debidamente elaboradas, que minimicen los márgenes de error y que, a su vez, sean posibles de implementar.

La mayoría de los que quieren ocupar una banca en los ámbitos parlamentarios municipales o provinciales no conocen la legislación vigente, ni se han preparado para su futura tarea. Solo improvisan sobre la marcha.

Los más responsables, los que tienen alguna cuota de pudor, intentan formarse, estudiar diferentes asuntos, especializarse en ciertos temas para luego tratar de aportar algo en la dirección necesaria. Pero son los menos.

Es más grave aun cuando esto se plantea a niveles de intendentes o gobernadores. Discursos rimbombantes, repletos de grandilocuencia, con enunciados ostentosos, pero sin proyecto concretos que suenen inminentes.

La política está repleta de mediocres pero, aunque sea incorrecto decirlo, tal vez haya que aceptar que esa medianía empieza en una ciudadanía que no se hace cargo de sus errores y prioriza la frivolidad por sobre la seriedad.

Alberto Medina Méndez
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