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Carnets

Mis primeros cadáveres
Fecha de Publicación: 14/07/2017
Tema: Thanatos
 
Fue en diciembre, porque recuerdo adornos navideños en mi casa. Suena el teléfono y mi mamá se apresura a contestar. La veo con una blusa turquesa ¿por qué recuerdo la blusa turquesa? Veo su cara llena de asombro respondiendo: Bueno, ¡al fin!, vamos para allá.

Un tanto nerviosa ordenó que me cambiara y usara el vestido de cuadritos negro y blanco. Sabía, antes que lo dijera, que mi bisabuela La Mima había muerto. Ella estuvo a punto de fallecer tantas veces que era el tercer vestido de cuadritos negro y blanco que me hacían. Entonces, yo crecía más rápido de lo que Mima tardaba en morir.

Nuevamente, el vestido me quedó corto. Nerviosa, mi mamá se apresuró a bajar el dobladillo, lo cosió con enormes puntadas. Los zapatos de charol guardados para esta ocasión también me quedaron pequeños y tuve que usar los feos, gastados, del uniforme del colegio.

Mima, Doña Francisca Prado viuda de Vielmann
doña Paca, como todos la conocíanera una señora gorda, acostumbrada a mandar y ser obedecida, de facciones duras, pelo blanco profundo que peinaba estirado terminando en un chongo voluminoso. Siempre vestía de negro. El luto era sagrado en mi familia paterna; duraba un año, como mínimo. Siendo numerosa, difícilmente había año sin difunto, por lo que las señoras rara vez vestían prendas de color.

Mima vivía a dos cuadras de mi casa, en la segunda calle, entre novena y décima avenidas de la zona central. Pese a que se le dificultaba caminar, pasaba seguido a visitarnos. Siempre parecía estar agitada por el esfuerzo que debía hacer para todo.


Se sentaba de golpe. Había que ayudarla a levantarse del sofá, lo que nos causaba risa; era tan pesada que teníamos que hacerlo entre todos. Me contaron que su esposo, mi bisabuelo, murió en alguna revuelta frente al Palacio Nacional. Ella quedó viuda, con 6 hijos, lo que representó una vida dura para sacarlos adelante. Ese diciembre de 1963, después de resistirse repetidamente a morir, se nos fue para siempre.

Yo no quería acompañar a mi mamá. Nunca había visto un cadáver y no me entusiasmaba hacerlo. Pero no tenía alternativa, bajo esas circunstancias no se valía protestar, mucho menos negarse. Así que allá iba, caminando de prisa con ella. Cuando llegamos ya había familiares. Sin preguntar, me empujaron a su habitación. De pronto estaba en la orilla de la cama donde ella yacía sin vida. Era la primera vez que estaba frente a un muerto. Quedé paralizada viendo fijamente el encaje de su camisón blanco y las manos enlazadas que unidas por un rosario descansaban sobre su pecho.


La percibí tranquila, sus facciones eran suaves y “cara de buena gente”. Cuando vivía, la veía dura, seria, mandona... Con dulzura, mi abuelita me dijo que le diera un beso de despedida. Sentí terror. Agregó que se trataba de su mamá y que era importante que su nieta mayor le dijera adiós. Estaba muy fría, dura, lejana… Tuve que disimular el desagrado que me produjo ese beso. Me escabullí al baño y me lavé la boca, varias veces.

No recuerdo si alguien lloró. Posiblemente no. Todos esperaban ese momento desde hacía tiempo. Aquella muerte, como suele suceder cuando quien muere ya ha envejecido, es un alivio en muchos aspectos. Mima, la poderosa, finalmente había decidido terminar con la zozobra familiar.

La llevaron a Funerales Reforma que entonces se encontraba sobre la segunda calle de la zona 9.

Soplaba un viento helado cuando llegamos a la funeraria. Los primos comenzamos a reconocernos, solo nos veíamos en las posadas, el día del fiambre... A partir de aquella fecha, también en los funerales familiares porque ya éramos “grandes”, tanto como para asistir al velorio de la bisabuela.

La esquina que los primos tomamos para conversar, muy pronto fue invadida por gente que llegaba a montones. De pronto hubo gran conmoción en el salón. Entraron personas uniformadas y las conversaciones se paralizaron. Hubo silencio absoluto.

Despistada, a medio del salón, vi venir hacia mí a un hombre rodeado de soldados. Alguien me tomó de un brazo y me hizo a un lado para dejar vía libre a tan importante personaje. Un suave cuchicheo se extendió entre la multitud. Se trataba del presidente, Enrique Peralta Azurdia, quien había llegado a dar el pésame a mi tío, también Coronel y su mejor amigo.

Nos enviaron al segundo piso de la funeraria para hacer espacio. Allí, la sala central que separaba los cuartos vacíos, estaba en penumbra, tan sólo una luz tenue llegaba de las gradas. Nos tomamos de la mano con un poco de miedo al ver unos 20 féretros en un cuarto, frente a los sofás. Fuimos a revisar que estuvieran vacíos. Cada vez que levantábamos una tapa había bromas, sustos y gritos. Una tía subió a regañar nuestro irrespeto: No solo la bise está muerta, sino ¡El presidente está presente!

Intentamos calmarnos pero ya habíamos entrado en el alboroto que causaba el temor al ambiente funerario. Un primo nos retó a meternos dentro de un féretro. Cada quien buscó uno, se quitó los zapatos, se metió en la caja y adoptó postura de cadáver. El griterío llegó hasta el primer nivel y tres tías subieron a poner orden. Decidimos obedecer.


Para entretenernos comenzamos a contar cuentos de miedo, nos quedamos solos, en penumbra, entre temerosos y embobados con las historias. De pronto, viniendo de la parte trasera, surgió un hombre vestido de blanco. Sin haber pronunciado palabra, el mesero de la funeraria consiguió que 14 patojos, entre más gritos y desorden nos dispersáramos.

Bajamos la escalera semicircular a empujones, pasando sobre todos hasta salir al jardín frontal. Como lloviznaba, la regañada de las tías nos llegó a lo lejos; ellas evitaron mojarse.

Regresamos al segundo piso, ahora con frío y mojados. Para entrar en calor nos acurrucamos en los sofás. Alguien notó que había una habitación medio cerrada, con luz; entramos despacito. En medio del cuarto, un féretro rodeado por cuatro gruesas velas encendidas, sin flores ni gente permanecía estaba en soledad. Seguramente había alguien dentro.
Teníamos que abrir esa caja.

Alguien dijo que antes debíamos rezar y pedir perdón por profanar el descanso eterno de quien fuera. Nos hincamos, pero una risa nerviosa nos dejó tirados a todos sobre el piso. Volvimos a probar varias veces, pero fue imposible. Abríamos un poquito la caja y la soltábamos ¡pum!, risas nerviosas; otro poquito, empujones para asomarnos, pero nuevamente el miedo y ¡pum!, nuevas risas. Me llené de valor, tapé mis ojos con la mano izquierda y con la derecha empujé la tapa hacia el otro lado. La cara del muerto quedó al descubierto. Nuevos gritos, nueva carrera.

Después de pasado el susto, volvimos y observamos el cadáver. Recuerdo un hombre viejo, tal vez no; a esa edad, cualquiera es viejo. Estaba gris; tenía manchas blancas en el rostro. La boca, un poco abierta, no tenía dientes. ¿Cuánto tiempo llevaría allí, en medio de angustiosa soledad?

Bajé a la oficina, pregunté quién era aquel personaje abandonado y supe que se trataba de un italiano que estando de paso en Guatemala había muerto de un infarto. La embajada italiana lo tenía ahí desde hacía varios días, mientras era enviado a Italia. El resto de la noche, y hasta el amanecer, entre risas, rezos e historias de miedo, acompañamos a aquel hombre de mala suerte y solitaria muerte. Su funeral no fue tan concurrido como el de la Mima pero no estuvo tan solo.

La noche fue inolvidable. La muerte de Mima resultó ser un evento intenso para sus bisnietos. Cuando llegué a mi casa tenía con fiebre. Convalecí varios días pensando que podía ser castigo divino por portarme tan mal. Pensé mucho en aquel difunto ¿Habría sufrido una larga agonía en soledad? ¿Tendría familiares esperándolo? ¿Lo habrían extrañado? ¿Sería llorado?

Me pregunto hoy, si alguien recuerda en Italia a Emilio Dragoni. Quizá solo yo, aquella niña de 12 años quien por casualidad lo conoció después de muerto, aquí en Guatemala ¿Y si fuera la única que 50 años después, conserva su imagen en la memoria?