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A vuelo de pájaro

Isla negra
Fecha de Publicación: 11/07/2017
Tema: Literatura

En el camino que desde Santiago conduce hacia Isla Negra, los chopos –tan amados por los poetas– forman pequeños bosques de un verde intenso que el viento agita suavemente. Altos y tupidos, se aparecen aquí y allá, como vigilantes del camino. Cada vez que los altivos chopos emergían ante mi vista, un poco solemnes, tal vez un poco tristes, se acrecentaba mi emoción al pensar que pronto llegaría a Isla Negra, y me sumergía en recuerdos de cuando apenas estaba entrando a una turbulenta adolescencia, época en la que alguien me obsequió un pequeño libro de poemas, “Los versos del capitán”. Desde entonces Neruda me ha seducido con su poesía, sobre todo cuando afirma: De todas maneras me parece que yo no nací para condenar, sino para amar.

Entre todos sus libros no podría escoger uno “como el mejor”, pero sí puedo afirmar que hay uno que siempre está cerca de mi corazón: “Veinte poemas de amor y un canción desesperada”. En sus memorias, Neruda confiesa que “es un libro doloroso y pastoril que contiene mis más atormentadas pasiones adolescentes (…)”. Tal vez, y solo tal vez, por esa razón ese libro breve e intenso ha logrado conmover a adultos y adolescentes con sus palabras llenas de amor y de tristeza:

Puedo escribir los versos más tristes esta noche. / Pensar que no la tengo, sentir que la he perdido. / Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella. / Y el verso cae al alma como al pasto el rocío. / Qué importa que mi amor no pudiera guardarla. / La noche está estrellada y ella no está conmigo / (…)

Comencé a atesorar sus libros y años más tarde escribí un poema, “Oda a Pablo”, que en realidad es un pequeño homenaje al poeta que en su discurso de aceptación del Nobel, se refirió a nuestros pueblos latinoamericanos de la siguiente manera: Heredamos la vida lacerada de los pueblos que arrastran un castigo de siglos, pueblos los más edénicos, los más puros, los que construyeron con piedras y metales torres milagrosas, alhajas de fulgor deslumbrante: pueblos que de pronto fueron arrasados y enmudecidos por las épocas terribles del colonialismo que aún existe.

Para ese Neruda que atravesó los Andes a caballo huyendo de la persecución política, para ese chileno que vivió en el exilio mucho tiempo, para el poeta del amor, escribí unos versos sencillos de los cuales aquí incluyo un breve fragmento: (…) Desde tu pecho / un huracán de amor / se desata sobre la geografía del planeta, / lleno de hombres abatidos / que llamas tus hermanos, / por quienes siempre alzas / tu enorme puño americano.

De sus tres casas: la de Isla Negra, la Sebastiana y la Chascona, mi preferencia se inclina por Isla Negra que no es una isla como la gente imagina sino un lugar en el litoral central de Chile, frente a un Pacífico helado, bautizado por Neruda con ese nombre precisamente, cuando vio una gran roca negra. He visto –y envidiado – su habitación en esta casa, en la cual desde su cama que está esquinada y cubierta con una sobrecama de hilo hecha a mano, al despertarse lo primero que el poeta miraba era el mar que tanto amó. Ese mismo mar frío y manso que le trajo la tabla que luego convertiría en su escritorio, adosado a una ventana desde la que también podía contemplar el océano frente al que construyó su casa. La tabla gruesa, de una madera maciza, fue el regalo que le hizo su amado mar un día en que se encontraba con Matilde en la playa, y por la cual pacientemente Pablo esperó horas desde que la divisó flotando sobre las olas. ¿De qué naufragio se había salvado? Por qué azares del destino llegaba precisamente a Isla Negra, donde un poeta sentado en la arena esperaba paciente después de haberle dicho a su esposa: –Ahí viene mi escritorio.


Cuando uno camina por la casa de Isla Negra, cruje la madera como si fuera un navío y los pasillos son estrechos, semejantes a los de los barcos. Neruda la compró a un navegante español que la tenía a medio hacer, y la terminó de construir como si fuera una embarcación varada en tierra. Diríase que tiene el alma de un navío. Pero lo que más me impresionó de esa casa llena de tesoros traídos desde los cuatro puntos cardinales, es una pequeña placa colocada en un muro afuera, que ostenta un solo nombre “Winipeg” y una fecha. Sencillo homenaje al Winipeg, barco legendario, embarcación salvadora que durante la guerra civil española el gobierno republicano en el exilio había logrado adquirir y transformar, para que tuviera mayor capacidad de pasaje. En él, Neruda los llevó a Chile después de gestionar activamente que su gobierno aceptara a dos mil desesperados refugiados, incluyendo niños, que huían de la España devastada, arrasada por una guerra más cruel que cualquier otra, porque la sangre derramada era de hermanos. Conmovedora historia que el poeta relata con suma sencillez en sus memorias, como restándole importancia al hecho heroico de salvar vidas humanas y destinos de gente que “eran pescadores, campesinos, obreros, intelectuales, una muestra de la fuerza, del heroísmo y del trabajo”.

Su extraordinaria colección de mascarones de proa, esas bellas esculturas de mujeres realizadas en madera traídas por el poeta de todas partes del mundo, cuelgan de las vigas del techo en Isla Negra. Mascarones de proa, como ángeles que guiaran a los hombres de mar entre las aguas de mares ignotos. Una de ellas, a la que Neruda llamaba María Celeste, llora cada invierno. La gente que la ha visto afirma que tal vez llora porque extraña el mar, pero lo cierto es que sus lágrimas brotan cada año de los ojos aparentemente sin vida. Mis juguetes más grandes son los mascarones de proa, escribió el poeta, y es a una de estas figuras gigantescas a la que dedica los siguientes versos: En las arenas de Magallanes te recogimos cansada navegante, inmóvil/ bajo la tempestad que tantas veces tu pecho dulce y doble desafió (…) Para mí tu belleza guarda todo el perfume, / todo el ácido errante, toda su noche oscura. / Y en tu empinado pecho de lámpara o de diosa, / torre turgente, inmóvil amor, vive la vida. / Tú navegas conmigo, recogida, hasta el día / en que dejen caer lo que soy en la espuma.

Se ha afirmado que la biografía o autobiografía más entera de Neruda está en su poesía, y así es. Desde “Crepusculario”, publicado gracias a amigos que contribuyeron a sufragar los gastos, hasta las páginas de “Confieso que he vivido” publicado póstumamente, el poeta va narrando su propia vida, sus amores, sus luchas, su ideología. Su poesía es el largo testimonio de su propia vida. Una vida plena, que se inicia en la pobreza pero que coronará la gloria. Hablar de Neruda es hablar de un coloso, de un hombre generoso y tierno, decidido y valiente, de un admirable ser humano.

No podría dejar de referirme en estos breves apuntes, a su gran amistad con nuestro Premio Nobel, Miguel Ángel Asturias –salpicada de anécdotas – como la del préstamo del pasaporte por parte de Asturias al bardo chileno para que emprendiera viaje a Europa, una vez más, huyendo de la persecución política. Pablo relata con gran sentido del humor el famoso préstamo, en sus Memorias.

De la vida tan rica, tan intensa, tan plena, de Pablo Neruda me quedarán muchas cosas en el tintero, tales como su carrera diplomática, por ejemplo, iniciada muy joven en un lejano e ignorado consulado en Birmania y finalizada como Embajador en París. Apenas he mencionado la pobreza en la que vivió durante su infancia –y también de joven estudiante en Santiago – que Neruda ha descrito en versos para su amada Matilde como éstos: Vienes de la pobreza de las casas del Sur, / de las regiones duras con frío y terremoto / (…) Eres del pobre Sur, de donde viene mi alma: / en su cielo tu madre sigue lavando ropa / con mi madre. Por eso te escogí, compañera.

Solo me quedan unas cuantas líneas más para hablar sobre el Neruda más vital. Ese que gozaba comiendo y bebiendo buen vino, el generoso Neruda que compartía con los amigos su mesa espléndida. De su gusto por la buena mesa surge el libro “Comiendo en Hungría”, escrito al alimón con el Nobel Miguel Ángel Asturias, en el cual es difícil establecer quién escribe sobre tal o cual vino o sobre las elaboradas recetas húngaras, saboreadas y alabadas por los dos durante su visita a esas latitudes. El inigualable deleite que le provocaba la comida se traslada también a los objetos de uso cotidiano, que el poeta escoge con gran complacencia entre los más bellos: alcuzas, vajillas, fuentes, copas… Todo en el comedor de su casa atrae, seduce, alegra los sentidos. En su mesa se ofrecen abundantes los frutos del mar y de la tierra. Sus odas alaban al pan, al apio; hasta la humilde cebolla y la simple cuchara reciben elogios en sus versos, y por supuesto, no podía falta la oda al vino. Sin embargo, el poeta en medio de todos los dones recibidos no olvida a los necesitados, a los menos afortunados, y en un poema lleno de tristeza y quieta cólera pide alimentos para todos: (…) Sentémonos pronto a comer / con todos los que no han comido, /pongamos los largos manteles, / la sal en los lagos del mundo, / panaderías planetarias, / mesas con fresas en la nieve, / y un plato como la luna / en donde todos almorcemos. // Por ahora no pido más que la justicia de un almuerzo.

El 23 de septiembre de 1973 Chile llora – y junto a él, el mundo entero – la muerte de este poeta universal, planetario, de este poeta a quien siempre llamo “poeta huracanado”, que alguna vez se describió a sí mismo de la siguiente manera: (…) inoxidable de corazón, aficionado a las estrellas, mareas, maremotos, admirador de escarabajos, caminante de arenas…, chileno a perpetuidad…, afortunado de nubarrones…, melancólico en las cordilleras… (y) poeta por maldición.
 
 
 
 
   
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