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A vuelo de pájaro

Un relato memorable (parte 3)
Fecha de Publicación: 05/07/2017
Tema: Literatura
Aquella fecha marcó el quiebre entero de un país. En Guatemala se había instalado una vuelta atrás de la historia que jamás hubiéramos creído posible. Con la ideología del anticomunismo en el poder, todo se fue para atrás. No eran sólo las instituciones sociales o políticas, las conquistas logradas y todo lo que va con ellas, sino también la manera de estar seguro en el mundo y las formas de organización simples, corroído todo por la amenaza y por el miedo. La cultura, para no hacerse sospechosa y para esconder huellas que la vinculen al pasado inmediato, las formas de hacer docencia, la radio y las maneras de expresarse en el micrófono, las relaciones en los lugares de trabajo, y hasta intrafamiliares porque los triunfadores de una contrarrevolución no tienen mejor instrumento que el miedo para ejercer el control. Y lo que dominó a mi país en aquellos días sin nombre fue el miedo. El miedo a la brutalidad represora, a la denuncia y la traición.

Junto con esa danza espantosa de lo amenazante y lo retrógrado, llegó para nuestra generación el dolor del exhibicionismo impúdico de la estulticia reaccionaria, cuya consagración fue la increíblemente fanática quema de libros, que como una reminiscencia inquisitorial, además del establecimiento del Comité de Defensa contra el Comunismo, se organizó en el Parque Central de nuestra ciudad.

Eran libros sustraídos en los cateos a las casas y las bibliotecas públicas, con lo que se formaron hogueras en el Parque central y antes de pegarles fuego, fueron amontonados para ser exhibidos como “el veneno que está matando a este pobre pueblo.”

Allí pude ver, entre otros muchos títulos anodinos, que para la inteligencia cuartelera sonaban a revolucionarios, el libro “La educación popular” de Domingo Faustino Sarmiento, a quien yo conocía muy bien porque lo había trabajado en mi tesis al graduarme de la Escuela Normal. Y me dije, con un poco de pena y un poco de risa “¿qué estará pensando el viejo reaccionario de don Domingo Faustino, al ver que queman su libro en Guatemala por comunista?”. Pero el nombre “Educación popular”, demasiado oloroso a plebe, a chusma, a vulgo de la obra del pedagogo argentino, lo condenó a la hoguera en el tribunal de la inteligencia anticomunista que se apoderó de mi país desde aquellos días.

“¿Cómo le ha ido con los vinos franceses Matute?”. Me pregunto Miguel Ángel, mientras el portugués que era su empleado polivalente (era mayordomo, chofer, criado, lava copas, etc.) oficiaba como ujier de cava en ese momento al escanciarnos un fino Côtes-du-Rhône en las copas.

“Hasta aquí muy bien Maestro. Debo contarle mi máximo logro que se dio cuando, por impresionar a un colombiano, incomodé a un tabernero francés, respecto a los vinos”.

“¿Cómo fue eso?” intervino Carpentier.

“Fue una noche, después de varios tragos, cuando decidimos echarnos la del estribo con el colombiano y antes de despedirnos, entramos a un café, restaurant, cantina… uno de esos establecimientos que se encuentran en cada esquina aquí en París.

“Yo tendría un mes de haber venido y el colombiano menos. Al instalarnos en la barra, le pedí al barman en mi mejor francés:

-Deux Beaujolais, s´il vous plait-

El tipo trajo las dos copas servidas y las colocó frente a nosotros. Las tomamos, yo alcé la mía, la olí y la probé…

Ni mi olfato ni mi gusto han sido nunca los de un catador. Así que por pura balandronada, quise impresionar a mi amigo y le dije muy seguro, con la prestancia que me daban los tragos, al cantinero:

“Lo siento amigo, pero este no es Beaujolais”.

El tipo enrojeció de rabia, retiró violentamente las copas, botó su contenido al lavador, colocó dos nuevas, trajo la botella y las llenó ante nuestros ojos.

Estaba furioso, pero no dijo nada. Por eso nunca supe si en realidad nos había cambiado la orden o aquél fue simplemente un arranque de rabia en el que el único jodido fue él. Pero yo quedé como el conocedor a los ojos del colombiano”.

“Era cierto. Usted le dio en el clavo. Eso suele suceder mucho aquí en París, Matute. Sobre todo si le ven a uno cara de baboso”.

Adentro, muy adentro de mi conciencia, oí una vocecita que me dijo “¿Qué me quiso decir el viejo pisado?”.

“Sí”, dijo Carpentier, “hay que tener cuidado”.

Yo preferí quedarme con esta observación más neutral y menos lesiva.

Ya a los postres, cuando el portugués trajo a la mesa una excelente botella de cognac y las copas para beberlo, cuando el bienestar de la buena mesa y del adecuado rociado espirituoso imponían un generalizado bienestar, Alejo quiso agradecer al anfitrión y brindó por Miguel Ángel, por su generosa invitación y, por supuesto, por su reciente triunfo al conquistar el máximo galardón al que puede aspirar un creador de la literatura en nuestros días. Era sí, el reconocimiento generoso de un noble competidor que presentaba su efusiva y sincera felicitación al Prix Nobel del año. Y Miguel Ángel respondió con inspiración y vehemencia, como él los sabía hacer, con su vozarrón y su decir suelto y eficaz. Era el apretón de manos de dos grandes de la literatura que en gesto deportivo, superaban su inconfesada rivalidad y expresaban públicamente su mutua admiración.

Jacobo, a su turno, confesó que cada vez, que dejando su tranquilo retiro del Chemin de Palin en Suiza, para visitar París, esa ciudad y especialmente la casa de Miguel Ángel que era como una mágica caja de sorpresas, se encontraba con novedades importantes y significativas para su vida. Además de mencionar a los dos grandes literatos, tuvo la gentileza de señalar mi presencia, como el elemento de evocación de una época, en la que el destino lo hizo vivir los días más marcantes de su vida, en un vaivén diabólico de glorias y fracaso, de triunfos y derrotas.

Jacobo tuvo palabras para aquellos jóvenes, que veía personificados en mí, reconociendo la solidaridad y el apoyo que aquella generación le ofreció, sin reserva alguna, los guardaba para siempre en el espíritu como una de las vivencias más reconfortantes, en los momentos más amargos de la historia política que tuvo que vivir en esas semanas, a mitad del calendario negro del año 54. Luego levantó su fina copa y brindó por Miguel Ángel, sus triunfos y su calidad humana.

Yo probé el cognac y con la inspiración del regalo sensual de su buqué, saludé el talento de Carpentier que llenó gratamente los espacios y dio color a aquella noche especial, saludé la presencia de Jacobo y la condición de muy grata sorpresa que ésta había sido para mí, por su condición de símbolo de una época azarosa y heroica que marcaba un punto de quiebre sustantivo en mi vida y en la de miles de mis compatriotas coetáneos y agradecí la fuerza creadora de Miguel Ángel, primero por ganar el Nobel y luego porque de la nada, como sabía él hacer las cosas, había sacado aquellos momentos tan gratos, que acabábamos de vivir allí en su casa.

Por último agradecí también a la magia de la vida que, una tarde del frío otoño de 1967, sin ninguna razón evidente, inspirara el devenir de los hechos para que yo, un joven estudiante guatemalteco en París, pudiera tener el verdadero privilegio, que muy pocos habrán tenido, de vivir un momento como aquél, en el que se dio la circunstancia de ser convocado, junto a tres personajes, tres personajes verdaderamente grandes, a la mesa de nuestro Premio Nobel.
 
 
   
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