ENSAYOS >
Título:     Tema:     Autor:    

Teorema

Pentimento
Fecha de Publicación: 01/07/2017
Tema: Thanatos

Al hacer un cuadro, algunas veces el pintor emplea una tela utilizada previamente en un proyecto que abandonó. La pintura que yace debajo de la obra se llama pentimento. Al menos, esa fue la descripción que hizo Lillian Hellman en su libro de ese nombre. Aquel en el cual se basó la película Julia.

Encontré que el concepto era seductor. Las pinturas bajo la pintura representan diferentes épocas de nuestra vida. Las forma el recuerdo que tenemos de ellas. De lo que dejó huella y nos condujo a lo que somos ahora, simbolizado por el cuadro al frente del lienzo. Así, se podría decir que somos la consecuencia de lo que hemos sido. Que el pasado condiciona el presente.

Sucedió hace tanto tiempo que el recuerdo, como el humo de un cigarrillo, se escapa. Sin embargo, siempre he pensado que aquella mañana fue más fría que las demás. Aunque ambos cursábamos el segundo grado de secundaria (prevocacional entonces), Héctor Mendizábal era unos dos años mayor que yo.

La diferencia, medida con la edad, también se manifestaba de otras formas. Él era más serio, un poco apartado y muy formal. Destacaba por su madurez y cierto encanto natural. Los demás buscábamos su compañía. Sin rechazar a ninguno, sin ofender, él ponía de manifiesto su preferencia por la soledad y se apartaba.

Era un solitario, se aseguró aquella mañana que recuerdo tan fría. Debió ser un lunes de marzo o abril, en el Quezaltenango de 1959. Los alumnos del internado fuimos despertados por la sirena de una ambulancia en las instalaciones.

A partir de allí, todo fue convulsión y desorden. Cerca del amanecer, alguien había descubierto el cadáver en su cama. Mendizábal tenía un revolver de su propiedad. Lo había envuelto en una toalla blanca. La había estrechado contra su cabeza y se había disparado.

Aparentemente consumó el acto en el corredor. Luego debió entrar al dormitorio. Quien ocupaba la cama vecina dijo que lo había oído quejarse pero hacía mucho frío y no le prestó atención.

Sus padres, que vivían en la Capital, fueron avisados por telegrama. Tardarían todo el día en llegar. Cuando arribaran, se llevarían el cadáver de su hijo, lo velarían y enterrarían al día siguiente. Sus compañeros y amigos nunca volveríamos a verlo.

Permanecería en la morgue del hospital. Estaba solo. A la mitad de la mañana, el Director decidió suspender las clases para los alumnos de mi grado Los alumnos formamos una comisión que terminé integrando. Nadie sabía qué hacer. Optamos por ir a hacerle compañía. Todo era nuevo y extraño, no conseguíamos diferenciar entre una enfermedad y la muerte.

Tenía trece años y nunca había visto un cadáver. Allí, en la morgue del hospital, encontré varios. Yacían sobre camas altas de concreto sin pintar. Recuerdo el cuerpo de un niño que descansaba sobre su espalda. Tendría unos tres años. Sus piernas y brazos estaban rígidos. Las cuatro extremidades parecían señalar hacia el techo.

El cuerpo de Héctor estaba allí. Su rostro mostraba unos cuantos barros y un bigote incipiente. Lo recuerdo pálido y con los labios azulados. Una venda en la cabeza cubría el agujero que seguramente había dejado la bala fatal. Le habían limpiado la sangre. Todos estábamos asustados.

Alguien encendió un cigarrillo y lo compartió. Queríamos irnos de aquel lugar pero no nos atrevíamos a hacerlo. Cuando finalmente salimos, pasamos dándole palmadas en el antebrazo. Sin saber qué decir, mascullábamos palabras confusas, a forma de despedida.

En la calle, fuimos a una tienda cercana a tomar café. Los comentarios elevaban a Mendizábal a la categoría de héroe. Hablábamos de él con profunda admiración. Percibíamos su acto como muestra irrefutable de hombría.

Él se había atrevido a hacerlo. Él había demostrado ser dueño de su vida. Había ejercido el uso de esa propiedad, disponiendo de ella. Si uno no puede decidir sobre su nacimiento, entonces debe poder decidir sobre su muerte. Más que un derecho, se trata de un deber ineludible. Además, la novia por quien lo había hecho, quedaría marcada para siempre. A través de esa marca, sería suya eternamente.

Por Dios, ¡Cuanta estupidez! Nadie pensó en los padres. A ninguno se le ocurrió juzgar lo que él habría perdido: Sentirse parte de una cultura, sus costumbres y tradiciones. Valorar lo que no conoció. No hubo quien concediera importancia a las emociones que dejo de experimentar. A la sensación de esperar por ella, o por otra, bajo la lluvia.

Ninguno ponderó la satisfacción de alcanzar una meta y trazarse otra. La autoridad que deriva de diferenciar lo que está bien, de lo que está mal. La sensación que queda cuando uno siente que ha hecho algo por los demás. La importancia del conocimiento, que es infinito y suprime cualquier posibilidad de aburrimiento.

No hubo comentario alguno sobre la experiencia de tener un hijo. De protegerlo físicamente o sentirse, anímicamente, protegido por él. O la invasión de tranquilidad que sobreviene al sentir la tibieza de la mano suya entre la mano propia. O la profunda emoción que causan cosas simples como recibir una tarjeta hecha por él, en el Día del Padre.

Ni una sola palabra fue pronunciada acerca del gozo de verse reflejado en los ojos de ella, quien quiera que fuera. Nadie supo decir nada sobre la ternura, la satisfacción, la exigencia, el enojo, la tristeza o el placer que provoca el amor. Ni del disfrute íntimo, una tarde lluviosa, ya envejecido, pasear con las mujeres que viven en nuestro recuerdo, dando sorbos a una taza de café.

En fin, nadie habló de eso. Teníamos entre trece y quince años. Creíamos saberlo todo. Nos sentíamos con derecho a filosofar sobre la vida, la muerte y el suicidio.
 

Seguimos teniendo dificultades para enviar los artículos de Pi por correo-e. Estaremos sumamente agradecidos con quienes nos ayuden reenviándolos a través de sus listados personales o distribuyéndolos por las redes sociales. En Facebook puede usar https://www.facebook.com/notes/fernando-garc%C3%ADa/teorema-pentimento/10213464841600599/. Si desea hacer un comentario, este será bienvenido en Pi.Teorema@Gmail.com