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A vuelo de pájaro

Un relato memorable (Parte 2)
Fecha de Publicación: 29/06/2017
Tema: Literatura

…Pero fueron muy amables y Alejo prefirió cerrar la situación dirigiéndose al tercer comensal, al que aún no he presentado.
¿Y a usted le gusta la literatura, coronel?”.

Este tercer invitado, era también un hombre brillante, pero de otro modo, era un hombre taciturno, casi tímido, resumen para mí de infinitos hechos y sentimientos que marcaron el quiebre de mi vida hacía entonces 13 años, cuando yo recién cumplía los 18 y la historia de mi país se fracturó. En realidad, él era la sorpresa que me tenía reservada Miguel Ángel para esa noche.

Cuando llegó al departamento y lo vi entrar, saludando muy atentamente a Blanquita y luego al dueño de casa, lo reconocí de inmediato en su porte muy digno, irremediablemente altivo, pero discreto.  Jacobo Árbenz, el gobernante que impulsó la Reforma Agraria en Guatemala al inicio de la década de los 50, estaba allí después de su gloria y de su humillación, tendiéndome la mano con la cordialidad con que se la ofrece a los compatriotas en el extranjero.  Le estreché la mano a Jacobo y luego, aún sin salir de mi estupefacción participé en el obligado ritual de alzar las copas con el trago de bienvenida al recién llegado y lo hice de manera casi religiosa, invocando a quién sabe que puta divinidad del panteón de los agnósticos, la que me guio para encontrarme con la mirada de Miguel Ángel a quien pude decirle a media voz “Muchas gracias Maestro”.  El respondió con una sonrisa y un gesto afirmativo desde atrás de su alzada copa de agua mineral pues, a esas fechas, ya tenía totalmente prohibido el alcohol.

Siempre hay, en nuestra historia, algunos personajes a quienes uno mil veces ha querido tener enfrente para decirles cosas, para preguntarles cosas, para reclamarles cosas.  Esa noche yo tuve cerca de mí, a Jacobo Árbenz Guzmán, nuestro presidente, el joven adalid que resumía todos los entusiasmos y todas las esperanzas de una generación de guatemaltecos que empezamos, al conjuro de su imagen, a creer que la revolución latinoamericana era posible y que ésta empezaría en Guatemala, pero que no fue capaz, en el momento crucial, de entender la solidez de ese empuje (o talvez sí y también comprendió con justeza las circunstancias) y que cuando la traición militar lo obligó, no se atrevió a lanzarse con esa juventud decidida que lo seguía, a enfrentar con gesto heroico de pecho descubierto como nuestra fantasía lo esperaba, a la vileza de chafarotes y prefirió evitar el baño de sangre juvenil y capitular sin haber peleado.

La noche de aquel domingo, cuando escuchamos por la radio la renuncia de Jacobo a la presidencia, fue el momento más atroz para miles de jóvenes guatemaltecos.  A mí me tomó a mitad de la amargura de la despedida con mis padres, cuando les informábamos, mi hermano y yo, que nos ausentábamos de la casa porque, junto con varios compañeros, nos concentraríamos en la “Casa de la Juventud”, donde estábamos pernoctando desde hacía varios días, y de donde partiríamos a recibir instrucción militar para preparar la defensa del gobierno revolucionario.

El esperado mensaje, corto y si adornos, de Jacobo aquella noche congeló el momento dramático que se estaba viviendo en la sala de mi casa y quebró la estructura del mismo.  El silencio que quedó entre la familia y algunos amigos que estábamos sentados en los sillones de la sala, imposible de romper, hizo subir la amargura hasta el desborde y nos envolvió a todos.  A mi viejo, que no había sido un entusiasta de nuestras ideas, esa noche, antes de la renuncia, lo habíamos oído decir mi hermano y yo “hijos, debo admitir que hoy estar con Árbenz, es estar con la patria” y ahora, después del discurso, descubrí humedad tras la mirada fuerte de sus ojos.  Mi vieja me preguntó “¿de todos modos te vas?”.

Sí. Me gusta mucho la literatura, señor Carpentier.  Me hice consciente de eso cuando hace algunos años, junto con mi mujer y un poco a instancias de ella, nos metimos de lleno a estudiar temas políticos.  Cuando me inicié en serio en la vida política. Ese estudio, que sólo se fue haciendo sistemático en el camino, me condujo al mundo maravilloso de la literatura.  Y ahora echo de menos todo el tiempo que perdí antes de haberlo conocido, porque hay tanto, que una vida no es suficiente para leer todo lo que uno debería leer en este mundo.  Usted sabe, yo hice la carrera militar…

La cena transcurrió como debía transcurrir.  Ambiente agradable, conversación inteligente con destellos brillantes de vez en cuando, poca referencia a la política contingente y, cuando la hubo, más bien se refería al universo macro, era la guerra fría la que venía a cuenta y la criminal estupidez yanqui en su nueva aventura de Vietnam.

Mis mil preguntas para Jacobo se quedaron sin ser formuladas ni siquiera en mi cabeza porque, aun en el mejor de los casos, cuando hubiésemos estado a solas y en una excelente disposición de construir un diálogo, la verdad es que nunca supe ni antes ni después, qué es lo que quería o debía a preguntarle al héroe caído.  Mi sentimiento hacia él era, en aquella grata mesa del departamento parisino en el que la vida nos reunía festivamente, junto a otros dos grandes, una mezcla de cariño y de pena, nunca fue de reproche.  Lo sentí cordial y honesto. No era ni la figura de dimensiones míticas que encarna todos los sueños colectivos de una generación, ni el delincuente en calzoncillo que mostró, con especial deleite, la revista norteamericana “Life en español” en su portada, pasando la aduana del aeropuerto, mientras los policías yanquis y sus infames lacayos nacionales lo registraban, con especial dedicación, ante las cámaras no con el objeto de despojarlo de algo que pudiese llevar escondido, sino para humillarlo hasta el extremo.  Y él, en el peor momento de su vida, sintiendo todo el sabor amargo de la derrota, reprimiendo la tormenta interior del auto reproche por haber preferido evitar la hecatombe de la legión de jóvenes, dispuestos a todo,  que lo queríamos apoyar y el holocausto de su propia vida, enfrentando el tormento de la humillación con porte digno, casi altivo, que convertía a la tropilla de serviles que revoloteaba a su alrededor en una masa babosa de indignidad y de asco.

“No, mamá.  Con esto se cambiaron todos los planes.  Ya no debemos partir a ninguna parte.”

“Creo que así es mejor, m´hijo.  Eso me deja más tranquila”.

        “Cierto vieja”, dijo mi hermano, “pero de aquí en adelante pueden suceder muchas cosas.  Habrá que estar preparados”.
 
 
   
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