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A vuelo de pájaro

Un relato memorable (Parte 1)
Fecha de Publicación: 25/06/2017
Tema: Literatura
París, 1967. Aquel año Miguel Ángel Asturias, nuestro embajador en Francia, había recibido el Premio Nobel de Literatura y Guatemala se cubría con su gloria.

Una pléyade de jóvenes se congregaba con frecuencia en la Embajada para escuchar la palabra de Asturias y recibir su generosa hospitalidad, entre ellos mi hermano José Arturo Matute, que se encontraba en la Ciudad Luz como estudiante becado por el gobierno francés. Esas tardes del otoño parisino de 1967 supieron llenarse con el entusiasmo de la conversa de un grupo de jóvenes latinoamericanos y la voz potente y sabia de un Premio Nobel que soltaba con tranquilidad sus anécdotas …, afirma Arturo en su libro “Memorias del olvido”.

A raíz del otorgamiento del Nobel además de la visita de los jóvenes, Miguel Ángel recibía correspondencia de todas partes del mundo, lo cual algunas veces era bastante abrumador. De manera que un buen día, guiado por el afecto hacia Arturo, y sabiendo que hablaba con fluidez y propiedad tres idiomas y leía y escribía en otro número igual, el escritor le ofreció un trabajo de medio tiempo para que respondiera aquellas innumerables cartas. El Nobel por cierto, firmaba con una gran confianza todas las misivas que escribía el joven Arturo en su nombre.

De aquellos años vividos en París, Arturo atesoró recuerdos que casi al final de su vida publicó en un libro de relatos intitulado “Memorias del olvido”, escrito durante los marcados otoños, inviernos y veranos australes, cuando ya se había jubilado. En él, como afirma en el prólogo reúne los
“aconteceres que son nada más que pinceladas en el cuadro general de mi existencia (…)”. Aconteceres que van formando el itinerario de su vida que transcurrió en varios países, y se entrelazan con los importantes períodos históricos que presenció y su participación en algunos. La Historia se va mezclando con su anecdotario personal.

De esas páginas rescato un relato memorable: VII. Con tres grandes a la mesa, para compartirles una historia de la vida real, la cena del joven Arturo Matute con tres grandes. Uno de ellos, por supuesto, es Miguel Ángel Asturias, quien, al igual que los otros dos personajes que comparten la mesa con él le dejan su impronta en un imborrable recuerdo. Esa cena imposible de olvidar, aconteció el mismo año del otorgamiento del Nobel a nuestro más grande escritor.
He querido compartir este relato, una visión muy cercana de la intimidad del gran escritor Miguel Ángel Asturias, como un tributo a su memoria en este mes de junio en que se conmemora su fallecimiento. Y también como un tributo a la memoria de mi hermano, José Arturo Matute, un intelectual destacado que dedicó su vida a la educación durante sus treinta años de servicio en UNESCO.



VII. Con tres grandes a la mesa

Otoño austral 2011

¡Matute! Me llamó Miguel Ángel, cuando yo ya me había despedido y salía hacia mi casa aquella tarde de noviembre, como todas las tardes al concluir mi tarea de atender las misivas de felicitación que llegaban a la Embajada en grueso caudal en esos días, cuando se acababa de informar sobre el otorgamiento del Premio Nobel a nuestro embajador en Francia, el escritor Miguel Ángel Asturias.

Me volví para atender el llamado.

-¿Si, Maestro? (Yo gustaba de llamarlo Maestro, usando la palabra con actitud reverencial, para dotarla de toda su más noble connotación).

-¿Tiene algo qué hacer esta noche?

-Pues… no. Voy para mi casa y ahí me quedaré hasta mañana.

-Véngase a cenar. Le tengo una sorpresa, me dijo con un cierto tono cómplice.

¡Vaya! Pensé ¿qué cosa notable me quiere hacer conocer el Maestro?

Le agradecí adecuadamente la invitación y, para mis adentros, también la distinción que aquel convite implicaba, pues no era el simple acto de llegar a comer a su casa, sino que el evento sería marco para esa “sorpresa” de la que me hablaba.

Miguel Ángel me había cobrado cierto afecto, prueba de ello era su confianza al pedirme que fuera su “escribiente” de cartas personales de respuesta a las felicitaciones recibidas con motivo del otorgamiento del Nobel. Confianza que se hacía patente en mi discreción al entregarme la “montaña” de cartas llegadas, no todas de inspiración “celebratoria, sino algunas más bien de indignación y de reclamo por las cosas que se estaban viviendo en Guatemala.

El gobierno de Méndez Montenegro, de convicción democrática y electo con todas las de ley, se carcomía por su incapacidad de gobernar frente a núcleos de poder fáctico y se veía dicho declive en hechos cada vez más graves que estaban llevando a Guatemala a convertirse en una negación de las aspiraciones democráticas. Había una notable insistencia, llegada de las más diversas partes, para que el distinguido literato renunciara a la Embajada de Guatemala en París. Faltaba muy poco para el execrable crimen de la bella Rogelia Cruz, que marcó un hito en la pendiente de violencia en Guatemala. Sin embargo Miguel Ángel aguantaba el chaparrón y seguía siendo el Embajador y, eso sí, mantenía de manera pública su vinculación con las personas y personajes que él consideraba limpios ante la contingencia y ante la Historia. Y, de manera muy discreta, funcionaba como “el embajador de los guatemaltecos” (no del Gobierno de Guatemala) ante los países socialistas. El único vínculo que un buen número de jóvenes chapines, que estudiaban “del otro lado” tenían con su país para asuntos oficiales y hasta para cosas personales.

Si me ha hecho una invitación a cenar, pensaba mientras me desplazaba en el “metro” hacia mi departamento en Charenton Écoles, y me anuncia una sorpresa, ésta solo puede ser de algo que se vaya a servir en la cena o de la presencia de otro comensal muy especial ¡no puede ser otra cosa!

¿Algo que se vaya a servir esta noche? Algún vino maravilloso. Pero yo no soy el catador más calificado del grupo. Yo soy lo que se llama un buen chupador, tengo también lo que en Guatemala llamamos “cultura alcohólica”, pero eso está lejos de una invitación especial para degustar un fino morapio. ¡No! ¡Eso no puede ser!

¿Algún plato chapín? Sería maravilloso. ¡Un buen pepián! ¡Revolcado! ¿O qué otra cosa? No. Rotundamente eso no puede ser. Dentro del amplio espectro de amistades de Miguel Ángel no puede ser que me escoja a mí para saborear un buen plato de la tierra. No. Eso no es.

Tendrá que ser la presencia de alguien que va a estar también esta noche cenando allá. ¿Algún viejo amigo mío? Podría ser, pero nadie de mis conocidos iba a llegar primero a Miguel Ángel y luego, con especial ceremonia a mí. ¿O una amiga? ¿Por qué no? No, no lo creo. Es más bien que él me quiere presentar a alguien. Pero eso debe obedecer a alguna razón determinada. Sin embargo, esa mesa no es muy grande, eso significa que no seremos muchos. Sea quien sea, me siento honrado por la distinción que el Maestro me ha hecho con este convite.

Arreglar dos o tres papeles, disponer lo necesario para mi asistencia a clases a l’École Normal Supérieure del lunes, estábamos a viernes, revisar algún trabajo en elaboración, terminar de leer un artículo empezado el día anterior y luego sacar una camisa limpia, un pantalón y una chaqueta presentables, una rápida repasada de la rasurada de la mañana y los toques finales para asistir a una cena, no sabría decir si a la Embajada o a la casa de Miguel Ángel, que aunque fuese un mismo lugar, la apreciación variaba.

Aparte de los de casa, Miguel Ángel y su mujer Blanquita, habíamos tres invitados. Y efectivamente me tenía una sorpresa.

Cuando me presenté aquella noche en el departamento de la Rue de Courcelles, supe que los invitados éramos dos guatemaltecos y un cubano. Este ya se encontraba allí, junto con Miguel Ángel y su esposa. El otro guatemalteco llegaría en cualquier momento...

 El invitado cubano era nada menos que el autor, entre otros títulos, de Los pasos perdidos, El reino de este mundo y el Siglo de las Luces que, por cierto, este último título era lo único que yo había leído de él. Sí, era Alejo Carpentier, quien cumplía funciones en la Embajada cubana en París.


Carpentier es el creador más señalado de lo que se llama lo “real maravilloso” en la literatura latinoamericana y, sin duda, en términos de méritos literarios, había sido un rival de temer para el anfitrión en sus aspiraciones al Premio Nobel. Pero esa noche Alejo Carpentier estaba allí, disponiéndose a cenar conmigo a la mesa de Miguel Ángel Asturias, por cierto alto representativo del “realismo mágico” y ganador del Premio Nobel de ese año 1967. Es decir que yo estaría a la mesa junto a un Premio Nobel y uno de sus más sólidos contendores y en medio de dos creadores de conceptualizaciones literarias muy similares, las que me sirvieron para generar uno de esos momentos raros, un poco difíciles, cuando dos creadores con egos bastante crecidos por su propia historia, por lo que saben que la crítica dice de ellos y a final de cuentas por auto aprecio, son forzados a hablar de algo propio que se roza con algo muy parecido de quien, en los términos más cordiales, comparte la mesa con ellos.

Yo me atreví a preguntar, por burro, sin dirigir a nadie específicamente la pregunta, de la manera más inocente: “Ahora, que tengo el privilegio de tenerlos a ustedes dos aquí juntos ¿me podrían explicar cuál es la diferencia entre el realismo mágico y lo real maravilloso?”.

Hubo sonrisas apagadas, talvez un poco molestas, en ambos y yo me di cuenta que había metido la pata, en mi inquietud de traer a la conversación un tema interesante. Casi les digo “mejor hablemos de fútbol”, pero ya uno de ellos, no me acuerdo quien, soltó “esas, mi joven amigo, son invenciones de los comentaristas y de los que se quieren llamar “críticos”. No les preste mucha atención”.

“Efectivamente”, apuntaló el otro. “Yo prefiero escribir como me vaya saliendo del alma, del corazón, de la cabeza o simplemente de la mano, que es con lo que, a final de cuentas, uno escribe”. “Quién se va a preguntar, cuando ha agarrado fuerza en una descripción o una narración, construyendo un relato ¿le doy una solución real maravillosa o mágico realista?”.

“En realidad”, corroboré, con la confianza que me habían dado sus palabras y haciendo uso de una familiaridad que, en justeza de apreciación, nadie me había concedido: “esas son babosadas, ¿no es cierto?”.

Ambos se miraron y esbozaron una sonrisa. Estoy seguro que pensaron “Este pobre huevón”. Pero fueron muy amables y Alejo prefirió cerrar la situación dirigiéndose al tercer comensal, al que aún no he presentado.
(Continuará)
 
 
   
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