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Mi Esquina Socrática

Sentido común (Parte 2)
Fecha de Publicación: 20/06/2017
Tema: Valores
El horizonte del sentido común sobre el que aquí hablo es el de la experiencia de todos los días.
Es así sobre lo que vemos, oímos, olemos, gustamos y tocamos a diario. A ello habría de añadírsele todo lo que imaginamos, es decir, lo que reconfiguramos mentalmente entresacado de esa realidad ambiente. Y así mismo la primera manifestación de que siempre somos libres para ensayar algo nuevo y diferente.

Es el mundo, más allá de la familia nuclear, el de la división del trabajo,sobre elque empezamos a aprender en la escuela, o en labores de servicios, o agrícolas, o en las fábricas, o en la bolsa de valores, o hasta en los salones de los gobernantes. Y todo ocurre, y entre todos, encima de esta bellísima bola azul sobre la que nos desplazamos en torno al Sol y que llamamos Tierra, desde la que ya saltamos hasta la Luna y desde la que pronto empezaremos a remodelar Marte, y aún más allá…

Es también refugio nuestro para la poesía, la música, cualquier forma de arte, también la guerra, también toda otra forma de competencia, incluso en las ciencias básicas y las avanzadas…

Es, en síntesis, ese gran Teatro del Mundo que nos pintó en versos Calderón de la Barca y en el que nos precipitó William Shakespeare.

Maravilloso mundo, aunque con no menor frecuencia, también “valle de lágrimas”.

Es ese mundo vivenciado por incontables generaciones de Quijotes y Sanchos,desde que emergieron nuestros más remotos abuelos, aquellos Cro-magnones de hace unos cuarenta mil años, y cuyo distintivo específico era un cráneo de mil quinientos centímetros cúbicos y validos de una ambulación erecta, y desde quienes los rudimentos de la lógica les bastaron por cuatro milenios de egipcios, griegos, romanos y germanos.

Esa lógica, en una palabra, es lo que llamamos “sentido común”. Identificable con mucha más facilidad cuanto más apremiante y dolorosa resulte nuestra supervivencia.

Encima, sobre el que se ha desenvuelto la maravillosa y polícroma historia de la literatura universal, desde las primeras anécdotas contadas junto al fuego nocturno por los nómadas hasta modernamente los gigantescos dramas polifónicos de Wagner y Verdi.

Así hemos podido vivir, crecer y prosperar por unos cuarenta mil años, siempre de la mano de nuestro sentido común.

Pero hay un punto de partida y un punto final para todo, en este caso, ese otro mundo invisible, descubierto por los científicos hace poco más de cien años, de todo lo subatómico, por un lado, y de ese otro, aún menos visible, de lo revelado paulatinamente a la Fe de los hombres desde hace unos cuatro mil años a través de los profetas del Antiguo Testamento primero y, en definitivo, revelado en la persona de Jesús de Nazaret. Para esos nuevos horizontes de la ciencia y de la religión, previamente del todo insospechado, nuestro sentido común es absolutamente insuficiente.

Aunque ajeno a todos esos puntos fronterizos insondables, el sentido común para todo lo demás nos baste.

Respecto a lo subatómico nos empezó a internar en el a principio del siglo XX –y siempre aparentemente contrario al sentido común–, Max Planck, con sus cálculos quánticos sobre partículas subatómicas que podían estar en dos sitios diferentes y recíprocamente muy remotos al mismo tiempo.

La cumbre conceptual de eso novedoso de lo quántico nos la proveyó un joven científico alemán de principios de la década del mismo siglo: Werner Heisenberg, con su desconcertante Principio de Incertidumbre. De acuerdo a esto, por ejemplo, así, nuestra ciencia de lo físico puede determinar la velocidad de un electrón, pero no al mismo tiempo su posición en el espacio; o localizar este último, pero en cambio, sin poder en absoluto determinar su velocidad. Esto sacudía hasta sus cimientos toda posibilidad científica de certeza en el mundo de lo subatómico.

A ello se sumó la originalidad de otro genio, Albert Einstein, que se atrevió a demostrarnos que el tiempo y el espacio son relativos a la mente que los experimenta. Y así, a mayor velocidad espacial más lento discurre el tiempo, otro punto de vista que hacía pedazos el orden matemático universal de Isaac Newton.

Y por el otro extremo, el de la conducta moral meramente humana, con aquella hecatombe de la Pasión de Cristo aparentemente sin sentido, pero seguido del impresionante fuego de luces de Pentecostés, nos desplazó conceptualmente sin previa advertencia más allá de la misma muerte que universalmente sufre todo lo creado, sin posibilidad, por tanto, de ajustar la conducta humana meramente a toda lógica del sentido común. Y desde ese ángulo, lo pobres, no los ricos, han sido los bienaventurados. Y los perseguidos por su amor a la justicia, no sus perseguidores, los bendecidos. Y los misericordiosos, no sus verdugos, los triunfadores en el Reino de los cielos. Y aun el más pequeño de entre los mansos y humildes de corazón, los más grandes. “Transvaluación de todos lo valores”, que diría Nietzsche. ¿Qué queda, entonces, de lo que nos enseñaba al respecto el sentido común?...

Aporías desconcertantes, misterios insondables, para este nuestro sentido común, por ambos extremos: el de la ciencia y el de la Fe.

Sin embargo, yo quiero ceñirme aquí solamente a ese mundo limitado más prosaico y universal de nuestro común sentir y entender, porque de acuerdo a ello discurre nuestro también más común discernir y lograr. Así entendido el sentido común, dejemos a los Quijotes estrellarse contra los molinos de viento y montemos la mula de Sancho Panza. Porque ahí vivimos irremediablemente todos durante este intervalo que llamamos “vida”, y en el continuamos enquistados la totalidad de nosotros, salvo algún que otro Einstein o algún San Juan de la Cruz.

Empezamos a mamar el sentido común del pecho de nuestras madres; de ahí que lo sepamos resumir acertadamente según ese dicho de que “niño que no chilla no mama”. Lo mismo nos lo reiteran más tarde los maestros de primaria con sus calificaciones y estímulos académicos. Y nos lo refina la escuela secundaria, lo que más tarde el trabajo retribuido nos completa. Por ejemplo, como lo aseveran esos tantos otros dichos populares, “al que madruga Dios lo ayuda” o, “más vale pájaro en mano que cien volando”...

Tal pozo de sabiduría proverbial es la gloria de los ancianos y aun la herencia también de sabios y científicos de toda laya, aun de todo hombre y mujer común: como nos lo retratan los escritores costumbristas, un Ricardo Palma en Perú, o, contemporáneamente, una María Elena Schlessinger, en Guatemala.

Hasta lo podríamos incluir como la raíz última del sentido de lo justo y de lo comedido, como quedó inicialmente encerrado en el libro del Eclesiastés o en el Código de Hammurabi, y, desde ahí, en cualquier derecho consuetudinario, anterior a toda esa otra consideración mucho más tardía de reflexiones jurídicas sobre la ley positiva.

Este mundo por el que todos hemos pasado, pasamos y pasaremos, –salvo esos pocos excéntricos que se escapan por la tangente de lo subatómico o de lo místico– es el que nos queda para todos nosotros como guía eficaz de nuestra conducta cotidiana. Y en el quiero permanecer ahora a lo largo de estas reflexiones.

Por ejemplo, a partir de ese hecho inobjetable de que todos nacemos desnudos, y que, por consiguiente, del que podríamos derivar, por lógica común, que la pobreza es el estado natural del hombre; la pregunta por hacer no sería por qué todavía algunos continúan siendo indigentes, sino que, por qué la mayoría a nivel mundial ya no lo somos.

Este pudiera ser entre otros, un buen punto de partida…
(Continuará)
 
 
   
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