ENSAYOS >
Título:     Tema:     Autor:    

Teorema

El inmortal
Fecha de Publicación: 10/06/2017
Tema: Thanatos

Su impresión era distinta de la que se tiene al despertar. No tenía ninguna percepción. Ni siquiera sabía si estaba acostado o de pie. Antes también había tenido cortos lapsos de conciencia. Ignoraba cuánto tiempo había transcurrido desde el último.

Consiguió ordenar sus recuerdos. Se vio a si mismo manejando su automóvil. Recordó la carretera. El enorme tráiler que se le vino encima. Rememoró su intento desesperado por virar. Tenía presente el ruido ensordecedor y polvo, mucho polvo, saliendo del vehículo.

Después, nada. Ausencia de todo. Suponía que estaba en un hospital. Pero no podía ver. No podía oír. No sentía su cuerpo siquiera. Hubiera querido experimentar dolor, algo. Pero había perdido contacto con el mundo. Estaba aislado de todo y de todos.

El primero de esos lapsos consciente, fue más largo que los otros. El anterior había sido el más corto. Intuía que este duraría aún menos. Que podría ser el último.

Pensó en lo que había dejado sin hacer. Antes, su situación lo habría preocupado enormemente. Habría experimentado estrés y angustia. Se sorprendió al encontrar que ahora no le importaba.

No sentía tristeza por su situación, ni le causaba ansiedad. Todo era muy racional. Hasta cuando consideró que su hija menor, ahora niña, algún día se casaría y no sería él quien la acompañara en el altar. En otra ocasión, esa idea lo hubiera hecho llorar. Esta vez no sintió nada.

Lo que funcionaba era su inteligencia y, solo parcialmente, su memoria. Su cuerpo y sus sentimientos estaban como desconectados. Había sucedido precisamente lo que muchas veces temió que le pudiera suceder. Estaba muerto dentro de un cuerpo, clínicamente aún vivo.

Adivinó que después del accidente lo habían hospitalizado. Seguramente alimentaban su cuerpo con sueros. Un aparato ayudaba a que su corazón palpitara; otro apoyaba a sus pulmones para que pudieran medio respirar. Lo mantenían vivo en un hospital. Posiblemente en una sala de cuidados intensivos.

Siempre había estado seguro de que ante una situación así, no querría seguir viviendo. Alguna vez, años atrás, hablando con su esposa le había dicho que en tal caso, ella debía ordenar que desconectaran los ingenios que le impedían morir. Sin embargo, siempre temió que llegado el caso, ella no seguiría sus instrucciones. Que en oposición a sus deseos, los médicos la convencerían de actuar en contrario.

Sus hijos estaban demasiado jóvenes para participar en la decisión. Si les consultaban, harían exactamente lo opuesto de lo que él deseaba. Sus padres, que aún vivían, ya habían envejecido. Pensaban como él al respecto, pero lo hacían en relación consigo mismos. Ellos no tomarían esa determinación por él.

Entonces había concluido que necesitaría de alguien que lo representara legalmente e hiciera que sus deseos se cumplieran. Este debería tener una autoridad superior a los médicos y a su familia. Debería ser Alfonso o Alberto, dos viejos amigos suyos con quienes había discutido esa posibilidad. Ellos hubieran podido ejecutar su mandato. Salvarlo del vacío, del encierro, del silencio.

Tiempo atrás se habían juntado en la oficina de Alfonso para hablar sobre cómo prevenir que esto sucediera. Fue un viernes por la noche. Afuera llovía. La reunión había sido corta. Encontraron que no tenían nada que discutir. A pesar de la seriedad que concedieron al tema, en lo fundamental ya estaban de acuerdo. Lo que faltaba era actuar.

Alberto había aportado los documentos que servirían de base para elaborar el documento de Mandato con Directrices Médicas Anticipadas (Living Will o Advance Medical Directives, en la terminología norteamericana). La colección de papeles era extensa. Todos estaban en inglés. Unos provenían de hospitales norteamericanos. Otros los había obtenido por la Internet.

Le impresionó que Alberto estuviera tan bien informado. Pensó que la posibilidad de terminar con vida vegetal le había preocupado más que a él mismo. Su amigo había depositado en sus manos una copia del documento principal. El mismo que muchos norteamericanos habrían utilizado para otorgar un mandato asegurando que su voluntad se cumpliría en caso de pérdida definitiva de conciencia, de llegar a un estado vegetativo permanente.

Aquella noche, después de la reunión, lo había leído cuidadosamente. Había estado de acuerdo con el contenido. Sólo restaba traducirlo. Después debía conseguir que un médico le explicara algunos términos y conceptos propios de su disciplina que aún lo confundían.

Además, necesitaría la opinión de un abogado especialista en derecho penal. Habría que adaptarlo a la legislación guatemalteca. También podría necesitar que un siquiatra certificara que aquel acto de su voluntad era emitido dentro del pleno control de sus facultades mentales.

Eso era todo. Alfonso y Alberto aceptarían ser sus representantes legales en ese acto y él se comprometería a serlo con ellos. Llegado ese punto, sólo le hubiera restado firmar el documento y… ¡a morir tranquilo!

Pero no lo había hecho. Lo dejaron “para otro día” y ahora estaba allí, condenado a un cuerpo que no dejaban morir. Inmerso en una situación que se extendería hasta que los ahorros de la familia no pudieran cubrir la cuenta del hospital.

Ese sería el límite, si no se les ocurría vender el carro, luego la casa, más tarde endeudarse, después... hasta hacerlo inmortal.

Durante las últimas semanas hemos tenido dificultad para enviar los artículos de Pi por correo-e. Estaremos sumamente agradecidos con quienes nos ayuden reenviándolos a través de sus listados personales o distribuyéndolos por las redes sociales. En Facebook puede usar https://www.facebook.com/notes/fernando-garc%C3%ADa/teorema-el-inmortal/10213232781399239/ Si desea hacer un comentario, este será bienvenido en Pi.Teorema@Gmail.com