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Mi Esquina Socrática

Sentido común
Fecha de Publicación: 07/06/2017
Tema: Valores
En realidad, “el menos común de los sentidos” según algunos escépticos sobre la sensatez humana.

Lo traigo a colación a propósito de ese complejo psicológico de inferioridad frente a todo lo extranjero del que parecen adolecer a veces algunos jóvenes y viejos por lo demás muy ilustres e inteligentes, y bajo este cielo tan rico en héroes del espíritu y que ellos no parecen tener en cuenta y por ello ni se alientan a emularlos. Algo al respecto muy grave nos está fallando evidentemente en el sistema educativo guatemalteco.

El “sentido común”, es decir, lo que a diario aprendemos de la experiencia, tampoco ha sido un tema prioritario en las tradiciones intelectuales y políticas en el marco de españoles, franceses e italianos, que han constituido el firme substrato de las culturas Iberoamericanas. Sí, en cambio, en el amplio mundo anglosajón, tanto de allá como de acá.

Hasta una escuela de pensamiento filosófico emergió entre ellos a fines del siglo XVII, más concretamente en la Escocia presbiteriana que se autocalificaba precisamente como “la filosofía del sentido común”.

Nosotros, por nuestra parte, nos hemos mostrado proclives a desarrollar teorías y esquemas soñadores en exceso y demasiado especulativamente alejado de la experiencia cotidiana, a un costo en utopías mal sanas con frecuencia altísimo y permanente. A esta nuestra herencia han contribuido eminentemente el pensamiento de Platón con su mundo de las Ideas contrastado con el mundo de las apariencias sensibles entre los griegos y el apriorista René Descartes entre los racionalistas modernos.

¿Por qué entre los anglosajones no ha sucedido lo mismo? Al fin y al cabo también en ellos dejaron sus huellas griegos y romanos.

De ahí que la alta cultura entre nosotros haya tendido modernamente a enfatizar más, con pocas excepciones, los placeres de las actividades intelectuales, artística y del ocio, que aquellas otras ocupaciones productivas del trabajo manual y de los deportes corporales.

La gran escisión en la Europa medieval ocurrió entre los anglosajones con la victoria de los normandos francófonos sobre los mismos en la batalla de Hastings en 1066. De ahí surgieron dos clases sociales de origen étnico la de los aristócratas que hablaban francés y la de los labradores que hablaban anglosajón. Por eso, hasta el día de hoy, los ingleses proclaman ufanos que su lenguaje es el más rico de Occidente. Naturalmente, para un mismo hecho ellos tienen dos sinónimos, uno derivado del latín mediante el francés, y el otro del idioma germano común a casi todos los pueblos que arrasaron con el imperio romano.

Y por eso mismo, los términos en idioma inglés que se refieren a lo concreto y material suelen transparentar su origen anglosajón, mientras que los vocablos que se refieren a las realidades superiores del espíritu (la justicia, la razón, la verdad, el derecho, la ley, la humanidad) se remiten casi siempre a vocablos originarios del griego o, más frecuentemente, del latín.

Los iberos de la Conquista tenían, por tanto, una fuerte impronta grecolatina y no tanto germánica. La misma Conquista reforzó en ellos ese sentido de superioridad cultural sobre los pueblos asiáticos asentados en este continente desde Alaska a la Patagonia. Algo de todo eso se refleja claramente en la historia guatemalteca, aun hasta el día de hoy en las zonas más rurales del país.

Quiero añadir otra expresión de lo mismo que empezó a saltar a la conciencia española allá por los tiempos de la decadencia de la monarquía borbónica insinuada en los frescos del gran Francisco de Goya. La Generación del noventa y ocho también lo tuvo muy en cuenta hasta los tiempos del no menos grandioso Federico García Lorca: el fenómeno del “señorito”. Fue un producto de la burguesía emergente de su tiempo, como el “hidalgo” lo había sido de la nobleza de sangre aristocrática.

El perfecto inútil para el trabajo manual; pero por lo mismo derrochador de ingenio poético y musical. Entre nosotros, un Rubén Darío.

Son modelos históricos ya en gran parte superados. Pero por otra parte, el siglo XX fue calificado por Walter Lippman como “The American Century”. Y, efectivamente, nos estamos norteamericanizando como el resto del mundo, estemos de acuerdo o no.

La cultura de nuestros vecinos del Norte no se basó en la Conquista de grandes civilizaciones imperiales como la de los aztecas, los mayas o los incas. Fue más bien una migración dolorosa a través de un mar muy traicionero y muy ancho de europeos profundamente insatisfechos con sus situaciones personales en la Vieja Europa.

Tuvieron que subir desde la nada, pues casi nada encontraron ya hecho. Clavos, ladrillos, telas, armas, las hubieron de construir desde la nada. El trabajador por siglo y medio era pobre casi tanto como sus empleadores (“Indenture servants”). La ulterior Conquista del oeste tras la independencia no fue menos dolorosa y llena de privaciones y peligros. América del Norte se hizo desde el trabajo libre pero agotador por los pobres de la metrópoli británica y de los insatisfechos por las religiones establecidas en su vieja Europa.

América del Norte, pues, se hizo un monumento a lo hasta entonces inédito: el del labrador, el minero, el pescador y el comerciante totalmente libres al escoger su destino pero al ingente precio de la inseguridad, la escasez, la lucha a muerte con muchos de los indígenas y sin la protección y ayuda de un poder imperial, como lo fueron para sus emigrantes americanos España, Portugal y Francia.

El americano ha sido casi siempre un “self made man”, aun entre los negros libres después de una horrenda guerra civil de cuatro años, hasta los días de Donald Trump.

Nuestro modelo, en cambio, ha sido el de conquistador de lanza y ariete a caballo, el del encomendero, el soldado, el llanero indómito, el revolucionario más o menos romántico.
(Continuará)
 
 
   
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