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Mi Esquina Socrática

La extranjerización de Guatemala
Fecha de Publicación: 24/05/2017
Tema: Guatemala
La extranjerización de Guatemala --una hipótesis-.


En mis 41 años de residencia en esta tierra, con frecuencia me ha sorprendido esa propensión en algunos guatemaltecos de poco apreciar la riqueza humana acumulada durante no siglos sino milenios sobre este bello suelo.

El país bulle de talentos enfilados hacia múltiples direcciones; también en logros intelectuales, religiosos, artísticos y empresariales. Pero algunos de sus hijos se muestran demasiado prestos a olvidarlos y a enfatizar, en cambio, las múltiples carencias humanas que nos aquejan como en cualquiera otra sociedad meramente humana.

Esta distorsión últimamente tan reiterada nunca me ha parecido tan descabellada como durante estas últimas décadas, coincidentes más o menos con la promulgación de la Constitución Política vigente desde enero de 1986.

No estoy seguro a qué poderlo atribuir, pero tengo mis sospechas. En el entretanto me he formulado algunas hipótesis tentativas al respecto.

Tras apagarse en este suelo el esplendor único de la cultura maya, siguieron unos seis siglos de abandono, de caos, nuevas invasiones desde el Norte y recurrentes conflictos tribales en una población por demás ya muy disminuida. Y al final, sobrevino la Conquista…

Al principio, esa nueva era pareció muy promisoria. Una cultura, totalmente otra; también una manera de organización territorial hasta entonces inédita, con pioneros deslumbrantes del espíritu con mensajeros como venidos de otros mundos: Francisco Marroquín y Fray Bartolomé de las Casas, entre muchos otros.

Pero la realidad criolla no pudo mantenerse a esa misma altura, a pesar de Rafael Landívar. Otros magnetos lejanos de oro y plata atrajeron más el empuje creador de los aventureros hispánicos. Fuera de la ciudad de la Antigua, el resto languideció sin remedio hasta las sacudidas telúricas de mediados del siglo XVIII.

Tres siglos después, por tanto, de la Conquista, una Independencia de papel “ilustrado” y “sin choque sangriento” se añadió a sus logros.

El feroz patriotismo de los pueblos mayor o menormente mestizos del resto de la América de entonces me lo explico porque aquel rompimiento de los criollos con la Madre Patria supuso mucho dolor y mucha sangre entre mexicanos, cubanos, colombianos, venezolanos, peruanos, chilenos y argentinos. Y la Independencia ganada a tan alto costo se atesora con tesón indeclinable. Solo aquí y en Brasil, se derramó alguna que otra lágrima. Eso fue todo.

Ese hecho de que la libertad del yugo colonial nos llegara de gratis, es parte inicial de mi hipótesis, a pesar de la letra y dulce melodía del Himno Nacional.

Y la auténtica autonomía política de este país hubo de esperar al gobierno de treinta años de Rafael Carrera, de corte conservador, precedido por el otro llamativamente, para aquellos tiempos liberal, de Mariano Gálvez, durante las dos décadas de la endeble Unión Centroamericana de la que Guatemala figuró como parte integrante y su ciudad Capital como la Capital de todos.

Así que ese detalle inmortalizado en el Himno Nacional de que “nuestros padres lucharon un día encendidos en patrio ardimiento, y lograron sin choque sangriento colocarte en un trono de amor”, nos revela el peso en la psique colectiva que ha tenido ese tan particular rasgo de mansedumbre.

Encima, creo que se puede descubrir en todo ello otro matiz histórico relevante: hasta la presidencia incluida de Reina Barrios, las influencias culturales y sociales más relevantes para la vida pública guatemalteca les llegaron desde la Ciudad de México, la antigua Capital del Virreinato. Así se repitió muy evidentemente en la Reforma Liberal de 1870.

Pero con la dictadura subsiguiente por veintidós años de Manuel Estrada Cabrera, el polo magnético de la vida pública en Guatemala empezó a desplazarse hacia la ciudad de Washington D. C.

Estrada Cabrera es para mí el arquetipo de lo más repugnante. Traicionero, mendaz, taimado, implacable, ladrón y muy supersticioso, lamentablemente no dejó de imprimir su huella nefasta en la psique colectiva de los guatemaltecos por muchos años, aun tras su deposición violenta y de su muerte poco después.

Jacob Boronowski, en su célebre obra “El Ascenso Humano” insiste en que los griegos han sido la prueba más contundente de que la confianza en sí mismos, en los propios poderes creativos, es la condición sine qua non para la emergencia y consolidación de toda civilización exitosa. Eso, creo, es precisamente lo que Estrada Cabrera le estafó a generaciones sucesivas de hombres y mujeres muy bien dotados y brillantes. Es lo que muchos analistas y estudiosos de la realidad nacional parecen a mis ojos no tener en cuenta lo suficiente. Porque de él han quedado aquí esas suspicacias recíprocas, esas animadversiones injustas, esos “ninguneos” mutuos, como hoy se dice, que tanto envenenan innecesariamente el diario quehacer, y el diario crear, de tantos guatemaltecos por demás ricos en dones del espíritu, indios, ladinos y criollos.

Los retratos literarios de la persona de ese tirano hechos por Rafael Arévalo Martínez en su “Ecce Pericles” y por Miguel Ángel Asturias en “El Señor Presidente”, son estremecedores y muchos de sus horrendos crímenes han sido sepultados por los guatemaltecos en el subconsciente colectivo como una instintiva autodefensa de la propia salud mental hasta el día de hoy.

De ahí también esa propensión por demás inexplicable a menospreciar lo propio y exaltar lo ajeno, como se ha evidenciado últimamente con el rarísimo fenómeno de la CICIG.

Esto hace, adicionalmente, sumamente difícil la cooperación voluntaria para el logro de fines cívicos comunes. En consecuencia, empuja a muchos a creer lo peor en los demás, como lo evidencia esa pasiva aceptación de la culpa de cualquier acusado aunque no hubiera sido jamás llevado a juicio ni vencido como lo manda el debido proceso. Eso, sea dicho de paso, puede ser también una explicación de que por qué tanta de nuestra prensa escrita se haya convertido en nuestros días en peladeros interminables...

Tragedia, a mis ojos, bien grave, porque un pueblo mal informado no puede dejar de elegir mal.

El mejor índice para mostrar la correlación numérica entre los guatemaltecos que todavía quieren comportarse como ciudadanos dignos de un Estado soberano y aquellos otros que ya parecen haber abdicado definitivamente a su autonomía personal, se transparenta en las últimas propuestas de “reforma” constitucional en el sector justicia, en teoría deber exclusivo de sus ciudadanos.

Por ejemplo, en 2009 setenta y tres mil ciudadanos hicieron uso legítimo de su derecho a proponer al pleno del Congreso unas reformas constitucionales previas a una consulta popular, que según el artículo 277 de la Constitución habrían de ser conocidas “sin demora”. Ocho años después, esas propuestas siguen olvidadas en las gavetas de la Comisión de Legislación y puntos constitucionales...

En cambio, este año se han presentado por diputados de la UNE y algunos otros grupúsculos de la izquierda tantas veces derrotada en los campos de batalla como en las urnas, otras propuesta de reformas, urdidas en secreto bajo la instigación de un colombiano muy ambicioso, y con el apoyo de un embajador norteamericano que de diplomático nada ha mostrado, y dos de sus pasivos adláteres locales, Thelma Aldana y Jorge de León Duque, y su discusión ha sido en cuestión de días precipitadamente impuesta a los diputados de turno.

Es decir, que el peso correlativo de setenta y tres mil ciudadanos es menor que el de un colombiano que cuenta con el respaldo de un portugués que nunca ha visitado Guatemala y de un norteamericano que lamentablemente todavía se mueve por este suelo.

No menos asombroso es que el Presidente de la República, don Jimmy Morales, a quien le ha sido encomendado constitucionalmente la defensa de la soberanía y la representación de la unidad nacional (Art. 183), permanece envuelto en un mutismo cómplice, que tal vez le ha sido contagiado por el algún fantasmal “oreja” de los tiempos de Estrada Cabrera.

Y que la actual Corte de Constitucionalidad, muy pronta a “suspender” las legítimas e imprescindibles operaciones de hidroeléctricas legalmente establecidas en territorio nacional, permanece, en cambio, pasiva, ante tanta descarada intromisión extranjera.

¿Por qué ahora tanta y tan mayúscula indiferencia hacia lo propio? Por si acaso el cosmopolitismo para mí es siempre saludable, dado que desde su perspectiva todas las culturas son tratadas por igual. Y la xenofobia, en cambio, siempre rechazable, porque pretende imponer la superioridad a priori de los valores de la cultura propia sobre los de las demás. Tampoco eso vale.

Historia, magistra vitae…
 
 
   
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