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Teorema

En la mente de otro
Fecha de Publicación: 22/05/2017
Tema: Piel adentro

Me encuentro en un hospital recibiendo terapia para mi cuerpo que sufre parálisis parcial. No puedo caminar, carezco de autonomía, necesito que me lleven, que me guíen; detesto que me lleven, que me guíen. Me consuela poder pensar con alguna claridad y haber conservado parte del habla. Me dicen que pudo ser peor, respondo que siempre puede ser peor.

Mis pensamientos se han vuelto negativos, pesimistas. Siento que es la existencia que, como el agua entre las manos, se escapa. Que una parte mía, mucho más que mi movilidad, se ha ido ya. Que parte de mi integridad como humano se ha perdido. Después de mi último derrame, tengo consciencia de mi precariedad.

Hoy experimento un temor que nunca conocí antes, el de sufrir otro accidente cerebrovascular (prefiero llamarlo así, me suena más profesional, menos vulgar). Esa posibilidad siempre existió, pero era un temor aletargado. Como todos, lo sentía lejano; hasta que un día ¡Paff!, me llegó como a una mosca el periodicazo fatal. Hoy tengo la plena e inquietante certeza de que podría suceder de nuevo.

Pienso que la calidad de vida que tenía, se arruinó cuando dejé de verme en el futuro. Muchas veces me he preguntado ¿Por qué no fue fatal? ¿Por qué lograron llevarme al hospital, demasiado tarde para que fuera inocuo, demasiado pronto para que fuera mortal? Mis pensamientos me impulsan a abandonar el presente, a abandonarlo todo. Entiendo que las ideas que me invaden, me causan daño. Temo que se vuelvan obsesivas, pero no sé cómo evitarlas.

Quisiera ser como esos creyentes que con fuerza, confianza, certeza... dicen: Señor, lo dejo todo en tus manos. Y ¡a otra cosa!, ya delegaron la solución de su problema y siguen tan tranquilos. Si fuera devoto, quizá estaría aquí mismo, viendo al piso y sonriendo como un iluminado. Para ellos las molestias, los dolores o la precariedad pueden permanecer, pero la angustia desaparece.

Yo no soy así, estoy hecho con otra pasta, someto todo a la razón, esa ha sido mi actitud ante la vida. Estoy habituado a tomar decisiones, a gobernar mis actos, a asumir responsabilidad por sus consecuencias. Encuentro intolerable que alguien decida por mí.

Aunque nunca he utilizado uno, sé que existe tecnología capaz de tomar un archivo de voz y convertirlo en uno de texto. Esas argucias me podrían ayudar. Debo pensar, verbalizar mis pensamientos, llevarlos a lenguaje escrito y editarlos, es lo que he hecho siempre, es el tipo de máquina que soy.

Si dejara de ver el mango de la silla que me aprisiona al tiempo que me libera, acaso pueda vislumbrar la recuperación de algunas facultades. De ser así, tal vez podría pensar en los problemas de otros. Reflexionaría sobre la rabia de Rousseff, el desconsuelo de Trump, el sabor a victoria de Putin, la desesperación de Maduro, la incertidumbre de los ingleses en las calles de Londres...

Tal vez, la tecnología me ayude a sobrepasar lo que queda del año. Acaso pueda hacer lo mismo que hacía antes, pero de otra forma. Quizá pueda llegar a ser como el pintor que pinta sujetando el pincel con los dientes, el guitarrista manco de ambas manos, o el pianista que hace lo suyo pese a tener una mano atrofiada...

Beethoven estaba totalmente sordo cuando escribió su novena sinfonía, dirigió los coros y la orquesta cuando la presentó en Viena, hace 193 años. En 1638 Galileo, ya ciego, dictaba la última parte de los Discursos. Stephen Hawking ha vivido casi totalmente paralizado los últimos 50 años por la enfermedad de Lou Gehrig. Pero no soy ninguno de ellos ni podría ya serlo jamás.

Hoy me visitó Luis Pedro. Le pregunté si había visto el cielo. Me vio extrañado, respondió que no, que ¿por qué? Le contesté con otra pregunta diciéndole ¿Cómo puedes vivir tu día sin ver el cielo? Solo sonrió y condescendiente habló de otra cosa. Entendí era yo quien hubiera querido ver el cielo y, si fuera posible, sonreír.

Había terminado este artículo aquí. Pero antes de publicarlo, pregunté a una persona que sin ser médico tiene una gran experiencia y máximo conocimiento sobre el tema. Con otras palabras dijo que muchos pensamos que, de perder nuestras facultades, querríamos morir. Agregó que tal supuesto es válido para muchos pero no para todos. Que algunos consiguen ser tanto o más felices que quienes no sufrimos ninguna forma de invalidez física.

Buscando entender, pensé: Si de un día para otro toda la población, excepto uno, adquiriera poderes extremos: la inteligencia de Kant, la condición física de Spitz, la habilidad de Messi, el carisma de Juan Pablo II… Siendo idéntico a como es hoy, uno sería comparativamente inválido ¿Lo convertiría esa situación en un ser suicidamente infeliz?
 
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