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Carnets

Y sin embargo se mueve
Fecha de Publicación: 15/05/2017
Tema: Filosofía
“Vive siendo libre, pero recuerda que tu libertad termina donde empieza la de los demás”
Jean-Jacques Rousseau
En declaraciones recientes, el Papa Francisco arremete, una vez más, en contra de la filosofía de la libertad calificándola de “amenaza”, de “movimiento antisocial”, de “invasor de la cultura”… El efecto de una declaración de tal magnitud, especialmente enviada por el Sumo Pontífice de la Iglesia Católica, es delicado. ¿Será posible que el papa Francisco no tolere la idea de que el hombre sea capaz de decidir libremente sobre su vida?

El “libre albedrío”, aceptado por la Iglesia Católica, afirma que los humanos podemos elegir y tomar decisiones propias. Solo asumiendo responsabilidad por nuestros propios actos podemos alcanzar la plenitud como tal y así acercarnos a Dios. Si el individuo culpa al destino o a la predeterminación divina de sus errores, a lo sumo llegará a ser un humano a medias. Aceptar el determinismo moral que plantea el pontífice, significa renunciar a la reflexión ética. Exige erradicar la creencia de que el hombre es capaz de llegar más allá de su realidad actual, de perfeccionarse, de trascender lo que ha sido.

Un comunista inteligente, por ejemplo, acepta que la producción capitalista es eficiente. Un agnóstico, suele ser respetuoso de los religiosos, su liturgia, ceremonias e incluso asiste a misa y participa en sus festividades. De igual manera cree que un católico del siglo XXI debería, como Lutero hace quinientos años, poder negar la autoridad divina del Papa y su consecuente infalibilidad.

¿Pero quiénes son los libertarios? ¿Qué es lo que piensan? ¿En qué creen? ¿Por qué la condena del Papa? Las primeras preguntas tienen una respuesta diáfana, fácil, abundante, inmediata. La última, necesariamente más próxima a la psique del papa Francisco, es más compleja, intrincada, problemática.

Libertarios fueron todos aquellos quienes lucharon por la libertad de credos, contra tiranías, dictaduras y monarquías absolutas. Son quienes pelearon para abolir la esclavitud, se enfrentaron y dieron hasta la vida por combatir al nazismo. Son las mujeres que expresaron el reclamo de sus derechos. Fueron quienes derribaron muros y mostraron la verdad sobre Lenin, Hitler, Mao y otros tiranos. Libertario es quien cree que las personas deben ser libres para perseguir sus propios sueños y ejercer las acciones que consideran positivas para lograrlos.

Un libertario es aquel que enfrenta políticas injustas contrarias al bien común. Que respeta la diversidad étnica y las preferencias sexuales. Que aplaude la igualdad de todos y cada uno ante la justicia. Es quien defiende el derecho de educar a sus hijos de acuerdo a sus convicciones y valores. Quien resguardará hasta las últimas consecuencias, el derecho a la libre expresión del pensamiento. El que está profundamente convencido de que los hombres son capaces de asumir plena responsabilidad por sus actos y las consecuencias sobre sí y su descendencia. Quien piensa que muchas veces los humanos pueden precisar consejo o guía, no requieren de nadie que les imponga cómo pensar o actuar.

El libertario considera que el papel del Estado debe interferir lo menos posible en la actividad económica nacional. Que ni el Estado, ni la Iglesia, ni nadie, debiera tener poderes capaces de limitar la libertad de las personas; mucho menos facultades para convertirse en su verdugo. Están persuadidos de que el bastión de la libertad personal, es la inviolabilidad de la propiedad.

En 1965, la Gaudium et Spes, constitución pastoral del Concilio Vaticano II promulgada ese año, consignó en su artículo “e” que “…todos tienen derecho a los bienes que satisfagan sus necesidades personales y familiares” “…dichos bienes en propiedad privada, aseguran a cada cual un espacio indispensable para la autonomía personal, considerándose como legalidad de su libertad humana”. Tres siglos atrás, en su obra Leviatán, Thomas Hobbs había declarado como derechos inalienables del hombre, la vida, la libertad y la propiedad, tesis que poco después secundara John Locke y promulgaran muchos más. Los libertarios abrazan tanto las ideas de Hobbs como de Locke y las de Gaudium et Spes.

¿Por qué la ideología de libertad individual hace reaccionar de manera casi violenta al papa Francisco? ¿Acaso considera que la libertad es peligrosa para él o para la Iglesia? ¿Teme que el individualismo libertario pueda destruir el estamento que facilita dirigir las masas? ¿Por qué fustiga la riqueza y condena a quienes con su diario esfuerzo la crean?

Tal vez sea necesario aclarar al Papa que cuando un miembro de la comunidad destaca por crear algo, producirlo o perfeccionarlo, la comunidad entera se beneficia, se enriquece. Hay que reconocer ante él que el libertarianismo nunca podrá garantizar que todo individuo llegue a ser un ciudadano próspero, pero sí le asegura la oportunidad de serlo. Hay que explicarle, detenidamente, que la corrupción no está en los libertarios sino en grupos políticos que disponen con discrecionalidad de los fondos públicos provenientes de los impuestos que pagan los ciudadanos.

Tal vez si se le aclarara que las naciones desarrolladas lo son porque dieron paso al libre mercado como una solución espontánea para superar la pobreza y la desigualdad. Que sobre esa base crearon una economía poderosa que privilegió el trabajo trayendo como consecuencia la prosperidad y la paz. Habría que demostrarle que ningún otro medio ha conseguido actuar sobre la economía de los países como el comercio. Que ningún otro sector, diferente del sector privado, ha podido hacer funcionar los motores del desarrollo.

Quizá sea la falta de ese conocimiento lo que hace que el Papa Francisco polemice contra la riqueza y ofenda a quienes la producen. Tal vez sea esa misma carencia la que le hace mostrar preferencia por los gobiernos de izquierda que roban a sus pueblos, crean pobreza y manipulan a los ciudadanos con discursos populistas. Si lo entendiera, acaso se le podría pedir que su prédica económica fuera más acerca de cómo  crear riqueza y menos de cómo repartirla.

Hace cien años, William J. H. Boetcker publicó diez “No puedes” cuya contundente verdad lógica les hizo trascender hasta nuestros días. Se les conoce como El decálogo de Abraham Lincoln ya que erróneamente fueron adjudicados a él. Hoy, pareciera que al menos siete de ellos Boetcker los hubieran dedicado al Papa Francisco diciéndole:


Usted no puede fortalecer al débil debilitando al fuerte.
Usted no puede ayudar a los pequeños aplastando a los grandes.
Usted no puede ayudar al pobre destruyendo al rico.
Usted no puede elevar al asalariado presionando a quien paga el salario.
Usted no puede promover la fraternidad de la humanidad admitiendo e incitando el odio de clases.
Usted no puede formar el carácter y el valor de un hombre quitándole su independencia, libertad e iniciativa.
Usted no puede ayudar a los hombres permanentemente realizando por ellos lo que éstos pueden y deben hacer por sí mismos.

El papa Juan Pablo II se esforzó en levantar a los marginados y terminar con la pobreza. El papa Francisco parece hacer lo contrario cuando fustiga la riqueza sin comprender que al hacerlo, agranda la pobreza. La liberación de los marginados, muy probablemente los convertiría en libertarios. Pasarían entonces a formar parte del grupo que el Papa Francisco desdeña. A sus ojos se convertirían en antisociales y serían acusados de representar un peligro para el bien común.

El Papa Francisco tiene el derecho de pensar y sentir como guste. Pero es muy importante que la expresión de su opinión personal, sea publicada como tal y no como directrices de vida para los feligreses católicos. Nunca demonizando a quienes opinan distinto de cómo lo hace él. Debiera prevalecer que cualquiera, dentro de su libre albedrío, pueda discrepar. La filosofía de la libertad, al no ser una religión, no puede ser contraria a la fe católica. Estar en desacuerdo con el sesgo ideológico papal, no es sacrilegio.

Sin embargo desde su papal perspectiva parece no ser así. Habrá de considerarse infalible, perfecto, santo… y quizá esté en su derecho. Pero debe cuidar mucho su controversial potestad para declarar dogmas, particularmente en materia de fe y moral, cuando habla ex cathedra.

A fines de 1992 Juan Pablo II, en nombre de la Iglesia Católica, pidió perdón a Galileo Galilei (359 años después de su muerte) por haberlo sentenciado a prisión perpetua en su casa, hecho abjurar y denigrado públicamente debido a sus ideas, consideradas sacrílegas. Galileo la mayor eminencia del Renacimiento, fue justamente considerado como “el padre de la ciencia”. El papa Urbano III regía la Iglesia cuando esta lo condenó por afirmar que la tierra se mueve alrededor del Sol. “Y sin embargo se mueve”, habría dicho Galilei después de recibir el veredicto.
 
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