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Teorema

El fin de la guerra
Fecha de Publicación: 10/06/2013
Tema: Historia

 

Tercera parte de ¿Escribimos la historia?

Cuando se agudizó la guerra no declarada, los voluntarios dentro del Ejército fueron cada vez menos. Esto hizo que se agudizara la conscripción obligatoria. El Ejército llegaba a las aldeas, pero al advertirlo, los más jóvenes salían corriendo y buscaban esconderse. Les resultaba difícil pues sus perseguidores antes habían sido perseguidos y sabían cómo encontrarlos. La persecución era implacable. Cuando los atrapaban, eran atados por la espalda y de esa forma los llevaban a los cuarteles. El proceso de captura era idéntico al seguido para atrapar a un criminal. En la guerrilla sucedió algo parecido, aunque hicieron mejor uso de la persuasión y de otras estrategias como crear odio hacia el ejército.

Los guerrilleros tenían a su favor un mejor discurso para convencer a la gente de unirse a ellos. Sin embargo, se trataba de gente muy pobre que necesitaba del trabajo de esos jóvenes para subsistir. Además, excepto por el corto período de optimismo que siguió al triunfo sandinista en Nicaragua, las expectativas de éxito para la guerrilla eran exiguas y eso lo sabían todos. Se decía que se trataba de una guerra de muy largo plazo, donde el éxito radicaba en sobrevivir un año más, a veces menos.

Por otra parte las condiciones que la guerrilla ofrecía a su tropa eran inferiores. En ambos bandos, se trataba de una vida muy dura, pero del lado guerrillero, el aprovisionamiento de víveres y el cuidado de enfermos o heridos, era aún más difícil. Los campamentos guerrilleros eran champas con nylon por techo y paredes. Las camas eran varillas de bambú o similares. El ejército pagaba un sueldo miserable para los gastos personales de los soldados pero la guerrilla no pagaba a los suyos, aunque a veces sí distribuía parte de lo que resultaba del pillaje.

Así, en muchos casos, los argumentos patrióticos inicialmente utilizados por la guerrilla, fueron sustituidos por la amenaza de matar a los miembros de la familia si no los acompañaban en su actividad bélica. La guerrilla introdujo entre sus filas un sentimiento de odio profundo hacia los soldados, que le facilitaba en alguna medida ganar adeptos. La estrategia fue demonizarlos, convertirlos en responsables de todas las muertes, de todos los males. Cuando sucedía alguna barbarie cometida por el ejército (y sucedieron muchas) la guerrilla la refería generalizándola como algo cotidiano. En cambio los soldados no experimentaban ese sentimiento, al menos no con la misma intensidad, hacia sus adversarios guerrilleros. El enfrentamiento fue entre hermanos. La inmensa mayoría de víctimas fueron personas indígenas.

Murieron muchos individuos, unos 38,000 estiman historiadores serios, con base en datos que se pueden documentar. Otros, menos formales, hacen cálculos de tendencia y proyecciones de población, llegando a cifras de 200,000 y algunos hasta 350,000, casi diez veces más de lo que se puede documentar. Es fácil deducir que esos números son exageradamente altos.

El Ejército siempre superó en número a la guerrilla (la proporción era próxima a 8 soldados por cada combatiente guerrillero). La guerrilla, por su parte, aventajaba al Ejército en audacia, principalmente dentro de la táctica de golpear y escapar. Hubo emboscadas y matanzas de uno contra otro, en ambos bandos. Aunque los ataques sorpresa, las emboscadas, por ejemplo, fueron más frecuentes de la guerrilla contra los soldados. Para ellos era una parte fundamental de sus procedimientos de lucha.

Los guerrilleros proclamaban sus emboscadas al ejército y referían el número de muertos causado en sus enemigos con cierto orgullo. El Ejército siempre fue más cauto al dar declaraciones de ese tipo. Lo más probable es que hayan muerto más miembros del Ejército que de la guerrilla. Las mejores estimaciones se aproximan a dos soldados muertos por cada guerrillero que fallecía. Un máximo de 5,000 soldados y también un máximo de 2,000 combatientes guerrilleros, para un total, siempre máximo, de 7,000 guatemaltecos fallecidos. El resto fueron civiles, atrapados entre dos fuegos y víctimas deliberadas, tanto de la guerrilla como del Ejército.

Aldeas enteras fueron masacradas, por apoyar al bando contrario. La idea predominante era que en proporciones iguales. Sin embargo, los hallazgos posteriores y las denuncias efectuadas en los medios de comunicación indican que la proporción fue dispar, que el número de masacres y de personas muertas fue mayor por el ejército que por la guerrilla.

Conclusiones: Dadas esas condiciones ¿pudo haber genocidio? Si entendemos este como “...la intención de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso...”  ¿pudo suceder? ¿Cómo? Si terminó siendo una guerra entre hermanos. Es de enorme importancia subrayar la palabra intención. En mi opinión, si no hubiera interés extrajudicial de por medio, las acusaciones serían por matanzas, por masacres, si se quiere, pero no habría hoy lugar para el término “genocidio”, como no lo hubo antes.

Aunque algunas de las historias de vida planteadas por los Ixiles parecieran haber sido preparadas, muchas tienen un fondo de verdad, de dolor, que exige justicia, si es que se puede hablar de justicia cuando ha pasado tanto tiempo. Sabino piensa, con absoluto desinterés hacia la conveniencia del acusado emblemático y de otros que puedan serlo en el futuro cercano, que lo mejor es siempre una total amnistía. La “justicia” no acaba nunca y reabre todo el tiempo heridas. Peor aún, se tiende a politizarla, como ha sucedido en este caso.

Hay crímenes, hay abusos, hay violencia, luto, destrucción, muerte... también, habrá responsables. Pero si empezamos a buscarlos y a castigarlos no acabaríamos nunca, acota Sabino. Me uno a Sabino y agrego que las víctimas o sus descendientes no podrán enterrar jamás lo que aconteció. Pero los guatemaltecos, como nación, no debemos permitir que lo ocurrido determine nuestro porvenir. No podemos dejar que ese pasado cruel y tortuoso, evite nuestra búsqueda de desarrollo, crecimiento y felicidad. 

El anterior es un esbozo rápido y superficial de lo sucedido en tantos años de enfrentamiento. La intervención de Carlos Sabino revisando, corrigiendo y comentando mis notas originales me hace confiar que no hay imprecisiones importantes. Pero algún lector podría querer conocer más detalles. Si ese fuera el caso, me permito sugerir el muy bien documentado libro de Carlos Sabino, Guatemala, la historia silenciada (1944 – 1989), editado por el Fondo de Cultura Económica, 2008. El suyo es un trabajo que se basa, principalmente, en buscar referencias escritas, aunque también viaja a las regiones donde sucedieron los hechos y entrevista a personas que lo vivieron o presenciaron. Es entonces un libro objetivo, desapasionado, uno que no toma partido.

También puede resultar interesante la lectura del libro de Gustavo Porras, Las Huellas de Guatemala, editado por F&G Editores, Guatemala 2009. Se podría decir que el libro de Porras es la antípoda del de Sabino en lo subjetivo de uno y lo objetivo del otro. Escrito en primera persona, es un trabajo apasionado, auto biográfico, donde relata con honestidad, lo que vio y vivió a lo interno de la guerrilla, tanto en el área rural como urbana, en Guatemala y en otros países.

Dejo hasta aquí esta parte, con la intención de concluir el próximo viernes. 

 

SOBRE EL AUTOR
J, Fernando García Molina
      José Fernando García Molina Guatemalteco, 67 años, casado, dos hijos, ingeniero, economista. Tiene una licenciatura en ingeniería eléct
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