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A vuelo de pájaro

El oficio de escribir
Fecha de Publicación: 25/04/2017
Tema: Literatura
En el prólogo de su espléndido libro de poemas La rosa profunda, Jorge Luis Borges afirmó lo siguiente: “La palabra habría sido en el principio un símbolo mágico, que la usura del tiempo desgastaría.  La misión del poeta sería restituir a la palabra, siquiera de modo parcial, su primitiva y ahora oculta verdad”.

Hermosas, estas palabras responden a una de las muchas interrogantes que me planteo cuando reflexiono sobre el oficio de escribir, o cuando me enfrento a las muchas dudas que me acosan,  a los retos que me impone este oficio solitario y gratificante como pocos ¿Para qué escribir? ¿Por qué escribir? ¿Vale la pena escribir?

Tal vez, estos apuntes se deben a que recientemente algunas personas me han preguntado cómo es el proceso de escribir, de qué se trata este oficio que pareciera no tener reglas qué cumplir, o pasos a seguir, o estudios que realizar. Hay escritores, por ejemplo, que han vivido en lugares inhóspitos, en un medio paupérrimo, sin libros ni maestros, y que jamás han puesto un pie en alguna universidad. Sin embargo, son capaces de escribir libros excelentes, sorprendentes, como “Santa María de las Flores Negras” o “La reina Isabel cantaba rancheras”, de Hernán Rivera Letelier, un minero chileno que creció y vivió la mayor parte de su vida en el desierto “más maldito del planeta” –como él mismo aseguró –, el desierto de Atacama en el norte de Chile.

Por supuesto, también encontramos escritores eruditos, como Borges; apasionados y sensuales como Jorge Amado; profundamente eróticos como la poeta cubana Carilda Oliver Labra; alucinantes como el guatemalteco Eduardo Juárez con sus novelas sobre el lumpen; barrocos como Lezama Lima; desbordantes como Miguel Ángel Asturias; románticos o melancólicos, desgarrados o dramáticos,  como tantos poetas y escritores en todas las latitudes y todas las lenguas. Diferentes en la forma de expresarse, provenientes de diversos estratos, educados formalmente, o no, ¿qué es lo que los hace escritores? ¿qué tienen en común, si no el oficio de escribir? ¿cuáles son los puntos de coincidencia entre ellos, qué cualidades comparten?

Para intentar encontrar algunas respuestas, yo diría que el escritor fue primero un lector voraz, vicioso, que leía a todas horas, incapaz de soltar los libros desde que aprendió a leer.  Un escritor podrá contar con toda clase de detalles cuáles han sido sus lecturas en su infancia, su adolescencia y su vida adulta; las emociones que le provocaron, los sueños en que lo metieron, los mundos que le descubrieron, las pasiones por determinados lugares o personajes que los consumieron por años, a veces en forma obsesiva como la pasión que despertó en Vargas Llosa, “Madame Bovary”.  Y ya que lo menciono, este escritor en varias ocasiones ha afirmado que Alejandro Dumas fue su compañero constante en la niñez: “llenó mi imaginación de encanto y fantasía. Aprendí de Dumas la importancia de dar acceso a mis lectores a un mundo donde la realidad se mezcla con la fantasía.

¡Y cómo no iba a ser así!  Quién no recuerda a “Los tres mosqueteros”, como si hubieran sido sus compinches.  Los Dumas, padre e hijo, nos hechizaban con esos inigualables tapices de aventuras que eran sus historias. Al igual que lo hizo Salgari, con Sandokan y los Tigres de la Malasia, cuando en los albores de la adolescencia uno devoraba completos sus libros –haciendo a un lado los aburridos libros de texto de la escuela –, junto a los de Julio Verne, cuya desbordada imaginación fue en cierta forma, visionaria.  Obligadas lecturas para los aprendices de brujo serían más tarde Flaubert, Balzac, Zolá, De Maupassant, y los grandes maestros rusos, con Dostoyevsky iniciando la lista.  Por supuesto, esos dos gigantes, esas dos cumbres de la literatura: Cervantes y Shakespeare.  Lo cierto es que el solitario vicio de la lectura lo adquiere un escritor en cuanto aprende a deletrear las palabras y se enamora de ellas para siempre.

En segundo lugar, me atrevo a decir que el escritor es un observador nato, infatigable. Un ser, que por muy atento que esté a sus propios asuntos, no puede dejar de observar con precisión lo que acontece en su entorno. Y no es algo intencional, ni el deseo de meterse en donde no lo llaman, es que siempre está captando sonidos, olores, imágenes, escenas, sabores, datos que algún día su memoria probablemente utilizará en lo que escribe.  “Cuando el poeta / no hace nada, / entonces es / cuando está trabajando” escribió alguna vez el inolvidable Luis Alfredo Arango.

Pero, permítanme volver a Vargas Llosa para ilustrar lo que digo.  Tomo el ejemplo de su libro “La casa verde”, que “es la historia de un burdel en Piura, Perú, narrada por un joven impresionable” y que se grabó en la mente del escritor a la edad de once años.  De ese recuerdo indeleble, de un hecho que grabó su memoria infantil, surgirá muchos años después “La casa verde”, como él mismo lo cuenta: “Sucedió que había una casa verde alejada de la ciudad, que para nosotros los niños constituía motivo de fascinación.  Se trataba de una casa llena de prohibiciones, de fantasías, porque los adultos hablaban a media voz cuando se referían a ella.  Nosotros –continúa – tratábamos de averiguar qué había en esa casa, donde solo se recibían visitantes masculinos, de donde salían música y risotadas.  Esta memoria llena de misterio y mito se grabó en mi mente”.

A las cualidades o habilidades del escritor mencionadas anteriormente, agregaría la capacidad de asombro y la curiosidad, comparables únicamente a las de un niño.  Además hay que sumar la imaginación “la loca de la casa”, según santa Teresa.  La autenticidad, el desgarre interior, y una permanente confrontación con el mundo que le ha tocado vivir, también son componentes que forman a un escritor. Podría decirse que el oficio de escribir es muy complejo porque si bien involucra el razonamiento, el orden del pensamiento, nace de las más puras e inexplicables profundidades del alma.

La excelente poeta Margarita Carrera, escribió un poema sobre el tema, del cual me apropio un fragmento para cerrar estos apuntes:  “ (…) Escribir es tocar la vida con los dedos del alma / hacer piruetas para que otros se diviertan / para divertirnos nosotros / juegos inauditos para sentirnos vivos / evocar / estar despiertos pero soñando / traer a cuestas la infancia… / Escribir es por fin soltar la soledad / y tender los brazos / perpetuarse / decir lo que somos y lo que no somos / darnos como pasto / es entrar en el túnel de nuestra alma; “en todo caso, había un solo túnel, oscuro y solitario: el mío”.
 
 
   
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