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Teorema

La ONU golpea a Guatemala
Fecha de Publicación: 31/03/2017
Tema: Gobierno

La semana pasada, Patrick Lehay senador por Vermont Estados Unidos, amenazó a Guatemala, a través del Presidente Morales, diciendo que si no renovaba el mandato de Iván Velásquez que finaliza en septiembre o si pide a la ONU que lo remueva o reemplace, entonces los fondos del Plan de la Alianza ya no vendrían a Guatemala y el país tendría que buscar el apoyo financiero por otro lado.

Casi simultáneamente la congresista Demócrata por California y miembro del Comité de Relaciones Exteriores, Norma Torres, en forma conjunta con Adriana Beltrán de la Oficina de Washington para América Latina (WOLA) expresaron su apoyo personal a Iván Velásquez y Thelma Aldana dándoles el trato de héroes valientes y diligentes.

Esta semana Rebeca Arias, Coordinadora Residente de la ONU, declaró que Guatemala había invertido poco en el área social y que debe incrementar el presupuesto de salud y educación. Es muy probable que la funcionaria de las Naciones Unidas tenga razón pero ¿debemos tolerar que alguien como ella, la diputada Torres o el senador Lehay nos venga a decir qué debemos hacer? ¿Debe seguir siendo la nuestra una actitud de servil sumisión a los designios de estos iluminados?

Con fecha 24 de marzo la ONU publicó el Informe anual del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos sobre las actividades de su oficina en Guatemala. El informe dice, a veces exige, lo que debemos hacer. Entiendo que no se trata de una situación coyuntural sino que esta ha sido la situación prevaleciente durante los últimos 50 años. A fines de 1969 el Gobierno ratificó la Convención Americana sobre Derechos Humanos y de entonces para acá no ha tocado recibir palo y aceptar que otros nos digan, a veces que nos ordenen, lo que debemos hacer. Al fin y al cabo ¿qué es la ONU? ¿De dónde deriva su autoridad moral?

El gobierno global representado por la Organización de las Naciones UnidasONU— fue fundado en 1945 en sustitución de la Sociedad de las Naciones establecida en 1919 ya que esta había fracasado en su finalidad de asegurar la paz. Las atribuciones del nuevo ente supranacional, más allá de su original mandato de asegurar la paz y la seguridad internacional se ampliaron para cubrir el Derecho internacional, el desarrollo económico y social, los asuntos humanitarios y los derechos humanos.

El fracaso de la ONU en el campo fundamental de la paz y la seguridad, su misión más importante, es acaso el más evidente. De 1945 para acá, ha proliferado el armamento nuclear, han surgido las armas químicas y se ha desarrollado armamento biológico. Los guerrilleros internacionales como “Carlos, el chacal” en 1974, se han multiplicado llevando el terrorismo a dimensiones insospechadas y pasando de ser un fenómeno principalmente nacional a otro de esfera mundial. Hábilmente, la ONU ha soslayado incluir la violencia proveniente del narcotráfico entre sus atribuciones, reconociendo que es un reto que excede su ausente capacidad. Lo que no ha conseguido evitar es que tanto el terrorismo como el narcotráfico sean figuras omnipresentes en las múltiples críticas de quienes buscan que sea universalmente declarada obsoleta e inútil.

Sus acciones en torno al derecho internacional han sido casi tan infructuosas como las de la Organización de Estados AmericanosOEA–, otro ente burocrático inútil que repetidas veces ha estado a punto de desaparecer. Las acciones de la ONU son selectivas. Los países pequeños, como Guatemala, son abusados al tiempo que los países poderosos como Estados Unidos, el Reino Unido, la Unión Europea, Japón, Alemania, Francia, China, España y otros, simplemente hacen lo que les venga en gana. Es imposible imaginar siquiera a uno de sus “expertos” diciendo en Washington, Londres o París, lo que sus respectivos países deben hacer o amenazándolos con sanciones.

En temas de guerra, Yemen, Sudán y Siria, entre muchos otros, son fracasos sonoros. Sus Cascos Azules (cerca de 100,000 soldados y policías) se encuentran desplegados en el mundo pero no han conseguido ser eficaces. Sudán y Ruanda son temas de los que la ONU evita hablar. Por lo contrario, sus soldados fueron acusados de llevar el cólera a Haití causando cerca de diez mil muertes; también enfrentaron cargos por abusos sexuales en la República Centroafricana. Habían llegado, como aquí, a decirles lo que debían hacer para progresar.

Después del derrumbe de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas –URSS– a fines de 1989, hubo desempleo entre quienes ocupaban cargos importantes en las agencias vinculadas con la guerra fría y la agitación política en fábricas y universidades. La ONU acogió a muchos de ellos y fue con ellos con quienes reforzó su sección de Derechos Humanos. De nuevo fuimos los países pequeños, los campos de prueba de las políticas colectivistas desarrolladas por ese organismo.

Para fines del milenio la ONU, representada por Jean Arnau, participó en la firma de los “Acuerdos de Paz”. Por medio de estos convenios, un grupo de asesinos, secuestradores, violadores… terminó llamando criminales y acusando ante los tribunales de justicia locales y en cortes internacionales a los miembros del Ejército Nacional quienes en cumplimiento de sus obligaciones constitucionales los había derrotado militarmente.

Arnau dirigió la primera fuerza (no militar) de ocupación de la ONU en nuestro país, la así llamada Misión de Verificación de las Naciones Unidas en Guatemala —MINUGUA. Posteriormente, con funciones ampliadas este ente se transformó en la Comisión de Investigación de Cuerpos Ilegales y Aparatos Clandestinos de Seguridad —CICIACS— que después se transformaría en la CICIG, nombre que conserva a la fecha. Desde luego, todo esto sucedió con el beneplácito de nuestros gobernantes, quienes no supieron manejar la presión ejercida sobre ellos llevándoles a aceptar (y hasta solicitar) tal injerencia.

Después de su experiencia en Guatemala, Jean Arnau convertido en importante representante de la ONU ante países africanos realizó tareas semejantes. Más recientemente fue trasladado a Colombia para desarrollar tareas idénticas a las que originalmente desplegó en Guatemala. El NO de los colombianos debió significar un fuerte revés para él. Conviene observar que en Colombia menos y en los países africanos más, hay tanta paz como en nuestra Guatemala.

La mayor presencia de la ONU, durante muchos años, ha sido en Haití, el país más pobre y subdesarrollado del continente americano. Después de los muchos y muy oscuros años (1957-86) del dictador François Duvalier «Papa Doc» y su hijo “Baby Doc”, sufrió varios coup d"état, La ONU tuvo varias intervenciones hasta 2004, cuando llegó para quedarse, con Cascos Azules y toda la mara. Sucedió que, contrario a mejorar, bajo las instrucciones de la ONU, Haití ha empeorado progresivamente, al grado que algunos haitianos añoran la época de “Papa Doc” y sus Tontons-Macoutes.

Usted posiblemente recuerde a Alberto Brunori y Valérie Julliand, funcionarios de las Naciones Unidas, quienes en representación de esa entidad al llegar a Guatemala les sorprendió que no viviéramos en árboles y vistiéramos taparrabo. Sin dejarse intimidar por el perfil de una ciudad moderna, plagada de edificios y con muchas personas poseedoras de capacidades técnicas y conocimientos académicos superiores a los propios, nos dijeron cómo vivir, en qué creer y con generosidad asombrosa nos regalaron las que debían ser nuestras “metas para el milenio”.

Contrario a lo que algunos aun defienden, en la práctica diaria, las cosas le han salido muy mal a la ONU. Mucho gasto, mucha pompa, mucha presencia y posturas prepotentes pero sin éxitos que mostrar. Tanto que algunos críticos suyos afirman que después de la Declaración universal de los derechos humanos, a fines de 1948, lo único que hacen bien son sus bellos reportes, magníficamente encuadernados.

Parece que a la fecha los guatemaltecos aun no conseguimos ver que nuestra ciega obediencia y vasallaje no ha servido. Que hoy estamos peor que hace 50 años y que mientras sigamos dejando en manos de esa burocracia internacional nuestro destino seguiremos siendo un país sin dignidad. Que de pobres habremos pasado a paupérrimos.

No debemos culpar al Presidente Morales por haberse alineado. Cómo censurarlo si después de su respuesta a las declaraciones de Lehay la prensa se volvió contra él, casi respaldando lo dicho por el insolente senador. Cómo reprocharlo si somos incapaces de comprender que las remesas familiares lo son por una suma mucho mayor que cualquier ayuda que el país pudiera recibir y, además, distribuida de una forma que ningún gobierno podría superar. No puedo siquiera imaginar a los periodistas despellejando al presidente y sus ministros si se atreviera a insinuar siquiera que la dignidad nacional es más valiosa que la caridad de los gringos o de la ONU.
 
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