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Brújula

Alfredo
Fecha de Publicación: 26/03/2017
Tema: Piel adentro

No sé cómo entender el absoluto entumecimiento que experimenté el 8 de marzo, ante la macabra noticia del incendio en el Hogar “seguro”. Es un estupor sin reacción; aún siento impotencia para digerirlo. Una capa de indiferencia retiene mis sentimientos, blinda mi percepción, cautiva lágrimas que no llegan a brotar. Un desgano total…

Es como una rabia silenciosa que no encuentra escape de expresión mientras intenta encontrar explicaciones sumergida en un marasmo de confusión. De buscar culpables… ¿Quiénes? Hay profunda insatisfacción, ante la grave acusación de responsabilidad que señala la indiferencia social nuestra por incumplimiento hacia la niñez necesitada de albergue.

Busco respuestas entre la confusión que durante casi tres semanas me ha mantenido rígida, entumecida, sin habilidad para gritar y sin encontrar explicación, salvo esta remota que surgió sin buscarla.

Hay escenas de pasajes circunstanciales que quedan pirograbadas en algún rincón de la memoria. Que aunque pasen muchos años sin pensar en ellas, un detonante impensado las trae de vuelta con la fuerza de un tornado.

Y así, empieza la mente a recordar aquella historia tan remota y tan presente.

Como recuerdo, él tendría 5 o 6 años cuando en uno de esos extraños pasajes circunstanciales, vi el peligro acechar a lo que atisbé distinguir como un niño. Instintivamente, sin pensarlo, me lancé hacia él y de un zarpazo, lo rescate de ser arrollado por un carro. Sucedió justo frente a la casa que alquilábamos en la zona 1.

Ya estando los dos más sosegados, sentados en la grada de la entrada de la casa, con los pies firmes en la banqueta; reparé en la carita chorreada y el cuerpo frágil de Alfredo; flaquito, blanco, con ojos avellanados, vivarachos y pelo lacio del mismo color, castaño claro.

Revestido de una dignidad que llevaba a cuestas con holgura y erguido de un orgullo carente de vanidad que lo hacía verse mayor, me veía fijamente a los ojos como queriendo escudriñar lo que había tras mi obvia preocupación por él. Una chispa inquisitiva brillaba en la mirada de su carita inocente y vivaz.

Hoy, recordando la escena, encuentro imposible describir la ternura inmensa que, entonces, este niño de la calle, despertara en mí. En los instintos maternales de esa lejana mujer “niña” que entonces ya contaba con tres hijos y que, si mucho, tendría 28 años de experiencia… El corazón sin pizca alguna de desconfianza y cargado de una fe profunda en la bondad humana, regocijado por haber descubierto al niño ángel que había caído del cielo, justo frente a la puerta de su casa.

No pasó mucho tiempo ¿10 minutos? antes que lo invitara a entrar en la casa para darse una ducha en el baño de servicio mientras a toda prisa, fui por una mudada de ropa limpia del hijo mayor que rondaba por la misma edad.

Notable transformación, ¡Salió del baño hecho un querubín! Luego la plática, el sandwich y el vaso de leche mientras averiguaba algo de su persona, ahora niño ahora adulta… que no desprendía la mirada de la mía. Y tu mamá ¿En dónde trabaja? "en el mercado de la Placita" susurró a penas. Y ¿en dónde vives? "en la zona 3" musitó.

Se despidió en la puerta con la promesa de regresar al día siguiente para llevarme a conocer a su madre.

Y bueno, vamos a la placita y me guía hacia la plaza donde se encontraría la venta de su mamá... no estaba. Entonces le pido ir a su vivienda de la zona 3... Llamo a la puerta que me indica y nada, ninguno sabe de la señora.

Al día siguiente decido regresar, sola, a la placita. Algunas vendedoras indagan si soy trabajadora social, respondo que no pero que quiero hablar con la madre de Alfredo porque deseo brindarle algún apoyo. Al menos brindar algún consuelo y cerciorarme que el niño no se quedaría sin educación escolar.

Al indagar donde residen, las mujeres se miran entre sí, y me enteran que desde algún tiempo atrás, Alfredo y su madre, pasaban la noche bajo la marquesina del cine Popular en la zona 3.

A todo esto, Alfredo llegaba a bañarse y a jugar y era una celebridad en la casa... consentido por todos. Pero no por mis amistades que me reñían constantemente ¿Te has vuelto loca? ¿No ves el peligro en que pones a tus hijos?

Y sí, Alfredo era cosa aparte, un lince, mis hijos se veían algo bobos en contraste. No es lo mismo tener todo servido en bandeja que sobrevivir en las calles. Y eso que de entonces para ahora hay un trecho infranqueable… el mundo cambió radicalmente, drogas, crimen, adicción a la maldad que antes, al menos, no afloraba como hoy.

Por fin consigo hablar con la mamá y juntas vamos a La Casa del Niño para que no anduviera de vago y pudiera asistir durante un par de años a esa magnífica institución.

Alfredo asistió por unos días más luego recibí una llamada de una de las encargadas, preguntando si yo sabía por qué había dejado de ir. Un par de días después me lo encontré en la casa… Le pregunté por sus estudios y me aseguró que continuaría asistiendo. Fue la última vez que lo vi… nunca pude encontrarlo ni supe más de él.

Ahora con menos frecuencia, me pregunto ¿qué fue de él? ¿Salió adelante, consiguió trabajo? ¿Tiene familia, hijos, esposa? Y luego vuelvo a concluir lo mismo, nosotros tenemos un concepto plano de lo que pueda ser la niñez... Yo conocí a un ser con cuerpo de niño que en muchas cosas era más adulto y conocedor que yo misma, es otro mundo el de ellos... crecen distinto, se forman muy diferente a lo que nosotros valoramos y son nuestros ideales.

El corazón de los "niños de la calle" es tan libre como vuelo de golondrina y de una edad mucho mayor de lo que nosotros concebimos. Estas criaturas, desafortunadamente, pierden su inocencia a una edad muy temprana. Ven la vida diferente... reciben duros golpes ¡De sus mismos progenitores y familiares! No hay palabras dulces ni camas acogedoras que arrullen sus cansancios ni brazos amorosos que brinden consuelo a sus angustias. A sus constantes temores.

En los días siguientes al macabro suceso del Hogar “seguro” este trocito de memoria ha sido mi refugio. En alguna forma amplía el espectro de realidades que, en otras esferas sociales, moldean el comportamiento. Ayuda a entender la madurez prematura de niños que crecen sin afecto, sin reglas ni guías para orientarlos ni para enseñarles a diferenciar entre el bien y el mal. Niños que sobreviven por la astucia que desarrollan en la jungla callejera. Niños que, abandonados a su suerte, aprenden a subsistir en condiciones adversas y miserables.

Ni los ríos de lágrimas vertidas, ni plantones en el parque, ni señalamientos al gobierno ni a la comunidad guatemalteca, podrán devolver las vidas de la niñas consumidas en el voraz  incendio.

Como tampoco podrá resolver el problema subyacente que es el directo causante de la niñez huérfana de hogar: ¡La absoluta carencia de responsabilidad paternal de quienes son los verdaderos culpables de cualquier infortunio sufrido por los hijos que engendran sin el menor compromiso de velar por su bienestar!

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