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A vuelo de pájaro

Ritos y cicatrices (parte 1)
Fecha de Publicación: 06/02/2017
Tema: Piel adentro

“Entonces sacó incluso el cuchillo: un cuchillo pequeño, brillante y afilado, con un pequeño gancho. Tiró con más fuerza de mi clítoris, y esta vez aparté el rostro y le dije a la otra mujer: ¡Agárreme fuerte!- y rechiné los dientes.
Y entonces, Dios mío, Rahima, todo sucedió. Mi cuerpo desapareció en un segundo, tal como ellas habían dicho. Pude oír “chust…” como el sonido que se produce cuando cortan carne, exactamente así era como ella estaba cortando mi cuerpo. Lo cortó todo; no cortó los labios grandes, pero me cortó el clítoris, y los dos labios pequeños negros, que eran haram (impuros), todo eso lo cortó como si fuese carne.(…). Abrí los ojos y miré hacia abajo, a mí misma, y vi la sangre manando. Una parte de mí sangraba intensamente, y en la parte donde ella había quitado la carne, la otra carne era blanca. (…) Ella cortó la parte superior de mis labios grandes, y luego cogió unas espinas como agujas y las puso en mi vagina de través para cerrarla. Colocó siete espinas, y cada vez que ponía una la ataba con un cordel para juntarla. Cuando hubo terminado, puso encima un poco de pasta negra para detener la hemorragia y hacer que la herida se secara más rápidamente, y después un poco de yema de huevo para que sintiera frescor. Luego cogió un trozo de tela y me lio las piernas juntas, desde los tobillos hasta las caderas. Después me envolvieron en mi vestido y me llevaron dentro, a la habitación que tenía preparada para nosotras. Y eso es lo que hicieron a las otras dos niñas”.

*** Narración de una mujer somalí, activista ahora, quien forma parte de las muchas víctimas que han empezado a contar su historia

Jamás podría presenciar el momento en que se mutila bárbaramente a una niña; sin embargo puedo imaginar su angustia, sus gritos, el dolor reflejado en su cara infantil. Puedo visualizar las manos que la sostienen con fuerza y la obligan a estar quieta, mientras alguien realiza la terrible operación. Claro que esto no sería posible si no hubiera visto fotos y audiovisuales publicados en los diferentes medios. Fotos explícitas, detallando crudamente esa costumbre: los rostros aterrorizados, lívidos por el dolor, las personas mayores rodeando a la niña para inmovilizarla, la habitación corriente, sin asepsia… Estas imágenes se graban en la mente y la conciencia para siempre, sin que uno llegue a comprender la salvaje práctica de la mutilación genital como parte de la vida diaria de millones de mujeres en el mundo. Es imposible no sentir compasión y empatía cuando nos enteramos de la mutilación genital femenina. El dolor ajeno se mezcla a nuestra ira y solidaridad. Esos fueron mis sentimientos cuando por primera vez leí la historia de una niña de diez años que había muerto a causa de una operación casera de mutilación, realizada por un barbero con una navaja de afeitar. La hermana de 12 años -ambas pertenecían a una familia del delta del Nilo- también había sido sometida a la operación y estaba grave en un hospital. El caso sucedió hace algunos años, por la época en que también apareció un informe de la Organización Egipcia de Derechos Humanos (OEDH), que encabezaba una campaña contra la práctica, el cual afirmaba que 3,600 mujeres son sometidas diariamente a la ablación del clítoris, y que menos de la mitad de estas operaciones las realizan médicos o personal calificado.

De entonces para acá, cada cierto tiempo me entero de que la práctica persiste, incluso apoyada por las mismas mujeres. Considerada como una costumbre necesaria para conservar el honor de la familia, la circuncisión femenina o mutilación genital -depende si uno es partidario de ella o no, para nombrarla de una u otra forma- ha sido apenas el tema de un tímido debate. La lucha para erradicarla, que desde diferentes organizaciones o en forma individual realizan algunas mujeres, es en gran parte ignorada. Notable en este sentido es la cruzada emprendida por la escritora y médica Nawal el Saadawi, quien ha contado su propia pesadilla vivida a la edad de 6 años. Nawal ha publicado varios libros sobre el status, la psicología y la sexualidad de las mujeres, pero fueron prohibidos en Arabia Saudita y Libia. Nacida en Egipto, esta mujer extraordinaria se ha preguntado muchas veces por qué las niñas deben ser sometidas a este bárbaro procedimiento. Muchas son las preguntas que se formulaba también cuando se comparaba con su hermano, que podía reír a todo pulmón, o salir de la casa cuando quisiera, mientras que a las mujeres, en su país ni siquiera se les permitía mirar directamente a los ojos de los demás. Al referirse valientemente a la mutilación genital, esta feminista afirma lo siguiente: “La clitoridectomía es solamente una de las medidas por medio de las cuales el patriarcado refuerza los valores de la monogamia (…) Debido a que la mujer tiene una sexualidad poderosa, la sociedad machista debe reforzar la monogamia con medidas poderosas, física, psicológica, moral y legalmente”. A pesar de todo Nawal ha dedicado su vida a salvar a otras mujeres y continúa su lucha por abolir la ancestral práctica de la mutilación genital femenina, cuya “primera referencia histórica aparece -de acuerdo a la propia escritora- en el antiguo Egipto, en tiempo de los faraones, cuando las diosas perdieron su estatuto de igualdad y las sacerdotisas sacrificaron su sexo al dios faraón”.

Se afirma que algunas comunidades que la practican creen que los genitales externos femeninos son “carne del demonio”, ya que hacen a las mujeres “vulnerables al pecado”. Y aunque no será fácil erradicar esta antigua costumbre, Nawal el Saadawi sabe que no está sola. Otras mujeres -que han sufrido igualmente en carne propia el trauma brutal- como Fatuma Haji Nur, de la Agrupación de Mujeres de Jowhar (Somalia), promueven la abolición de la mutilación femenina. Otra activista, Edna Adan Ismail, también somalí y antigua funcionaria de las Naciones Unidas, que lucha por mejorar las condiciones de vida de sus paisanos, cree que “la lucha contra la infibulación y la circuncisión femeninas es una lucha que deben encabezar las mujeres africanas, por su salud y su dignidad, para que se conviertan en dueñas de su propio destino y de su cuerpo. Para esa lucha necesitan de la ayuda y apoyo de las mujeres del resto del mundo. Pero las que deben tomar la bandera contra esa violación de los derechos humanos son las mujeres africanas”.

Las justificaciones para realizar la mutilación genital son tan contradictorias como lo son las teorías acerca de sus orígenes. La tradición, la religión, el honor de la familia, la seguridad de la virginidad antes del matrimonio, son razones que se invocan, entre otras, para continuar con esta oscura práctica. La política también es evidente, al momento de atribuir esta costumbre. Por ejemplo, la palabra sudanesa que designa la mutilación es atribuida prácticamente a Egipto, llamándola “circuncisión faraónica”, mientras que los egipcios a su vez, la llaman “circuncisión sudanesa”.

Las mujeres están a favor de esta costumbre ancestral por diversas razones. Algunas afirman que la mutilación -al reducir el deseo sexual- evita que se pierda la virginidad antes del matrimonio. Otras aducen que “previene el adulterio”, y algunas más añaden que “proporciona gran placer al marido”. Estas opiniones sólo revelan una absoluta sumisión al varón, un dominio ejercido sobre la mujer y aceptado por ésta con mansedumbre perruna.
 
 
 
   
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