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Mi Esquina Socrática

Vladimir Putin
Fecha de Publicación: 30/01/2017
Tema: Política

Otro detalle del todo inusitado en el proceso electoral más atípico de la historia de los Estado Unidos del que yo tenga memoria es la supuesta intromisión digital desde el extranjero del Presidente de Rusia, Vladimir Putin, en ayuda de las aspiraciones presidenciales de quien resultó al final el verdaderamente electo, Donald Trump.

Lo sorprendente no es ese intento digital por sabotear desde fuera la campaña de la candidata Hillary Clinton. Al fin y al cabo, ello se ha vuelto hábito disimulado en muy poco tiempo de las relaciones desconfiadas entre las grandes potencias contemporáneas: de China, por ejemplo, o de Corea del Norte, de Irán e incluso de los propios Estados Unidos hacia otros Estados nacionales. No es eso, pues, lo verdaderamente escandaloso, sino el arrebato mediático elaborado por Barack Obama, y con el apoyo de algunos Senadores republicanos, entre ellos el muy respetable héroe de la Guerra de Vietnam, John McCain, con el obvio propósito que resulta obvio a todos de deslegitimar el triunfo personal de Trump.

Para ese caso del Senador republicano John McCain, ayuda recordar esa imagen congelada que de la Unión Soviética seguramente retiene y que aplica a la Rusia presidida por Putin, lo que me resulta perfectamente plausible.

Pero lo del todo injustificable se me antoja esa artera postura de “ofendido” asumida artificialmente por Barack Obama. Con ella se consolida a mis ojos su imagen extremadamente partidista, muy excepcionalmente presente durante la campaña electoral. Una maniobra que evidentemente contradice, por otra parte, la digna trayectoria de tolerancia mutua en esa gran democracia liberal de doscientos cuarenta años de antigüedad que se llama “los Estados Unidos de América”.

Todo ello se suma al simultáneo e innecesario conflicto verbal de última hora creado explícitamente por John Kerry, e implícitamente por el mismo Obama, con respecto a Israel y que heredan al ganador Donald Trump. Sin adentrarme, encima, en su cambio inesperado a través de una acción ejecutiva más a la ley del ajuste cubano de 1996, bajo la presidencia de Bill Clinton, popularmente conocida como la de “pies mojados y pies secos”, que dejó a la intemperie en pleno crudo invierno a los cubanos desprevenidos que esa misma noche planeaban cruzar la frontera desde México.

Inclusive otro tanto se diga del súbito perdón, otorgado casi al último momento de su Presidencia, a un militar transgénero encarcelado por traición.

En resumen, no creo que en la historia de ese gran país se haya dado un caso semejante de una intentona pública por parte de una administración saliente para complicarle al extremo la asunción del poder por una nueva administración de signo políticamente contrario.

Con todo ello, me pregunto: ¿no son todas estas también el tipo de trampas por el que critican a Vladimir Putin?

Y, por cierto, ¿cuánto saben de ese Vladimir Putin y aun de la historia de la misma Rusia?

Un personaje, sea dicho de paso, por quien tampoco me atrevería a poner las manos en el fuego. Un autócrata más en la larga serie de los mismos en la Rusia inicialmente incoada en el siglo noveno.

Juzgarlo hoy, por tanto, de acuerdo a los parámetros democráticos de Occidente moderno lo creo, en el mejor de los casos, una soberana tontería. Pues en la historia de esa nación, solamente hasta el siglo XX hemos sabido de dos personajes políticos que se hubiesen acercado a nuestro parámetros occidentales de gobernantes respetuosos de la dignidad y de los derechos humanos de sus conciudadanos: Alejandro Kerensky, tan solo por nueve meses en el poder en 1917, y Mijaíl Gorbachov, durante esos cinco años de su azarosa búsqueda por una transición pacífica desde el monopolio del Partido Comunista hacia un multipartidismo recíprocamente responsable y respetuoso.

Por cierto, ya se había dado un ensayo sorprendente en el siglo XIX de un Zar, Alejandro II, que entre otras reformas de corte liberal había incluido la colosal emancipación de millones de siervos (1861) a todo lo largo y ancho de su imperio, al tiempo que Abraham Lincoln simultáneamente hacía algo muy parecido en favor de los esclavos en los Estados del sur pero, exclusivamente, de los levantados en armas contra su gobierno. Sin embargo, muy de lamentar, las reformas le costaron la vida. Pues el 13 de marzo de 1881 fue asesinado por un grupo de narodnikis, precursores de los socialistas revolucionarios que hubieron de acceder al poder hipotéticamente constitucional en febrero de 1917. Entonces le siguió en el trono su hijo Alejandro III, que regresó a la típica represión del pueblo por la que Rusia era de todos conocidas a partir de siglo XVI desde sus experiencia con un tirano cicloide apodado con toda razón Iván el Terrible.

El avance hacia una sociedad democráticamente civilizada aún no ha llegado a la meta en Rusia.

Por eso, la visión de Trump de un posible acercamiento a esa potencia en la lucha común contra el terrorismo islámico no deja de tener sus méritos.

Pero a ojos de los europeos, esto puede resultar muy peligroso, aunque los creo equivocados.

El tan pretextado reproche a Putin por la anexión de Crimea asimismo carece de fundamento. Crimea ha formado parte integral del bloque nacional ruso desde que la Emperatriz Catalina la Grande la arrebatara en el siglo XVIII a los tártaros. Y aquel tardío traspaso burocrático de la administración de Crimea desde Moscú a Kiev fue un mero artificio administrativo del impulsivo Nikita Khrushchev, no resultado de una elección popular.

Posiblemente habrá más pretextos para esa postura en el futuro: por ejemplo, cuando muera el último dictador absoluto en Europa, Alejandro Lukashenko, ese Presidente sobrante de corte soviético que rige la Rusia Blanca (Bielorusia) con mano de hierro, tengo por cierto que Putin procurará reincorpora a Bielorusia a ese su propio bloque étnico que aún lo separa de las inmediaciones de la frontera polaca. Y de nuevo, creo lógico esperar una algarabía estridente de ciertas cancillerías europeas, aunque no de todas.

Incluso, si como en el caso de Crimea, Putin lograse pacíficamente reincorporar a la Bielorusia a su propia Federación, su talla moral se alzaría más alta aún desde el punto de vista del liberalismo clásico que la del mismísimo Lincoln, quién a su turno retuvo dentro de la Unión americana a la fuerza, y a un costo humano altísimo, a once Estados del sur que quisieron seceder electoralmente de la Unión.

El tan mentado caso de Ucrania es un fenómeno aparte. Ucrania retuvo como casi ninguna otra región eslava dentro del Estado tradicional ruso una identidad propia, más que la de Georgia o Armenia, hoy plenamente independientes. Fungió, en realidad, de cuna para la Rusia cristiana hace poco más de mil años. Su autonomía siempre fue la más autosuficiente (“el granero de Europa”) dentro de esa comunidad de Estados eslavos gobernados por siglos desde Moscú, y después desde San Petersburgo, y de nuevo desde Moscú.

Empero, entre los ucranianos también hay corrientes en pro de su reintegración a la Madre Rusia en el Este de su territorio y en Odesa, igual que, al parecer mayoritariamente, las hay en favor de lo contrario: los partidarios de la total independencia. Inclusive, algunos van más allá y demandan la incorporación de Ucrania a la Unión Europea.

Pero NO es ésta cuestión a decidir desde Washington o desde Bruselas.

En todo caso, conviene recordar que Putin llegó joven al rango de Teniente General en los temidos servicios secretos de la Unión Soviética. Y en esa capacidad, fungió por años en la Alemania oriental. Y que posteriormente fue miembro del grupo selecto de “reformistas” en San Petersburgo que tanto ayudaron a la consolidación en el poder de Boris Yeltsin. Y que hoy se ha vuelto un ícono del patriotismo para la inmensa mayoría de sus conciudadanos.

En conclusión: para mí, el verdadero desafío a la Unión americana en el futuro inmediato está en China y, con menor urgencia, en Corea del Norte.

Por otra parte, el forcejeo por la supremacía en el mundo islámico entre la Arabia Saudí y el Irán de los Ayatollahs también lo veo como mucho más peligroso que la Rusia de Putin. Sin olvidar esa colateral tensión nuclear entre la India y un Pakistán inestable.

No nos dejemos, por tanto, contagiar de la histeria de los medios de comunicación norteamericanos.

Inclusive por el contrario me parece que sería mejor darle la bienvenida a cuanto acercara a Rusia y al Occidente de nuevo, tal como ocurrió en ambas guerras mundiales, con total independencia del despotismo respectivo de los Zares y de José Stalin.

Por eso tampoco acabo de entender tanta alharaca en torno a la sugerencia en ese sentido hecha por Donald Trump.

Se suele decir que la primera baja en toda guerra es la verdad, y concuerdo con ese dicho. Y me permito aplicarlo hoy con plena consciencia a ese venenoso enfrentamiento entre un Partido Republicano renovado y un Partido Demócrata en plena decadencia.
 
 
   
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