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A vuelo de pájaro

Apuntes sobre "Cinco esquinas"
Fecha de Publicación: 21/01/2017
Tema: Literatura
La primera vez que escuché a Mario Vargas Llosa fue en 1993, cuando vino a Guatemala invitado por la Universidad Francisco Marroquín, que le otorgó el doctorado honoris causa en ese año. El escritor ofreció entonces una conferencia sobre el oficio de escribir, tema que le es muy caro, y al cual vuelve periódicamente para darnos grandes lecciones sobre literatura. En aquella ocasión Vargas Llosa se refirió a sus inicios literarios y cómo los libros, los autores, los personajes, la literatura en fin, se habían convertido en “su oficio” y su razón de vivir. Con palabra clara y precisa, evocó su propia experiencia vital transcurrida entre los libros y el estudio, en medio de la pasión que despertaban en él los innumerables escritores que le “revelaron los secretos del oficio de contar”.

Unos años más tarde, en 1997, volví a escucharlo en la Feria Internacional del Libro de Jerusalén, cuando hizo el encomio del escritor español Jorge Semprún a quien le habían otorgado el Premio Jerusalén por la Libertad del Individuo en la Sociedad. Inolvidable fue ese discurso, ofrecido por el peruano en un inglés británico impecable.

Pasaron los años, y de nuevo, en el año 2010 escuché a Vargas Llosa cada jueves por la tarde durante tres meses, en el Pleno de la Real Academia Española al cual yo asistía junto a los académicos de Colombia, Cuba, y Costa Rica, debido a que nos encontrábamos en Madrid para revisar la primera edición del Diccionario de Americanismos.

Demás está decir que desde sus novelas iniciales,” Los cachorros” y “La ciudad y los perros”, he tratado de leer todo cuanto ha escrito. Los cientos de páginas escritas por su mano me han descubierto una visión profunda del continente americano, además de una forma de ver el mundo con otros ojos desde sus novelas históricas. Lo cierto es que el Nobel de Literatura 2010, nunca deja de sorprenderme. Tengo sus libros, guardo muchos de sus artículos publicados en El País, y atesoro en forma impresa su discurso de aceptación del Nobel, en el cual incluyó de nuevo ese tema que ya he mencionado, y que representa una constante en sus escritos: el oficio de escribir. Titulado “Elogio de la literatura y la ficción”, su discurso provocó las lágrimas del público y del propio escritor por muchas razones, pero son las primeras líneas las que más me impresionan porque en ellas define la experiencia que marcó y que ha regido su vida desde siempre, a la vez que son una declaración de fe: “Aprendí a leer a los cinco años, en la clase del hermano Justiniano, en el Colegio de la Salle, en Cochabamba (Bolivia). Es la cosa más importante que me ha pasado en la vida”.

Todo lo anterior me conduce a su última novela, “Cinco esquinas”, que recién terminé de leer en estos días, en la que Vargas Llosa dibuja a la más alta burguesía peruana con todas sus trivialidades, sus vicios, su doble moral.

Pero, junto a esa sociedad que pretende vivir en una burbuja, vive paralelamente otro mundo, oscuro, peligroso, marcado por la bajeza y movido por los más miserables sentimientos, razones y emociones. Estos dos mundos llegan a encontrarse en la novela (y seguramente en la vida real, también), por medio de los crímenes que actualmente asuelan a nuestro continente: la extorsión, la violencia, el chantaje, el asesinato… Amores lésbicos, orgías, compra de conciencias… Vargas Llosa en esta novela ofrece todo para un público, que desea y puede digerir, los temas que diariamente publican los medios. La trama se centra en la extorsión que Rolando Garro, un periodista amarillista, hace a un acaudalado empresario, Enrique Cárdenas, a cambio de no publicar las fotos de una orgía en la que participó este último. Garro, repulsivo e inescrupuloso, revela en cierto momento, con una crudeza casi primitiva, la vileza de los fines que persigue en su tabloide: (…) -“sacaría a la luz” – todo ese mundo de sombras, de adulterios, de homosexualismo, de lesbianismo, de sadomasoquismo, de animalismo y pedofilia, de corrupción y latrocinios, que anidaba en los sótanos de la sociedad”. Su retorcida meta es “satisfacer la curiosidad morbosa, el apetito chismográfico, ese placer inmenso que produce a los mediocres, la mayoría de la humanidad, saber que los famosos, los respetables, las celebridades, los decentes, están hechos también del mismo barro mugriento que los demás”.

Desde esa historia de extorsión, que podría suceder en cualquier país, el escritor desarrolla historias paralelas, la de la Retaquita, la del fotógrafo Ceferino Argüello, y Juan Peineta, que aportan al contexto de la novela una visión más amplia sobre una sociedad corrupta, por medio de su peculiar forma de ver el mundo, su condición social y su manera de expresarse. La novela se fundamenta principalmente en las dos parejas protagonistas: Enrique y Marisa, y Luciano y Chabela (¿Isabel?), personajes que representan la más alta condición social y que solo buscan la satisfacción inmediata de sus apetitos y deseos. Amigos íntimos que comparten la opulencia y banalidad de sus vidas que transcurren en medio de la vanidad y el egoísmo, que no les permiten ver más allá de su entorno. Muy lejos de ellos se encuentra la cruda realidad socio política de su propio país. Dos parejas que se mueven en el mismo círculo de poder, en el espiral de deseos inconfesables, en una turbia intimidad cerrada a las miradas de los otros. Así, estructurada entre los más altos y los más bajos estratos de la sociedad peruana, Vargas Llosa escribe esta novela que retrata (en forma bastante superficial) no sólo al Perú, sino también a nuestros países latinoamericanos demasiado vulnerables, porque la corrupción, la falta de valores, y la pobreza permean de muchas formas a sus frágiles sociedades.

¿Una novela light? Pienso que sí lo es. A pesar de que “Cinco esquinas” es un descarnado retrato de la sociedad peruana, con sus encumbrados personajes que por momentos se rozan con seres marginales, creo que a ese retrato le falta la pasión, la hondura, el vigor de las novelas iniciales, y la “garra”, la capacidad de disección del alma humana, con todos sus abismos y sus cumbres, de las novelas históricas del peruano. Como lo hizo, para poner un solo ejemplo, en “El sueño del celta”. Falta entonces, en mi opinión, esa hondura que he mencionado antes, esa que confiere autenticidad a las páginas de un escritor; falta “la magia” que rebasa el ámbito de lo puramente literario.

Necesario es anotar que Vargas Llosa –como si quisiera justificar en alguna forma las flaquezas de la novela – afirma en la contra portada del libro: “Si hay un tema que permea, que impregna toda la historia, es el periodismo, el periodismo amarillo”, lo cual es cierto, pero ese tema solo “permea”, “impregna”, pero no alcanza a darle hondura a sus páginas. A pesar de que no podemos comparar “Cinco esquinas” con sus mejores novelas, debo conceder que el libro tiene como fondo ese propósito que alguna vez un Nietzsche alucinado lanzó con una certeza lapidaria: “Contamos con el arte para que la verdad no nos destruya” 
 
 
   
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