ENSAYOS >
Título:     Tema:     Autor:    

A vuelo de pájaro

La ciudad de las columnas
Fecha de Publicación: 30/11/2016
Tema: Literatura
En todo lugar y época, los escritores –esos seres/esponjas con absoluta vocación de absorberlo todo – apasionados por su entorno, han dedicado incontables páginas a su tierra natal, a sus propias ciudades. Inolvidables son el París de Baudelaire, la Granada de García Lorca, el México-Tenochtitlán de Octavio Paz. Uno de lector termina imaginándolas, pensándoles, amándolas como ellos, viéndolas a través de sus ojos en la misma dimensión en que las plasmaron en sus libros para siempre.
 
Si bien entre los escritores latinoamericanos algunos inventaron –a la manera de Faulkner – territorios fabulosos, pueblos enteros como el Macondo de García Márquez, muchos otros prefirieron inmortalizar las ciudades donde crecieron. Aquellas donde se formaron, y que, en una forma u otra están indisolublemente unidas a sus propias vidas. Cómo no pensar, por ejemplo, en el Buenos Aires que un Borges ciego recreó, que nos lleva a recordar lo que afirmó más tarde en sus Obras completas: (…) su secreto y acaso inconsciente afán fue tramar la mitología de un Buenos Aires que jamás existió. Sin embargo, al Buenos Aires de Borges se opone visceralmente el de Sábato. Recordemos también el de Cortázar, más que vivido, intuido desde la lejanía.
 
Lo cierto es que los escritores se enardecen, se enternecen, se conmueven, se embriagan con las ciudades, de tal manera que hasta son capaces de volverlas protagonistas de sus novelas, como en La región más transparente, de Carlos Fuentes, por ejemplo, en que la ciudad de México como protagonista, es vista en varias clases sociales, tipos humanos, actividades y formas de la sensibilidad.
 
La lista es interminable: la Lima de Vargas Llosa con todo y su barrio Mirafiorino. Onetti y su Montevideo, la Guatemala de Miguel Ángel Asturias y Manuel José Arce, con sus barrios candelario y mercedario, el señorío de su gente, y sus casas antañonas. Y aún debería de agregar la literatura inspirada en aquellas ciudades míticas como Jerusalén, Lahsa, Toledo…
 
Pero hoy quiero referirme a “La ciudad de las columnas”, del cubano Alejo Carpentier. En ese brevísimo libro, de tan solo trece páginas, Carpentier evoca, describe, dibuja a La Habana, la ciudad amada, que en medio de una inmensa nostalgia lo hizo regresar después de residir varios años en París: Al principio fue el alarife, el hombre de la plomada y el mortero (…)
 
Pero las casas empezaron a crecer, mansiones mayores cerraron el trazado de las plazas y la columna –que no ya el mero horcón de los conquistadores –apareció en la urbe. Pero era una columna interior, grácilmente nacida en patios umbrosos, guarnecidos de vegetaciones, donde los troncos de las palmeras –véase cuán elocuentemente queda ilustrada la imagen en el soberbio patio del Convento de San Francisco – convivieron con el fuste dórico (…), una de las más singulares constantes del estilo habanero: la increíble profusión de columnas, en una ciudad que es emporio de columnas, selva de columnas, columnata infinita, última urbe en tener columnas en tal demasía; columnas, que por lo demás, al haber salido de los patios originales, han ido trazando una historia de la decadencia de la columna a través de las edades.
 
Pero además de consignar la arquitectura de La Habana en esta pequeña joya literaria, Carpentier se da con gran deleite a describir “la calle cubana bulliciosa y parlera, con sus responsos de pregones, sus buhoneros y entrometidos”, en la que mujeres ubérrimas, negras y mulatas frondosas, “pintiparadas, culiparadas” se enredan en comadreos interminables. Todo, para llevarnos a la intimidad de la casa criolla tradicional (…), una casa cerrada sobres sus propias penumbras, como la casa andaluza, árabe, de donde mucho procede”.
 
En su ensayo sobre la problemática de la novela latinoamericana, Carpentier afirmaba que “la gran tarea del novelista americano de hoy está en inscribir la fisonomía de sus ciudades en la literatura universal, olvidándose de tipicismos y costumbrismos. Hay que fijar la fisonomía de las ciudades como fijó Joyce, la de Dublín. Y continúa: Acaso por lo difícil de la tarea, prefirieron nuestros novelistas, durante años, pintar montañas y llanos. Pero pintar montañas y llanos es más fácil que revelar una ciudad y establecer sus relaciones posibles –por afinidades o contrastes – con lo universal. Por ello, esa es la tarea que se impone ahora al novelista latinoamericano.
 
Mas Carpentier no sólo proponía la tarea sino se lanzaba a ella con toda la fuerza de su pluma barroca, que tanto y tan bien se ajusta a la exuberancia de esta desenfrenada América.
 
La ciudad de las columnas, que reúne también una hermosa colección de fotografías de Paolo Gasparini, es una de las lecturas obligadas para todo aquel que súbitamente se haya contagiado de la “fiebre habanera” que actualmente es ya una epidemia en este viejo Valle de la Ermita.
 
 
 
   
Powered by NeBSGT