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Mi Esquina Socrática

La República que nunca hemos entendido (Parte 5)
Fecha de Publicación: 17/11/2016
Tema: Constitución

La república emblemática de la Antigüedad Clásica, la romana, perduró unos cinco siglos, y la no menos emblemática de la Modernidad, la de los Estados Unidos de América ha permanecido vigente por aproximadamente la mitad de ese tiempo.
 
Aquella antigua y primera desapareció insensiblemente a medida que los poderes republicanos se concentraron en las manos de los “Augustos” (Cesar, Octavio y Tiberio) y de sus sucesores imperiales. Cuando el poder se concentra en pocas manos en esa misma proporción ya no hay República. Me pregunto: ¿acaso ya se ha internado por ese camino la República ejemplar de los Estados Unidos de América?
 
Veamos…
 
En 1939, el famoso biógrafo Emil Ludwig publicó un ensayo supuestamente reseña de aquellos tiempos con el provocativo título: “Tres dictadores y quizás cuatro”. Aludía el autor a Stalin, Mussolini y Hitler, y por el último a Franklin D. Roosevelt. Algo exagerado, así lo vemos hoy, pero también con su granito de sal de verdad. Porque para aquel entonces la gran democracia republicana de George Washington y Abraham Lincoln parecía orillarse cada vez más hacia el modelo imperial que, no lo olvidemos, puso fin a la exitosa república romana.
 
Efectivamente, Roosevelt quien no fue un genio de grandes vuelos pero sí todo un hombre corajudo y compasivo, hubo de hacer frente simultáneamente a las dos mayores tragedias sociales de su tiempo: la Gran Depresión económica de los años treinta a lo interno de su país y el reto peligrosísimo del totalitarismo, tanto el de corte soviético como del nacional socialismo, a lo externo de sus fronteras. Ambos, al final, los supero victoriosamente al precio de mucha “sangre, sudor y lágrimas”, con aciertos y algunos desaciertos. Así se hizo a los ojos de todos, el héroe mundial de la República exitosa en el siglo XX.
 
Sin embargo, también se encaminó por una vía social democrática que Hayek, unos años más tarde, habría de caracterizar como “The Road to Serfdom”, el camino a la servidumbre. Eso amerita una acotación aparte.
 
Hacia 1937 Roosevelt se encontraba sumamente frustrado por las inconstitucionalidades que, en alguno de sus proyectos favoritos de reforma económica y social, les hallaban reiteradamente los magistrados de la Corte Suprema de Justicia, con la consiguiente nulidad automática de casi todas esas iniciativas aprobadas en el Congreso por la bancada mayoritaria de su propio partido. Se le ocurrió, entonces, un ardid de leguleyo: propuso elevar el número de magistrados de la Corte Suprema de nueve a veintiuno, lo que significaría una reforma de fondo a la Constitución republicana por la que hasta ese momento todos se habían guiado. Con doce nuevos magistrados adicionales nombrados por el mismo esperaba tener a la mano la mayoría de votos suficiente para la aprobación veloz, sin innecesarios reparos legales de índole alguna de todas esas revolucionarias medidas suyas. Para honra de su Partido Demócrata que controlaba ambas cámaras del Congreso, además del Ejecutivo, su petición le fue denegada por los mismos.
 
Pero Roosevelt, empero, fue reelegido por una abrumadora mayoría para un segundo periodo presidencial (al final sería reelecto dos veces más, el único caso en la historia política norteamericana). Ante esa manifestación de respaldo ciudadano, los magistrados decidieron desde ese momento volverse más conciliatorios con las propuestas del Presidente.
 
Propuesta preñada de peligros para la República, pues incrementaba la concentración del poder coactivo del Estado en manos del Ejecutivo, al extremo que otro pensador demócrata muy influyente, Arthur M. Schlessinger, publicó unas décadas más tarde su famosa advertencia acerca de “La Presidencia Imperial”.
 
Tal tendencia amenazante acaba de culminar en los ocho años de gestión de Barack Obama, que se ha valido para ello de más de seiscientas “órdenes ejecutivas” para orillar al Congreso en temas de suma importancia y muy controversiales.
 
Ésa, además, podría ser la primera razón para entender el fenómeno Trump de hoy.
 
Pero hay un segundo factor, hoy mundialmente más generalizado: el desbordamiento imperial del “Welfare State”, del así llamado Estado benefactor, que supuestamente nos “asegura” una vida relativamente feliz “de la cuna a la tumba”. Por cierto, no hay que olvidar que también en Roma la dictadura imperial que terminó por cancelar del todo a la República había sido acompañada en aquellos tiempos del equivalente primitivo al “Welfare State”: “pan y circo”.
 
Al igual que hoy, también tanta “generosidad” estatal fue el recurso favorito de los autócratas imperiales para mantener sumisas a las masas proletarias que vegetaban en Roma, dispuestas siempre a hacer eco con levantamientos masivos y destructivos a cualquier protesta contra la autoridad constituida. Y ello a su vez se derivaba de la reforma agraria de los hermanos Gracco de dos siglos antes (133 a. de C.) que había provocado la afluencia a Roma de campesinos sin tierra.
 
Esta reacción demagógica también se mantiene latente hoy en todas las sociedades ahora llamadas de “bienestar”. También es un rasgo constante de toda dictadura populista, la de Hitler, Perón o Castro u hoy, por ejemplo, Maduro. Esas masas privilegiadas por el Estado han sido el constante instrumento de todos los déspotas modernos. Esas son también, sea dicho de paso, las que hoy salen a la superficie en los desórdenes callejeros de algunas ciudades de los Estados Unidos que así descargan su rabia por la derrota de doña Hillary.
 
Donde quiera que el poder se concentre en pocas manos, repito, agoniza la República. El genio constitutivo de esta forma de gobierno se ha visto una y otra vez opacado por la engañosa, aun cuando bien intencionada, “beneficencia” pública. De nuevo, el vicio popular por excelencia: guiarse por el corto plazo.
 
¿Cuánta luz pueden arrojar esas experiencias ajenas para la práctica de la democracia en nuestra vida política? A mi juicio, la de la necesidad imperiosa y urgente entre nosotros de preferir para el pueblo guatemalteco la construcción de un verdadero Estado de Derecho moderno, que hoy se le ve como el baluarte democrático por excelencia y que por desgracia, muchos lamentablemente confunden aquí con el Estado de legalidad.
 
¿Por qué esta afirmación?
 
Porque el “Estado de Derecho” se ha visto ya como el baluarte para las Repúblicas más ejemplares y exitosas contemporáneas.
 
Me explico: el concepto de Estado de Derecho (Rechtsstaat en su formulación original) es posterior a los de República constitucional por escrito que hemos heredado de Roma, los Estados Unidos y de la Francia del siglo XVIII. Surgió entre pensadores alemanes después del fracaso de la Revolución de 1848. Con él se pretendió traducir al alemán el más conocido y popular entre los anglosajones de The Rule of Law, o “el imperio de la ley” para nosotros. Fue un intento de superar un mal entendido por Napoleón de lo que se entendía en la práctica por “separación de poderes”, que él interpretaba como absoluta y tajante, y que así impedía cualquier “intromisión” por el poder judicial en el suyo propio ejecutivo. O sea, su dictadura de hecho.
 
Con el concepto del “Estado de Derecho” se pretendió recordar a todos los poderes ejecutivos que por encima de las disposiciones constitucionales por escrito (del derecho positivo) estaban los derechos humanos imprescriptibles según el derecho natural y el de la costumbre inveterada, anteriores y superiores aun a la existencia del mismo Estado.
 
Por lo tanto, la equivalencia moral que hacen hoy algunos jurisconsultos, también guatemaltecos, en el ámbito iberoamericano entre el Estado de Derecho y el Estado nacional positivamente constituido, carece de fundamento.
 
También las pretendidas reformas que se propone implantar la CICIG para el sector justicia.
 
Todo esto es algo abstruso, pero imprescindible de conocer, si pretendemos penetrar al fondo de la esencia de esa treintena de Estados nacionales contemporáneos que hoy identificamos como ejemplos de auténticas Repúblicas para todos.
 
 (Continuará)
 
 
   
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