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A vuelo de pájaro

Un oficio austero
Fecha de Publicación: 10/11/2016
Tema: Literatura
 
De su libro Vida insobornable, Carmen Matute extrae este fragmento para dedicarlo a su padrastro, quien hoy cumpliría años; lo hace con las siguientes emocionadas palabras: “A José Luis, que me dio techo, pan y amor, junto a sus hijos”.
 
 
Los poetas –esos seres extraños– se ocupan de temas que, a veces, a primera vista, puede que no nos parezcan “poéticos”. Digo esto porque recientemente leí en una antología de poetas canadienses unos versos tristes que hablaban de dedos amputados y sumas miserables pagadas por el seguro a un obrero.

El poema es duro, está desnudo, y hasta tiene cifras “… 250 dólares por dedo”; sin embargo, su autora, Mary Di Michelle, lo ha impregnado de amor y de ternura:

(…) denme las manos de mi padre, jóvenes de nuevo, / tomadas de las manos de mi madre, / (…) manos hermosas que partían el pan nuestro en la mesa /manos lisas como el mármol y desnudas como la mañana, / denme las manos sin un número tatuado en la muñeca, / sin el sudor de cobre de monedas pegajosas, / denme las manos de mi padre como eran al principio /…abiertas/ cálidas y sin miedo”.

No pude seguir leyendo otros poemas. Cerré el libro y lo puse de cualquier manera sobre el escritorio, mientras me daba cuenta de que Mary Di Michelle con su “poesía del trabajo” no sólo me había conmovido. Su poderoso conjuro me había dejado pensativa, imaginando cómo eran las manos de mi padre, intentando recordarlas, queriendo recrearlas como las vi algún día.

Cuando yo tenía alrededor de siete años, mi familia habitaba una casa modesta cerca del parque Isabel la Católica. En la misma cuadra, Juan José Arévalo –presidente de Guatemala en aquella época– había construido dos casas nada ostentosas, una de ellas para su anciana madre, doña Elenita.
 
Mi padre era, en ese entonces, un hombre joven a quien apodaban “el Nazareno” por la clásica belleza de su perfil moreno. Sus manos eran anchas, recias, poderosas, y más bien parecían las de un leñador acostumbrado a manejar el hacha con destreza. Por eso resultaba tan curioso verlo manipular unas pinzas diminutas que le permitían recoger las minúsculas piezas esparcidas en la plancha de mármol blanquísimo sobre la cual trabajaba durante horas. Mi padre era relojero.

Para mis hermanos y para mí, era un gran misterio toda aquella parafernalia que rodeaba el trabajo que realizaba nuestro padre, al igual que lo era el lenguaje que empleaba para referirse a las “vísceras” de los relojes; volantes, ejes, áncoras, rubíes, cuerdas… qué sé yo. Pero, a pesar de que no recuerdo todas esas palabras que sonaban en mis oídos como un idioma extraño, veo en cambio claramente en la memoria, la cabeza de cabello negro, ensortijado, de aquel hombre, siempre inclinada frente a su mesa de trabajo donde con tanto afán se empeñaba en el oficio austero.

Mi padre había aprendido aquel oficio con un relojero italiano que vino a Guatemala a principios del siglo pasado, y que jamás dejó de hablar en una simpática mezcolanza de su propia lengua con el español. Y, aunque no fue un aprendizaje fácil debido a la exigencia del maestro, el joven José Luis le agarró amor a los relojes. Creo que fue por amor que sus fuertes manos aprendieron también a ser delicadas como las de un artista, pues realmente era un arte saber componer aquellas cajitas maravillosas que en su interior guardaban la maquinaria de un reloj.

Nunca esas manos lustraron mis zapatos o encendieron la lumbre, pero siempre supe que me habían amado y cuidado en alguna forma. Ahora las veo y siguen teniendo su antigua reciedumbre, pero hace muchos años que la vida hizo que abandonaran los relojes. Ahora, mientras las observo cuando se apoyan en el bastón o endulzan el café, solo pienso que las manos de mi padre estarían incompletas si la honradez y la nobleza no fueran parte de ellas.
 
 
   
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