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Teorema

M. Isabel Maldonado: Después de morir
Fecha de Publicación: 04/11/2016
Tema: Thanatos
El 2 de noviembre publiqué un artículo titulado Día de difuntos. Varios lectores se tomaron el trabajo de comentarlo, por lo que les estoy profundamente agradecido. Dentro de esas reacciones hubo un testimonio personal de que no todo termina con la muerte. María Isabel Maldonado Estrada perdió a su hijo cuando él tenía solo catorce años. Ella me escribió contándome acerca de sus “experiencias” con él, después de que falleciera. Le pedí permiso para compartirlo con los lectores de Teorema y generosamente aceptó. Esta es su vivencia:   
 
Mi hijo Javier murió a sus catorce años de edad aquí en Guatemala. Vivíamos en Miami, Fl, y vinimos a Guatemala a recibir el nuevo siglo, el año 2000 en familia.
 
Al morir mi hijo tuve todas esas preguntas que mencionas en tu artículo. Yo las tuve también, además del “¡por qué!”
 
En el momento de morir mi hijo, físicamente sentí un “desgarre físico”. Sabía que era una separación física indefinida e infinita. Totalmente desconocida para mí. Era como el rompimiento del cordón umbilical que nos unía. Duró como tres días.
 
No pude ingerir alimentos sólidos, solamente té o infusiones. Quise estar en un estado de “percepción alerta” por medio del ayuno. Sin pastillas que es lo primero que te ofrecen tus seres queridos por la ignorancia y cariño, pensando que éstas amortiguarán el dolor. Mis padres lo respetaron. No podía comunicar lo que estaba sucediendo en mí, en mi alma, en mi interior. Fue más allá de lo físico. Era mi dolor, mi duelo, mi separación y quise vivirlo, acaso vivenciarlo?
 
Lo curioso del caso, mi querido Fernando, es que sentí la presencia de mi hijo en todo momento. Como era más alto que yo, acostumbraba llevarme abrazada por la espalda o tomarme del cuello. Si me sentaba sola en mi cama, él estaba a la par mía. Si caminaba por la casa de mis papas y mis hermanos o familiares y se me acercaban para ofrecerme cualquier cosa, Javi permanecía a mi lado. Lo tenía y sentía conmigo, ajeno a todos. Estaba viviendo algo que no podía comunicar a nadie porque creí que si lo hacía: ¡Puf!, terminaría. Además, esperaba ese milagro, esas milagrosas palabras de algún ser querido que me dijera "Javi está vivo".
 
Me convencí que esto era solo para mí. Miré a todo el mundo rezar en casa de mis papás antes de ir a Capillas Señoriales. Javi estaba a la par mía en todo momento aunque su cuerpo inerte yacía en el segundo piso. Yo sólo escuchaba a lo lejos el susurro de los rezos, y a la gente que decía pobrecita, quién iba a decirlo, cómo fue, ya mañana se regresaban a Miami, etcétera.
 
No vi a mi hijo muerto en casa de mis papás. Mi familia en medio de su dolor y amor no me lo permitió sino hasta que reposaba en el féretro. Allí, junto a mi esposo le leímos en voz alta, ante mi familia inmediata, la carta que con tanto dolor le escribimos cada uno, la última. La depositamos en el ataúd, lo besé, lo persigné, abracé su cuerpo frío, rezamos y sellamos la caja. Te juro que fue rarísimo que en medio de todo sintiera su calor físico, su cercanía, su compasión por mi dolor, su compañía, que estuviera justo a la par mía, sufriendo conmigo. Él estaba tan triste como yo.
 
Regresé a Miami ocho días después. La acostumbrada Misa de Nueve Días fue de siete. Tenía urgencia de ver y abrazar a sus compañeros y amigos, jóvenes del colegio mixto; especialmente a los integrantes del equipo de básquet. Todos ellos con edades entre catorce y quince años. Él continuaba acompañándome, como si fuera de hueso y carne, seguía estando a la par mía.
 
En la iglesia tuve que informar que Javi ya no sería el acólito de la misa de las 8 AM los domingos. Desde muy corta edad Javier me hizo llevarle a visitar casi todas las iglesias en Miami. Fuimos a las católicas, evangélicas, luteranas, presbiterianas, a sinagogas y a las no dimensionales. Finalmente me dijo que quería asistir al Monastery of Saint Bernard of Clairvaux Church (Cistercian Monastery), actualmente abadía de la Iglesia episcopal. El trato fue, ir a la Santa Misa de la Iglesia Católica el sábado por la tarde y al Monasterio Episcopal los domingos a las ocho de la mañana. Le encantó el monasterio español por su historia, porque su construcción y jardines te transportan a una era medieval, el sacerdote era casado, tenía academia, hijos, es teólogo y además ex jugador de fútbol profesional. Una de sus especialidades era suicidio entre adolescentes. ¡Qué ironía! ¿Verdad? Nunca vio señal alguna en Javi.
 
Mi hijo estuvo "acompañándome" por meses. Ya en Miami yo lloraba hasta no poder respirar. Él permanecía a la par mía, su presencia me consolaba de cierta manera.
 
Tuve muchos sueños, o "experiencias" con él. Eran lindas. Consoladoras. Yo le decía que me quería ir con él pues él estaba en un lugar en el cual yo nunca había estado y eso era parte de mi temor y mi dolor, no lo vería crecer y lo creía sólo. Entonces me despertaba, o la experiencia terminaba y yo me sentía mejor, por lo menos aliviada. Me decían que la temperatura ambiental de mi habitación se elevaba tremendamente cuando me pasaban esos sueños, o experiencias. Aún a esta fecha, no sé cómo llamarlos.
 
En éstas experiencias él me preparaba para el final de ellas. Así fue. En la última, que recuerdo haber compartido contigo, mi hijo estaba vestido con una toga blanca. Caminaba por un sendero hermoso, rodeado de planicies verdes, de colores inimaginables hacia una especie de ciudad de forma de un pentagrama gigantesco de cristales y oro.
 
Le pregunté si era un aeropuerto y me dijo que era un lugar al cual él tenía que llegar solo. Que estaba en un mundo de paz y tranquilo. Bello. Más allá del dolor y de lo físico. Que estaba en una especie de peregrinaje o estudio el cual culminaría en ese lugar. Le había tomado tiempo llegar hasta allí al igual que a muchas otras personas que iban caminando en fila por el mismo sendero.
 
Se sentía armonía y paz celestial. Todos iban vestidos igual. No se distinguía hombres de mujeres. Era como el camino del perdón. El inicio a algo infinito. Esa sería la última vez que nos encontraríamos de esa manera. Me pidió que lo dejara continuar. Dijo que siempre estaría y velaría por mí. Que ya no llorara. Que no acelerara nuestro reencuentro. Que él tuvo que aprender que su suicidio no fue lo correcto y que se le dio una oportunidad para "estudiar" y continuar hasta ese punto. Aprendió que nunca creyó que su muerte nos causaría tanto dolor, a mí, a su papá, a su hermano, a sus abuelos, a la familia y a sus amistades.
 
“¡Mi amor, si sólo tenés catorce años!” "Mami, aquí no hay edad, no hay sexo, no hay dolor, no hay enfermedad, no existe lo físico. No es un mundo material. Mira los arcoíris, son miles y sus colores jamás vistos, y siempre te gustaron. Cuando te sorprendas presenciando uno especial para ti, ese soy yo, esa será mi manera de que entiendas que estoy bien. Ya no podré estar contigo. Tengo que continuar mi camino y tú el tuyo. Has sido buena, lo mejor que tuve en la tierra. No sufras. No llores. Algún día te recibiré por acá y tú llegaras por un camino mucho más corto que el mío. Que no te atormente la idea de que no me mencionen en la familia. Son humanos".
 
Entonces me abrazó, Fernando, fue tan físico, tan cálido… Sabía que sería un adiós doloroso. A la fecha siento ese calor que me acompaña dentro de un baño de lágrimas, como en éste momento que lo comparto contigo. Pero dejé de sentir su presencia física.
 
Luego, por muchos años he tenido mis sueños con Javi. En todos mis sueños es un bebé. Un bebé feliz.
 
Te comparto lo que viví, lo que me duele, lo que no se ve.
 
Conclusión: no le temo a la muerte, mas le temo al día a día.
 
No sé por qué te escribo. Quizás porque me da un poco de coraje el que escribas en tu artículo que "Tengo la intención de preguntar al hombre más sabio que conozco: ¿qué hay después de la vida?".
 
Pues como madre de un adolescente que se suicidó y dejó una nota escrita de amor, de cosas lindas, del bien y del mal. Una carta donde exhortaba a sus jóvenes compañeros (estaban por iniciar High School), a no dejarse tentar por el mal, pues el mal estaba siempre al acecho. Declaraba que él se sacrificaba como protesta, pidiéndoles hacer una pausa en sus vidas para recapacitar, para que no cayeran en vicios. Decía que él velaría por ellos, y que se encontrarían en el cielo, el Golden Gate. Que el bien siempre imperaría sobre el mal...
 
Esto es personal. No creo poder leer lo que te he escrito. Quizás haya incoherencias pero te abrazo con el dolor y lágrimas del momento.
 
Espero que en algo conteste alguna de tus dudas.
 

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SOBRE EL AUTOR
J, Fernando García Molina
      José Fernando García Molina Guatemalteco, 67 años, casado, dos hijos, ingeniero, economista. Tiene una licenciatura en ingeniería eléct
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