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Mi Esquina Socrática

La República que nunca hemos entendido (Parte 4)
Fecha de Publicación: 04/11/2016
Tema: Historia
La Constitución escrita de la República de los Estados Unidos de América (1787) puede ser considerada el documento público más trascendente de la era moderna.
 
Fue casi milagroso el que en colonias europeas en América surgiera en pleno siglo de la Ilustración esa propuesta genial de Estado. A ella condujeron múltiples acontecimientos dispersos por la historia del Occidente: las ideas “republicanas” de la Roma de Polibio y Cicerón, la Magna Carta de los ingleses en el 1215, la expansión colonial en el siglo XVII de Europa y su roce con civilizaciones hasta entonces desconocidas, la Revolución Gloriosa en Inglaterra de 1688, la pasión por la libertad de los “ilustrados” del siglo XVIII y un accidental cúmulo de estadistas geniales que coincidieron en tres prósperos centros mercantiles de América muy “ilustrados”: Boston, en Massachusetts, Williamsburg, en Virginia y Filadelfia, en Pennsylvania.
 
Fue una concurrencia sumamente excepcional. Paralelo a ello se desarrollaban al otro lado del océano, en Francia, las propuestas y los movimientos revolucionarios que pusieron fin a la monarquía absoluta.
 
Pero la concentración de talentos “ilustrados” que se vieron convocados a Filadelfia en el verano de 1787 fue insólita para aquellos tiempos. En realidad, de carácter único, totalmente inesperado. Es más, el pretexto principal para tal convocatoria después de seis años de guerra por la independencia de aquellos “americanos” de su tradicional sojuzgamiento a la corona británica fue el de reformar los inefectivos Estatutos de la Confederación de Estados, que ellos mismos se habían dado en el mismo lugar seis años antes (1781).
 
Cuando al cierre de esa muy peculiar convención alguien le preguntó a uno de los principales signatarios de aquel Acuerdo constitucional, Benjamín Franklin, qué habían logrado durante esos meses de sofocante calor tras puertas herméticamente cerradas, el viejo y agudo inventor respondió: “A republic, if you can keep it.”
 
Un hecho de veras sin precedentes, de cuya monumental trascendencia hoy, 230 años después, nos resulta fácil de entender.
 
Quiero hacer una acotación al respecto: la primera Constitución escrita en Francia por aquellos mismos días fue producto de las lucubraciones filosóficas inspiradas en el pensamiento de Montesquieu y Rousseau. En cambio, aquella Constitución escrita que resultó de la sabiduría colectiva de los llamados “próceres” de la Independencia americana (John Adams, James Madison, George Washington, Benjamín Franklin y una veintena de luminarias más) provenía sustancialmente más de las experiencias de gobierno de sus promotores que de las lucubraciones intelectuales de moda en el momento.
 
Este es un punto muy importante a recordar: a diferencia de sus contemporáneos galos, los convocados a Filadelfia sí tenían ya por lo menos siglo y medio de experiencia práctica en autogobierno (colonial). Ellos ya estaban habituados a escoger libremente sus autoridades locales máximas y también a recetarse a sí mismos impuestos y regulaciones, con total independencia del Parlamento Británico. Asimismo sabían por experiencia propia hacer justicia, en particular a través de la institución del jurado. Igualmente hasta habían acumulado experiencia militar autónoma en sus luchas con los franceses, los indios, los españoles y los holandeses. Por lo tanto, la experiencia práctica, más que las disquisiciones filosóficas, les sirvieron de guía y de motivos para actuar. En otras palabras, gente sumamente realista.
 
Aquella Constitución escrita ha ofrecido al mundo entero, hasta el día de hoy, rasgos muy originales de autogobierno republicano que se podrían resumir bajo cuatro acápites: un sistema explícito de pesos y contrapesos, una estructura federal acorde con la distribución geográfica de la población, una declaración universal de derechos individuales y una práctica enteramente novedosa –y que ni siquiera había sido incluida en el texto definitivo–, de control constitucional (“Judicial Review”). Este punto merece párrafo aparte:
 
Al término del gobierno de John Adams en 1801 se hicieron ciertos nombramientos de Jueces de Paz a toda prisa. Entre ellos figuraba el de un tal William Marbury, quien al notar que el Presidente entrante, Thomas Jefferson, se negó a refrendar tales nombramientos de última hora, interpuso una demanda contra el Secretario de Estado James Madison. La disputa se enconó tanto que Marbury recurrió al Presidente de la Corte Suprema de Justicia John Marshall. No había nada en el texto escrito de la Constitución que ofreciera una solución explícita para el caso. Y Marshall decidió abstenerse de emitir opinión en el caso con el argumento de que en la sección 13 de la Ley Judicial no existía explícitamente tal facultad para ampliar la jurisdicción original de la Corte. Y al decidir así, la Corte Suprema aseguró su posición como árbitro final de la ley hasta el día de hoy.
 
Aunque desde entonces han sido redactados mundialmente centenares de textos constitucionales, solo ese documento norteamericano se ha mantenido por tantos años prácticamente intacto.
 
Con una sola excepción a la que ya aludí: la Constitución fue alterada unos ochenta años después de su aprobación para subsanar el mayor error ético de sus redactores originales: la práctica de la esclavitud de los negros africanos llevados a América a trabajar principalmente en las grandes plantaciones de algodón del sur de los Estados Unidos. Tras la más mortífera de todas las guerras de su historia (unos 631 mil muertos), hubieron de aprobarse tres enmiendas sucesivas a la Constitución escrita (XIII, XIV y XV): una que abolía total y definitivamente la esclavitud en todo el suelo de la Unión, otra que le aseguraba la ciudadanía americana a los esclavos recién liberados, y una tercera y más problemática que les aseguraba también el ejercicio de su derecho al voto.
 
Pero las heridas de ese cambio en particular fueron muy profundas, sin cicatrizar casi hasta nuestros días. Es lo que el premio nobel de economía Gunnar Myrdal hubo de llamar en 1943 en un libro famoso suyo “El Dilema Americano”.
 
A partir de haber sido subsanado, encima, aquel trágico error sangriento por la enérgica postura al respecto del Presidente Abram Lincoln en favor de la Unión del Norte y del Sur, los Estados Unidos se convirtieron en el principal motor a nivel mundial de la Revolución Industrial y, al mismo tiempo, el modelo para casi todos los pueblos que aspiraban a vivir una verdadera vida democrática.
 
 Efectivamente, ellos abanderaron los logros de la Revolución Industrial puntualmente desde 1890, cuando superaron a Inglaterra en la producción de acero y a Alemania en cuanto a economía de escala.
 
Sus tycoons, Vanderbilt, Rockefeller, Morgan, Carnegie, Ford y un largo etcétera hicieron el mundo tecnológicamente globalizado en el que ahora vivimos, incluidos los más recientes como Steve Jobs y Bill Gates. Además, desde la derrota de Francia a manos de Hitler en 1940, el idioma inglés ha desplazado al francés y a todos los demás en cuanto la lingua franca de las relaciones internacionales. Hollywood en el entretanto, para bien y para mal, se ha erigido en la agencia mundial de modelos de conducta.
 
Por otra parte, después de dos guerras mundiales, los Estados Unidos han contribuido sustancialmente al fenómeno de la descolonización. Y ha salvado el ideal del “gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo” más allá de la caída del bloque soviético en 1991. Hoy la producción exponencialmente mayor de bienes y servicios “al modo americano” ha hecho del entero planeta una “aldea global”. Y así hasta me siento tentado aquí a incluir una cita de nadie menos que de un atónito Karl Marx, quien en su “Manifiesto Comunista” (1848), con su colaborador Federico Engels, exclamó: “¿qué siglo anterior había sospechado que semejantes fuerzas productivas durmieran en el seno del trabajo social?”.
 
Pero también inspirado en la teoría de Vilfredo Pareto sobre “La circulación de las élites” también me atrevo a preguntarme si “el siglo americano” del que habló Walter Lippman, a mediados del siglo XX, ¿no estará llegando ya a su final?
 
Por de pronto, quedemos agradecidos para con el portentoso mundo productivo creado por un documento tan verdaderamente prodigioso, la Constitución de los Estados Unidos de América, redactado por mentes excepcionales en aquel inolvidable sofocante verano en Filadelfia de 1787.
 (Continuará)
 
 
 
 
   
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