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Teorema

Día de difuntos
Fecha de Publicación: 02/11/2016
Tema: Piel adentro
Para la mayoría de jóvenes, morir es asunto que corresponde a otros. Excepto bajo circunstancias muy especiales, solo abordan ese tema cuando toman tragos y “hablan babosadas”. Los jóvenes se consideran inmortales... pero el tiempo todo lo cambia. Al traspasar, digamos los 60 años, para muchos esa cuestión cobra importancia capital. Otros prefieren ignorarlo, simplemente rehúsan hablar de ello. A través de los siglos, ese ha sido el gran tema, el que no tiene explicación basada en evidencia científica. Cierto que ha sido resuelto mediante actos de fe, pero estos poco dicen al no creyente.
 
Insertos en un realismo mágico, quienes aún no hemos muerto, convivimos con Ánimas en Pena y personajes de tradiciones populares como La Llorona, la Ciguanaba, El Cadejo, El Duende y muchos más. Una inmensa mayoría afirma que los espantos existen y les teme. No llega a distinguir con claridad entre los que provienen de las tradiciones y los de parientes o conocidos que fallecieron. También son muchos quienes creen que el concepto de Purgatorio proviene de la Biblia y no de la imaginación de Dante quien así tituló el segundo libro de su obra cumbre La Divina Comedia, completadaen 1320. Su poema se convirtió en credo de muchos.
 
Se piensa que cuando alguien muere, en realidad pasa a vivir a una dimensión paralela con pasadizos que, siendo invisibles a nuestra percepción, están al alcance de los muertos quienes los utilizan para visitarnos. Después regresan; sólo algunos médiums tienen la facultad de comunicarse con ellos. Quienes viven el exterior, al envejecer buscan regresar para morir en la tierra que los vio nacer. Siempre he dudado que ese sea un acto de patriotismo prepóstumo. Tengo la casi certeza de que lo hacen porque así, una vez muertos, podrán recibir la “visita” de sus deudos.
 
Y esto sucede, mucha gente que va al cementerio a visitar a sus difuntos, lo hace no como un acto de honra de su memoria sino como una visita formal. Se sientan en el panteón a conversar con ellos, les cuentan sus cuitas y les piden ayuda en sus dificultades diarias o bien, que intercedan ante una divinidad superior para cosas más complejas. Es frecuente que además de flores, lleven comida y licores. Principalmente en las poblaciones pequeñas del interior, la singular visita de los familiares poco difiere de la que hacían antes, cuando ellos vivían.
 
Creo que ese comportamiento subyace en todos, forma parte de lo que aprendimos de niños y que nunca revisamos de adultos. Está allí, en el imaginario social, con fuertes raíces en nuestras fantasías infantiles. Pero un día, cuando ya las canas nos han invadido, revisamos esos pensamientos bajo la luz de nuestras lecturas y de todo ese ropaje adquirido en el trayecto hacia la vejez. Vemos los sinsentido que hemos abrigado mucho tiempo y hasta nos burlamos. Más de pronto, impávidos nos detenemos al considerar que no tenemos nada para sustituirlo ¿Qué hay después de la vida? Esa sigue siendo la gran interrogante a la que solo el dogma religioso ofrece respuestas pero estas exigen fe, aceptación de dogmas.
 
Subordinada a esa falta de respuesta, brota en multitud una serie de preguntas ¿Qué es el alma? ¿Dónde se aloja? ¿Forma parte del cuerpo físico? ¿Muere el alma cuando muere el cuerpo? ¿Se escapa en forma de gas que algunos pueden ver? ¿Qué diferencia hay entre alma, espíritu, ánima, conciencia…? ¿Son términos perfectamente sinónimos?
 
Siempre me ha conmovido imaginar a un hombre en su lecho de enfermo, esperando con cierta ansiedad el momento de morir. Amigos y parientes llegan a visitarlo, más bien a decirle adiós, ante lo inocultable de su gravedad y del poco tiempo que queda. Los parientes lo han afeitado, lavado, peinado, perfumado… preparándolo para recibir las visitas. Una serie de sillas han sido dispuestas alrededor de la cama para recibirlos con comodidad. Hay bocadillos, refrescos, café, licores… Todo, dispuesto como si se tratara de un cumpleaños.
 
Nadie se atreve a hablar de su gravedad, aún peor, alguno se atreve a decir: ¡Qué recuperado estás, se te ve muy bien! Le aseguran que muy pronto estará como nuevo e irán a pasear, que juntos celebrarán la Navidad en casa de la tía Anita. Después, la conversación gira sobre cine, política, fútbol, el clima o los nietos de alguno y lo listillo que son. Supongo que el enfermo desea que aquel teatro termine pronto ¿Qué le puede importar el fútbol o la política cuando ya no hay futuro para él?
 
Supongo que querría hablar, acaso fantasear con lo que sucede después de morir. Seguramente ya decidió sobre su funeral. Si es religioso le interesará conocer que el Vaticano ya está de acuerdo con la cremación y que solo se opone a que las cenizas terminen esparcidas sobre la tierra o el agua. Quizá haya ordenado que no se publicite su muerte o que por lo contario todos sepan de su deceso. Querrá hablar o escuchar opiniones sobre eso. Tal vez le mortifique el reparto de sus bienes y de aquellos que fueron olvidados en su testamento…
 
Tengo la intención de preguntar al hombre más sabio que conozco: ¿qué hay después de la vida? Quiero comunicar a los lectores de Teorema sus respuestas. Si el alma se desprende del cuerpo al morir o si muere con él. Sé que no existe una última respuesta pero el conocimiento del más ilustrado de quienes conozco, alguna luz habrá de darnos. Si no hay una respuesta, espero que al menos podamos conocer mejor el fondo de nuestras dudas.
 
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SOBRE EL AUTOR
J, Fernando García Molina
      José Fernando García Molina Guatemalteco, 67 años, casado, dos hijos, ingeniero, economista. Tiene una licenciatura en ingeniería eléct
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